Guillermo McGill Experience inaugura los primeros días del Central Ateneo: el jazz madrileño encuentra otra vez refugio.

El baterista y compositor Guillermo McGill abrió el primer fin de semana de programación con dos pases diarios del nuevo Central Ateneo, el 16 y 17 de abril, con un concierto cargado de memoria, lirismo y celebración colectiva. Entre ecos del antiguo Café Central y nuevas generaciones de músicos, la música volvió a demostrar que siempre encuentra la forma de sobrevivir.

Texto y fotos: Olga Muñoz

@olgamunozmar

Dice el refrán que cuando un Café se cierra, se abre un Central Ateneo. ¿O no era así?  Sea como fuere, el pasado cede el testigo al presente y el Café Central inaugura una etapa con Guillermo McGill Experience en su nueva sede en el Ateneo.

Retrocedamos al otoño de 2025. La tarde lluviosa de un sábado nos abre las puertas del Café Central para escuchar la propuesta musical de Guillermo McGill, a modo de recorrido por las paredes de este lugar y de su propia trayectoria, como parte de los «conciertos de resistencia» celebrados ante el inminente cierre del club. Aquel concierto otoñal fue nostálgico, profundo, con aires melancólicos. Por esas fechas, no se sabía aún si este histórico lugar iba a desaparecer definitivamente o si encontraría otro lugar a donde llevar su alma jazzística, aunque esa fue siempre la idea —o la esperanza— del gestor del Central, Juantxu Bohigues. Lo que nadie vaticinaba en ese momento es que McGill inauguraría el primer fin de semana del nuevo Central Ateneo la primavera de 2026. «La vida se abre camino», decía el Dr. Ian Malcolm en Parque Jurásico. Y la música, también.

Guillermo McGill, uruguayo afincado en España, combina su extensa trayectoria como baterista y percusionista de jazz y flamenco con su faceta de compositor, arreglista y docente en Musikene (Centro Superior de Música del País Vasco). Cuenta con siete álbumes de estudio como solista, y ha colaborado con músicos de la talla de Jorge Pardo, Chano Domínguez, Tomatito, Pat Metheny, Javier Colina y Perico Sambeat, entre otros muchos. Como docente, establece un puente entre las nuevas generaciones de músicos e incluye en su Guillermo McGill Experience a los que, en su día, fueron sus alumnos y hoy son parte de la élite de la escena madrileña. Y esta noche le acompañan algunos de ellos.

Juan Sebastián (Vitoria, 1992) es pianista de jazz, líder de varios proyectos propios y premiado por la crítica especializada. Darío Guibert es un contrabajista y compositor formado en Musikene que amplió sus estudios en Holanda y Nueva York, consolidándose como una de las voces más versátiles del jazz contemporáneo español. Daniel Juárez es un saxofonista, compositor y educador afincado en Madrid, considerado uno de los artistas más destacados de Europa por su sonido personal y su fusión de jazz contemporáneo con influencias del pop y la electrónica.

Con este ensamble nos reciben las puertas del nuevo Central Ateneo. O, quizás, no es nuevo, solo diferente. Al final, el alma del Central en la Plaza del Ángel se ha transferido a este nuevo espacio, con pedacitos de su espíritu transportados allí: mesas, cubertería, platos y algo de mobiliario. La primera sensación al entrar es de hospitalidad; ya en la puerta, Juantxu recibe a los clientes con una sonrisa y los va acomodando uno a uno. Apenas se entrevé nada del local desde la calle. El cartel que anuncia la programación mantiene el diseño y, curiosamente, la nueva dirección conserva el mismo número que el de la Plaza del Ángel: el n.º 10, ahora de la calle Santa Catalina.

