La gira final de Miles con Coltrane

El mundo del jazz festeja en este 2026 el centenario del nacimiento de ambos colosos del género. Los dos anudaron una sociedad altamente creativa que tuvo su punto de ruptura en una gira europea de 1960. Fueron dos artistas vitales para el desarrollo musical de todos aquellos que los sucedieron. Habrá homenajes con discos y festivales.

Texto: Eduardo De Simone

@eduardodesimone

La historia suele entregar ironías que, a la distancia, resultan indescifrables. Cuesta creer, por ejemplo, que en 1960 el quinteto de Miles Davis y John Coltrane haya sido silbado en el Teatro Olympia de París.

Pero ocurrió, y hoy, a cien años del nacimiento de ambos gigantes del jazz, ese episodio se recorta como una anomalía de la historia. Las efemérides indican que este 2026 se cumple un siglo de la llegada al mundo de Miles y de Coltrane y como no podía ser de otro modo habrá festejos con conciertos y ediciones discográficas. Ya arrancó Nueva York con un festival dedicado a Coltrane en el vibrante local Smoke del Upper West. Barcelona también tendrá lo suyo: el festival de jazz de esta ciudad ha programado un concierto con discípulos de Miles liderado por el bajista Marcus Miller para el 24 de julio.

El gran quinteto de Miles y Coltrane, hay que recordarlo, estaba en su apogeo en los Estados Unidos a fines de la década del 50. La sociedad entre Miles y Coltrane ya había producido en 1959 el icónico disco Kind of Blue –el más vendido en la historia del jazz– y el sello Prestige había editado cuatro grabaciones excepcionales con ambos en la front line. Coltrane, incluso, había publicado varios álbumes como líder, entre ellos el aclamado Giant Steps.

Todos querían escuchar entonces a Miles y a Coltrane. En el invierno de 1960 las nevadas obligaron al grupo de Miles a trasladarse en tren desde Nueva York hasta Chicago, donde los esperaba un show en el Sutherland Lounge. Cuando llegaron al lugar había una fila interminable de personas de todas las edades y procedencias que desafiaban la nieve y las temperaturas bajo cero. Y ni siquiera un incendio en un local contiguo espantó a la gente: nadie se movió, no importaba el riesgo. Tocaban Miles y Coltrane.

En aquellos meses de adrenalina el quinteto recibió una tentadora propuesta del exterior: en la primavera de ese año el grupo comenzó una agotadora gira en la que ofreció, entre marzo y abril, más de 20 conciertos en varias ciudades europeas como Estocolmo, Oslo, Copenhague, Berlín, Milán y Zurich, además de París. Aunque para Coltrane era la primera salida a Europa, lo hizo a desgano; estaba convencido de que su momento junto a Miles Davis se había agotado. Ya había comenzado a desarrollar una sonoridad alejada del formato que llevó a Miles a una popularidad inédita en los Estados Unidos. Su manera de tocar, desplegando “capas de sonido” –como definió el crítico Ira Gitler– había alcanzado en aquel entonces una madurez expresiva que anticipaba la arriesgada exploración estética que ensayaría poco después. Y justamente fueron sus solos en esa gira histórica de 1960 los que aguijonearon los oídos europeos y desataron desaprensivas insinuaciones de reprobación.

Los solos de Coltrane –especialmente su extensión– fueron también motivo de trifulca en la banda durante la gira. Miles tenía que obligarlo a detenerse porque Trane a menudo se encaminaba a tocar un solo de media hora cuando el set completo no debía superar los cuarenta y cinco minutos. “Me meto en esto y no sé cómo frenar”, se angustiaba. “Muy simple: prueba con apartar el saxo de la boca”, lo sacudía Miles.

Pero no lo hacía. Y no sólo en escena. Taciturno y ensimismado en su introspección musical, Coltrane se arrinconó en su mundo mientras la gira sumaba funciones, viajes y cansancio. No paraba de tocar el saxo. Jimmy Cobb, el baterista del grupo, lo recordó en la biografía de Miles que escribió Ian Carr: “Tocaba toda la noche, salía en el intervalo y seguía tocando en otro sitio”. Jimmy Cobb murió en 2020. “En el autobús, Coltrane se sentaba a mi lado y teníamos la impresión de que iba a largarse en cualquier momento”.

