Día 2 Getxo Jazz 2026: “Camille Thurman cierra con oficio y poderío la segunda noche de Getxo Jazz 2026”

La segunda jornada del 49º Festival de Jazz de Getxo confirmó que el excelente arranque del miércoles no era un gesto aislado. Si el primer día había puesto el foco en la extraordinaria salud creativa del jazz español, el jueves amplió el relato hacia otro lugar: la importancia de las redes entre festivales para hacer circular nuevas propuestas, la vitalidad de los proyectos jóvenes que todavía están terminando de encontrar su forma y la vigencia de ese gran jazz de escenario que, incluso cuando se mueve por territorios más reconocibles, sigue conservando un poder de seducción inmediato.

Texto: Pedro Andrade

@pedroandradecifu

La tarde comenzó en la Plaza de Algorta con Scannapieco-Geremia Quintet, una de esas propuestas cuya presencia ayuda a entender por qué sigue siendo tan importante que los festivales tejan alianzas entre sí. En un circuito donde la circulación internacional no depende únicamente de la calidad musical, sino también de la existencia de espacios de confianza y colaboración entre programadores, traer a Getxo un grupo como este significa algo más que sumar un buen concierto al cartel. Significa participar en una red que permite que escenas cercanas, aunque no siempre visibles entre sí – en este caso, la italiana, representada por Umbria Jazz-, se escuchen, se crucen y se reconozcan.

El quinteto italiano, liderado por el trompetista Antonio Scannapieco y el saxofonista tenor Pasquale Geremia, compareció con una elegancia casi de otra época: sobrios, impecablemente vestidos, serios en la escena y todavía más convincentes en la música. Lo suyo se mueve en un territorio claramente anclado en el hard bop de los años sesenta, pero sin convertir esa filiación en un ejercicio de arqueología. Lo que apareció fue, más bien, una banda que ha entendido ese lenguaje como un punto de partida fértil: el empaste clásico entre trompeta y tenor, el nervio rítmico, el gusto por el arreglo compacto y una escritura que suena vigorosa sin perder refinamiento.

Sonaron composiciones propias como Nulla accade per caso, Wayne, dedicada a Wayne Shorter, o The Way We Used to Be, y en todas ellas se percibió un grupo con ideas muy claras y un sonido ya bastante definido. La trompeta de Scannapieco tuvo firmeza, proyección y un fraseo bien asentado en la tradición, mientras Geremia completó con solidez ese frente melódico de doble voz que constituye una de las señas de identidad del quinteto. Entre ambos hubo entendimiento, escucha y una manera muy natural de alternar protagonismo sin romper nunca la unidad del grupo. Detrás, la sección rítmica sostuvo el discurso con autoridad y sin exceso de énfasis, dejando la impresión de una banda seria, bien armada y con un pie muy firme en la mejor tradición del jazz italiano contemporáneo. No fue un concierto de grandes sobresaltos ni de riesgo estético, pero sí una muestra de clase, oficio y convicción.

El segundo capítulo de la noche llevó de nuevo la atención a Muxikebarri y al Concurso Europeo de Grupos, donde compareció Cristopher Pérez Quartet con un proyecto muy ligado a Lanzarote, a su paisaje volcánico y a la memoria sonora de la isla. El saxofonista canario presentó un repertorio de composiciones propias concebido casi como un collage de estampas insulares: músicas que trataban de traducir en sonido el origen del territorio, la lucha guanche, la fragilidad de ciertas especies o la voz de la memoria familiar. No era, por tanto, un concierto pensado como simple sucesión de temas, sino como una propuesta de fuerte carga conceptual, atravesada por grabaciones de campo, programaciones y un imaginario narrativo muy definido.

Desde la primera pieza quedó claro que Pérez no busca un jazz ortodoxo ni un repertorio construido sobre códigos reconocibles sin más, sino una mezcla bastante personal de jazz contemporáneo, algo de rock, ciertas inflexiones latinas y una relación muy directa con el paisaje de su tierra. Sobre ambientes grabados de pájaros y sonidos naturales, el cuarteto fue desplegando un discurso que por momentos resultó sugerente y atmosférico, sostenido además por un grupo muy atento a la narración interna de las piezas. El saxo apareció con una reverberación muy marcada, casi como una prolongación del propio paisaje sonoro, y aunque el recurso tenía sentido dentro del concepto general, en algunos pasajes terminaba imponiéndose un poco más de la cuenta sobre la línea melódica.

