Irati Bilbao consolida con Bloom un lenguaje propio sin abandonar la zona de confort del jazz contemporáneo
El segundo trabajo discográfico de Irati Bilbao, Bloom, confirma una línea estética ya apuntada en sus primeras grabaciones, pero con mayor definición conceptual y una conciencia más clara del espacio sonoro. No es un disco que busque la espectacularidad vocal ni el virtuosismo evidente. Su eje está en la construcción de atmósferas y en una relación muy medida entre voz, arreglo y sección rítmica.
Desde el punto de vista tímbrico, el álbum se mueve en un territorio cercano al jazz contemporáneo europeo, con cierta deuda hacia la tradición vocal nórdica y un uso del silencio que resulta determinante. La producción prioriza la claridad y la respiración del conjunto. No hay saturación armónica ni acumulación de capas. Cada instrumento encuentra su función sin interferir en el discurso principal. Esto favorece una escucha atenta, aunque también puede generar una sensación de contención excesiva en algunos pasajes.
Las composiciones propias muestran un trabajo armónico sólido, con progresiones que evitan la resolución obvia y un uso recurrente de estructuras abiertas. En términos formales, el disco apuesta por desarrollos contenidos y finales que no buscan el clímax, sino la suspensión. Esa coherencia estilística es uno de los mayores aciertos del proyecto. La unidad sonora está lograda y no hay cortes que desentonen.
La interpretación vocal es uno de los elementos más interesantes. Bilbao no plantea la voz como vehículo de exhibición técnica, sino como elemento integrado en la textura. El fraseo es sobrio, con un vibrato controlado y una afinación estable incluso en dinámicas muy bajas. La articulación del texto es clara, aunque en determinados momentos el carácter introspectivo del repertorio reduce el contraste expresivo entre temas.
En el plano rítmico, el disco se apoya en grooves sutiles, más sugeridos que marcados. La batería y el contrabajo trabajan desde la economía de recursos, priorizando la cohesión sobre la interacción expansiva. Esto aporta solidez, pero limita la sensación de riesgo improvisatorio. En un par de cortes se echa en falta una mayor tensión dinámica que rompa la homogeneidad general.
Como propuesta estética, Bloom es coherente y madura. No pretende redefinir el jazz vocal contemporáneo ni abrir una vía radicalmente nueva. Su valor está en la consistencia, en la honestidad interpretativa y en la construcción de un sonido propio dentro de parámetros reconocibles. El desafío para futuros trabajos será ampliar el rango dinámico y asumir mayores riesgos formales sin perder la identidad que aquí queda bien definida.