El encierro en sí mismo se potenció cuando casi por azar Miles le regaló un saxo soprano en aquellas horas parisinas. Lo cuenta el trompetista en Talking Jazz, un muy recomendable libro de entrevistas que publicó la editorial argentina Letra Sudaca y que se consigue en España; son diálogos que el músico y escritor Ben Sidran mantuvo con grandes figuras del jazz a fines de los 80. Allí cuenta Miles que su novia lo convenció de atender a “unos chicos” que querían mostrarle instrumentos. A regañadientes los recibió y se quedó con un saxo soprano que le trasladó a Trane. “Nunca lo dejó. Tocó el soprano en el colectivo, en el hotel. Todos los días, las veinticuatro horas. Así logró ese sonido”, presumió Miles. Ese  soprano saltaría a la fama con la exitosa versión de My Favorite Things que Coltrane grabó a fin de 1960, cuando ya había abandonado a Miles.

Por cierto, había algo más que la duración de los solos. Coltrane ya tenía en su cabeza el siguiente paso de su búsqueda y sobrevolaba los acordes con una amplia libertad expresiva y una energía arrolladora, que solía descolocar a la base rítmica. Después de las intervenciones de Coltrane, los solos llenos de swing del pianista Wynton Kelly parecían salidos de un arcón de anticuarios.

Toda esa explosión musical y hasta la reacción divergente de la audiencia se pueden escuchar como pocas veces antes con la edición del sello Legacy/Columbia de cinco conciertos de aquella fantástica gira. Se trata de una caja de cuatro CD bautizada The Final Tour: Bootleg Series, Vol. 6, que rescata los conciertos de París, Copenhague y Estocolmo de la primavera de 1960. También un vinilo doble con los dos shows en París. Wynton Kelly (piano), Paul Chambers (contrabajo) y Jimmy Cobb (batería) acompañaron a Miles y a Coltrane como parte de una travesía organizada por el productor Norman Granz en el marco del ciclo Jazz at the Philarmonic.

Sería la última vez que los dos colosos del jazz tocarían juntos en vivo. Apenas regresaron de la expedición, Coltrane dejó la banda.

El estallido comenzó a incubarse desde que Miles reclutó a Coltrane y tuvo la astucia de darle alas. Miles adivinó su potencial desde el primer momento y le toleró varios tropiezos personales. Pero el hartazgo no tardaría en llegar: lo echó del grupo una y otra vez por las derivaciones de su adicción a la heroína y el alcohol. Uno de los despidos incluyó golpes en el Café Bohemia de Nueva York tras un show, hasta que apareció Thelonious Monk para contener a Miles y, de paso, llevarse a Trane para su propia banda. Para muchos, esos meses con Monk fueron decisivos para la madurez sonora de Coltrane. Aprendió con avidez de ese compositor y pianista misterioso y endiablado, que también daría un giro a la historia del jazz. Monk le enseñó a tocar simultáneamente dos o tres notas en el saxo tenor y lo estimuló a improvisar de manera vertiginosa en todos los registros.

Pero una vez más volvería a Miles.

Coltrane entendió que tocar junto a Miles debía ser una aspiración necesaria para trascender cuando casi por azar lo tuvo por primera vez a su lado en un escenario. Fue en 1950, cinco años antes de que comenzara la etapa más fructífera de esta sociedad musical y ocurrió en el salón de baile Audubon de Nueva York. Miles se presentó allí con su banda para animar uno de los eventos habituales de esa época, donde la mayoría de los asistentes bailaba mientras un pequeño grupo de fanáticos se derretía al borde del escenario escuchando a sus ídolos. Esa noche empuñaron el saxo Coltrane y Sonny Rollins. Este último, y no Trane, deslumbró entonces a Miles.