Hubo momentos especialmente logrados en los pasajes de mayor impulso rítmico, donde el grupo se acercó a un terreno más próximo al bebop y al hard bop. En la pieza dedicada a la lucha guanche, por ejemplo, la base rítmica sonó especialmente compacta, con un walking firme, cortes muy bien sincronizados y una batería excelente, seguramente la gran protagonista instrumental del cuarteto. Daniel Pimienta sostuvo buena parte del impulso del concierto con una mezcla de energía, sentido de la dinámica y capacidad para tensar la música sin desbordarla. Guillaume Coulbois dejó al piano una de esas actuaciones que, aunque discretas resultan valiosas: siempre imaginativo, ajeno al virtuosismo aparatoso y atento a hacer crecer las piezas desde dentro, mientras David Muñoz aportó al contrabajo solidez, equilibrio y una escucha constante que resultó decisiva para mantener unido un repertorio tan narrativo como este. También funcionó bien la balada dedicada a los cangrejos blancos y su extinción, donde el grupo se movió desde un tono más contemplativo y abrió espacio a una dimensión más íntima del proyecto.

El concierto dejó, por encima de todo, la impresión de una propuesta con personalidad y con un imaginario muy propio, todavía en pleno proceso de ajuste, pero ya sostenida por una idea clara. Las grabaciones – la voz de la tierra, la de la abuela, los sonidos ambientales- forman parte de esa voluntad de convertir Lanzarote en materia sonora y, aunque en algún momento la música parecía pedir un poco más de espacio para respirar por sí sola, el conjunto funcionó como el retrato de un grupo con inquietudes y con una identidad en construcción muy reconocible.

El cierre de la jornada, a cargo de Camille Thurman con el cuarteto de Darrell Green, cambió por completo la temperatura de la noche y devolvió a Muxikebarri al territorio del gran jazz de escenario: sonido poderoso, repertorio de clara tradición norteamericana, una banda de enorme nivel y una líder capaz de sostener con la misma autoridad el canto, el saxo y la escena. Antes de que Thurman apareciera sobre las tablas, el grupo ya había dejado claro de qué iba la noche. La trompeta de Gregory Glassman irrumpió con una potencia extraordinaria, afilada, brillante, con ese punto de desgarro expresivo que obliga a recolocar la escucha. David Bryant confirmó en el piano a un improvisador magnífico, con discurso, peso armónico y una forma de desarrollar sus solos que siempre parecía tener algo que contar. Paul Beaudry firmó una de esas actuaciones al contrabajo que se recuerdan con facilidad: sonido nítido, pulso firme, digitación limpísima y una precisión admirable incluso en el registro agudo. Darrell Green, por su parte, condujo la noche desde la batería con una mezcla de pegada contundente, elegancia y autoridad rítmica sencillamente descomunal.

Cuando Camille apareció en escena, la sensación fue la de una banda que encontraba de golpe su centro de gravedad. Su presencia fue magnética desde el primer momento y su rendimiento vocal volvió a confirmar que estamos ante una cantante de enorme nivel: poderosa, afinada, flexible, muy bien apoyada en el aire y con una naturalidad absoluta para moverse entre el fraseo más limpio y la improvisación. Hubo momentos de swing muy directo, hubo cambios de pulso y hubo también espacio para un scat largo, atrevido y muy bien resuelto, de esos que no aparecen como número de exhibición, sino como una extensión natural del discurso. Thurman, además, posee esa rara capacidad de hacer convivir sin conflicto la cantante y la instrumentista, de manera que ninguna de sus facetas parece subsidiaria de la otra.

La banda respondió a esa exigencia con una solvencia impresionante. Glassman volvió a firmar solos de enorme pegada, Bryant dejó algunos de los pasajes más inspirados del concierto y Beaudry se regaló un solo de contrabajo magnífico, de esos que obligan a escuchar con una mezcla de asombro y gratitud. Y, sin embargo, quizá fue también ahí donde apareció el pequeño límite de la propuesta. Porque, más allá del altísimo nivel de ejecución, el concierto avanzó casi siempre por un terreno muy reconocible, con estructuras bastante previsibles, amplios espacios de solo y una forma de administrar la intensidad que dejaba pocos lugares para la sorpresa real. Todo estaba tocado con autoridad, con swing y con una profesionalidad fuera de toda duda, pero no siempre con la sensación de riesgo o de desvío que convierte un muy buen concierto en algo verdaderamente memorable.

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