El pasado 19 de Octubre se presento en el Café Berlín el espectáculo The Soul of Donny, un proyecto que celebra el 80 aniversario del nacimiento de Donny Hathaway, uno de los cantantes, pianistas y compositores de soul más emblemáticos de todos los tiempos. A pesar de su muerte prematura, Donny Hathaway revolucionó el soul dejando una huella imborrable en la historia del género.
Texto y fotos: Violeta Salvador
Hay voces que perduran en el recuerdo de quienes la escuchan. Voces que se cuelan en tus propios anhelos aun cantando sobre los suyos, que hablan de ti, aunque utilicen otros nombres. Donny Hathaway (1945-1979) fue una de esas voces, aquella que se atrevió a adentrarse en su propia alma para retratarla ante el mundo. Y descubrir que no estaba solo.
El proyecto, liderado por la idónea voz de AtOne, contaba con el ensamble The Midnight Band, banda de reciente creación bajo la dirección musical del pianista David Sancho. Diez músicos en escena apostando por un proyecto de gran formato y peculiar instrumentación que revive y transforma la música de Donny Hathaway a modo de homenaje, pero también de reivindicación de la sensibilidad humana.

Donny Hathaway fue un hombre de luces y sombras, de genialidad y profundas heridas, y, desde un inicio, se nos presentó su figura sin eludir su complejidad. Se hablaba no sólo de música, si no de salud mental, de las voraces críticas en redes sociales y sus consecuencias, de valorar a las personas sensibles y de disfrutar la vida, con sus claroscuros, hasta el último aliento.
Un proyecto tan ambicioso como este, con arreglos originales de los temas de Hathaway y una narratividad tan profunda, solo se puede sostener si los músicos están a la altura. Y vaya que si lo estaban. Llamaba la atención la mezcla entre un ensamble más clásico, cercano a la música de cámara, y la tradicional banda de jazz. Una sesión rítmica abrumadora, formada por David Sancho al piano, Santi Sweetfingers al bajo, Mario Quiñones a la guitarra, Javi Skunk a la batería y Víctor Aceituno a la percusión, compartía escenario con Marta Mansilla a la flauta, Helena Martínez al violonchelo, Milena Brody a la viola y Amaras Ríos al violín; un cuarteto de cámara que sorprendió con la calidad de las orquestaciones y el buen sonido de sus integrantes. Estos nueve músicos, que juntos conforman The Midnight Band, estaban magistralmente dirigidos por David Sancho, también artífice de los arreglos de la noche, que tocaba mientras daba las indicaciones musicales en un alarde de ingenio y buen hacer.
En ensambles de medio formato, es difícil mantener un equilibrio instrumental sonoro y tímbrico. Y es fácil que la banda pueda entorpecer el protagonismo de la voz. En este caso, la maravillosa voz de AtOne se entrelazaba a la perfección con los cambios de intensidad, con las pausas de las cuerdas, con el groove de la sección rítmica. Daba igual que tocasen a todo volumen o realizaran en mayor de los pianos. Como Donny, también hay algo en la presencia de AtOne en la que se aprecia una gran sensibilidad, una voz capaz de hacer el silencio y captar la atención del público sin grandes aspavientos. Así, siendo el mismo, consiguió que nos acercáramos a Hathaway con respeto y admiración. Reflexionando sobre los grandes temas de la existencia humana con un discurso muy bien estructurado, tema a tema, canción por canción. Esperanzas, amores, desamores y despedidas.

Desde lo musical, el trio de cuerdas potenciaba el lirismo del repertorio, a la vez que permitía un juego tímbrico muy interesante con los demás instrumentos. Llamaba la atención sin alardes, toda una constante en el proyecto. El brillo característico de la flauta, que tan bien se lleva con las cuerdas, aportaba a la vez la calidez de la madera y la expresividad del viento, pero también funcionaba como nexo entre los instrumentos de orquestación clásica y la música moderna, sacándonos de la estereotipia musical más convencional.
A pesar de que el elenco instrumental estaba claramente elegido con mucha intención, no deja de sorprender encontrar un proyecto tan bien construido desde principio a fin. Desde el discurso hasta la puesta en escena, los arreglos, el repertorio, los instrumentistas. No había cabo suelto con el que ninguno de los músicos allí presentes pudiera tropezar.
Todo lo que pretendía The Soul of Donny esa noche lo consiguió. Hacernos más humanos, recordarnos que nos estamos solos, y conmemorar a un hombre que murió por su extrema sensibilidad, pero sin perder la voz. Todo ello manteniendo en todo momento la calidad musical, con arreglos magistrales y una ejecución de gran belleza. Así, el público volvió a casa, con los ojos más limpios y el alma más ligera.