Pero fue en 1955 cuando Miles y Coltrane se entrelazaron deliberadamente para dejar una huella imborrable en el sonido de la música popular. El trompetista había decidido relanzar su carrera limpio de adicciones y armar un quinteto, para el cual ya contaba con su amigo Philly Joe Jones en batería, Red Garland en piano y Paul Chambers en contrabajo. Faltaba el saxo tenor. Miles pensó en Sonny Rollins, que entonces aventajaba a Coltrane en experiencia y proyección, pero no estaba disponible. Luego de sondear a Cannonball Adderley y a John Gilmore, Philly Joe Jones lo convenció de sumar a Coltrane, a quien conocía de la adolescencia compartida en Filadelfia.

Miles quedó eufórico con el sonido que rápidamente desplegó este grupo. “Antes de lo que podía haber imaginado, la música que hacíamos juntos era increíble y me producía escalofríos cada noche”, reconoció en sus memorias. Al público le pasaba lo mismo.

Ya en las maratónicas sesiones de grabación para el sello Prestige, Miles advirtió que en Coltrane no sólo había encontrado un sideman de alto nivel sino algo más relevante: la perfecta contraparte para realzar el deslizamiento asordinado de su trompeta. En pocos meses de 1956 el grupo grabó el material que abastecería luego a cuatro grandes discos: Cookin’, Relaxin’, Workin’ y Steamin’.

Pero la revolución llegó con el jazz modal, una creación del compositor George Russell que Miles ensayó en el disco Milestones y cristalizó luego en el célebre Kind of Blue. Miles tenía el instinto de los elegidos: sabía cuándo debía decidirse a tocar a contracorriente de las modas. Así, sus composiciones comenzaron a descansar en escalas o series de escalas antes que en patrones o secuencias de acordes, lo que obligaba a los solistas a confiar en su sentido innato de la melodía para lanzarse a improvisar. Para Coltrane fue el puntapié inicial de una búsqueda que no cesaría hasta su muerte, en 1967.

Kind of Blue, grabado en 1959, marcó la consagración definitiva de Miles Davis, cuyo quinteto pasó a ser sexteto al incorporarse Cannonball Adderley en saxo alto, Bill Evans en piano en lugar de Red Garland y Jimmy Cobb en batería en reemplazo de Philly Joe Jones. No sólo la prensa especializada hablaba de ellos, las revistas Time y Life les dedicaron artículos elogiosos y se multiplicaron las propuestas de giras y shows. A pesar de un contexto social esencialmente hostil con los artistas negros, se abrían paso en una industria dominada por los blancos.

Por ese entonces Coltrane ya palpitaba la ruptura que llegaría al año siguiente. Apenas dos meses después de las sesiones de Kind of Blue, grabó como líder Giant Steps, casi una declaración de independencia de la tutela de Miles. Para ese álbum del sello Atlantic Trane convocó a Tommy Flanagan (piano), Paul Chambers (contrabajo) y Art Taylor (batería). Toda la música fue compuesta por Trane.

Tras la gira europea de 1960, los caminos de Miles y Coltrane sólo se cruzarían ocasionalmente. Alguna jam session y como último registro en estudio la participación de Coltrane en dos cortes del disco Someday My Prince Will Come, que el quinteto de Miles –con Hank Mobley en saxo– editó en 1961. El divorcio, sin embargo, no se tradujo en encono mutuo. Alice Coltrane, la última mujer del saxofonista, reveló que él nunca dejó de referirse a Miles como “The Teacher”. Y Miles, cuando poco antes de la separación un periodista le preguntó si no creía que Coltrane iba demasiado lejos, respondió, en uno de sus contados atisbos de humildad: “No, debe ser que yo no soy capaz de llegar tan lejos como él”.

Liberado de Miles, Coltrane desplegó en lo que le quedaría de vida una contundencia sonora casi desgarradora, llevando al límite su exploración musical y espiritual. Esa presión sobre las fronteras del jazz condicionó a todos los saxofonistas que llegaron después. Aún hoy su vanguardismo resiste firme. Murió joven, a los 40, hace más de medio siglo. Miles lo sobrevivió casi 25 años. Los aprovechó, como todos saben, para cambiar varias veces la dirección del jazz.

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