Ya dentro, hay un ambiente cálido, por sus tonos de terciopelo y rojo y porque hacía calor, como en un club de jazz soterrado y oculto. Los mosaicos del suelo en blanco y negro en damero, la pequeña escalera con barandilla de madera que divide la barra y la zona de las mesas, las fotografías de músicos ilustres y la iluminación tenue crean un ambiente condensado que invita al refugio. Sabes que estás en un lugar con alma. Por allí aparece Guillermo, saludando, observando. Tanto el público como los músicos buscan su hueco en este templo recién abierto, con curiosidad y algo de nerviosismo.

Sale la banda al escenario, rodeada de mesas donde la gente come y bebe, en silencio, expectante. Abre Guillermo McGill con una voz elegante, como su música, dando la bienvenida a este nuevo espacio «tan bonito, tan cerca y con este ambiente tan de club de jazz de Nueva York, pues es verdad que tiene este aspecto. Y hemos ganado en sonido, gracias a la física del lugar», dice. Brilla el pendiente de Darío Guibert como si recogiera toda la energía concentrada y da comienzo el concierto, que inicia Cantos de éxtasis, un tema medieval de la compositora, mística y abadesa Hildegard von Bingen. Le sigue Dulce fortaleza, también del álbum “La voz de un ángel”, inspirado en una tarde de viento y lluvia, con un ritmo bien marcado, apuntalado por el contrabajo y la batería, hilado con el saxo y transportado por el teclado. En este recorrido de bienvenida, a diferencia del último concierto de despedida de McGill en el Central de la Plaza del Ángel, cambia el repertorio hacia ritmos de raíz y nos vamos a África con el tema People from Khartoum, como agradecimiento a todo lo que aprendió de las personas que conoció en un viaje a Sudán, dice Guillermo, cuando fue a dar clases a unos chicos de allí —«muy inteligente por mi parte ir a enseñar percusión a África», ironiza—, y también para que no se olviden los horrores de los conflictos bélicos. Alterna un ritmo flotante y colectivo con la estética madura del jazz contemporáneo europeo.

De África saltamos a América para navegar por el río uruguayo Olimar, que pasa por el pueblo de su madre, para adentrarnos después en uno de sus géneros estrella: el flamenco. Colombiana a Don Ramón es parte de un espectáculo en homenaje a Ramón Montoya y Fernando Vilches que dirigió hace unos años, con la participación de Dave Liebman, Dani de Morón y José Manuel Posadas “Popo”.

Ramón Montoya, que revolucionó en los primeros años del siglo XX el papel de la guitarra flamenca y la elevó a la categoría de solista, se unió a otro pionero, Fernando Vilches, para grabar juntos en 1925 por primera vez un saxofón y una guitarra flamenca, en una composición adelantada a su tiempo. En la agrupación de hoy no hay guitarra, pero subyace la melodía original en una belleza lírica bien hilada por el contrabajo, el piano suave y la percusión. Suenan después los acordes de otro homenaje, la hermosura de Óleo de una mujer con sombrero, de Silvio Rodríguez, a un tiempo más lento para una mejor degustación.

El ambiente es denso, ya cargado con la energía que brota del escenario y, al igual que en el otro Café Central, las imágenes se reflejan en un juego de espejos distribuidos por todo el local que permiten que esa degustación sea también visual.

Sigue el tema 11 de septiembre, introducido por un solo de batería brutal: un recordatorio de la fecha del asesinato de Salvador Allende. Culmina la velada con el bis Balada bonita, composición de Juan Sebastián, pura poesía. Y es esa línea poética la que subyace, quizás porque más de la mitad de los temas son en 3/4, no por elección consciente, dice Guillermo, sino por instinto.

Y el instinto de supervivencia es el que nos lleva al final, con otro agradecimiento a esa «gran familia del Central» que sigue latiendo en este nuevo espacio y que, a fecha de hoy, cuelga el cartel de lleno en todos sus conciertos. Al igual que Guillermo no se ancla en el pasado, sino que lo honra y lo trasciende siendo puente entre nuevas generaciones, el legado que toma el nuevo Central Ateneo nos hace creer un poco más en este futuro incierto.

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