Había expectación por ver a Riley Mulherkar en su debut en el Festival de Jazz de Vitoria. El trompetista neoyorquino, uno de los nombres más prometedores de su generación y discípulo de figuras como Wynton Marsalis y el recordado Ron Miles, llegaba inmerso en una intensa gira europea.
Viernes 17 de julio.
Apenas dos horas antes del concierto aterrizaba en Vitoria tras actuar en North Sea Jazz Festival de Rotterdam (11 de julio) y en Moldejazz, en Noruega (15 de julio). El recital sirvió para presentar Riley (2024), su primer trabajo discográfico, junto a algunas versiones de músicos fundamentales en su formación.
Mulherkar no venía a deslumbrar con grandes alardes técnicos, sino a desarrollar un discurso pausado, apoyado en melodías que evolucionan lentamente y una expresividad contenida. Una propuesta coherente y muy personal que, en esta ocasión, habría agradecido una mayor variedad de contrastes para mantener la tensión a lo largo del concierto.
El segundo tema del set list, «Ride or Die», presentó una melodía circular sobre la que fueron creciendo las improvisaciones. La trompeta alternó largos sonidos sostenidos con pasajes de mayor aspereza, buscando profundidad tímbrica antes que brillantez. El planteamiento resultó interesante, aunque la insistencia en el motivo principal terminó restando capacidad de sorpresa.
Algo parecido ocurrió en «Moonlight in Vermont». La introducción, sostenida por el piano antes de la incorporación progresiva del cuarteto, dibujó uno de los pasajes más bellos de la noche. El solo de contrabajo amplió el paisaje sonoro sin alterar el carácter de la pieza, aunque la reiteración del motivo principal terminó restándole parte de su fuerza.
Uno de los momentos más interesantes llegó con «Just Married», homenaje a Ron Miles, mentor y referencia esencial para Mulherkar. La composición ofrecía una oportunidad para elevar la intensidad del concierto. Hubo más volumen, una trompeta que exploró registros más agresivos y un contrabajo llevado incluso al límite de la distorsión. Sin embargo, el cuarteto nunca terminó de sonar realmente cohesionado. El piano dejó buenas ideas sin desarrollarlas plenamente y la batería optó por una contundencia que en ocasiones parecía caminar por un sendero distinto al del resto del grupo.
«That Simple Light» insistió en esa búsqueda de la atmósfera mediante largos desarrollos y una narrativa muy contenida. Una propuesta sugerente que, por momentos, perdió parte de su capacidad para mantener la atención del auditorio.
La siguiente composición, una suite articulada sobre tres aproximaciones distintas al blues, dejó uno de los mejores solos del pianista de la noche. Las variaciones de tempo aportaban movimiento, aunque el discurso seguía moviéndose dentro de un mismo paisaje sonoro.
En uno de los pocos momentos de conversación con el público, Mulherkar explicó que era su primera visita a Vitoria, aunque conocía el prestigio del festival gracias a Wynton Marsalis y a las históricas grabaciones de la Vitoria Suite. También recordó, con humor, que al día siguiente era su cumpleaños antes de invitar al público a descubrir su primer disco tras el concierto.
El cierre llegó con una delicada versión de «Stardust» popularizada por Coltraine, probablemente el momento más inspirado del concierto. El protagonismo del piano y el lirismo de la trompeta encontraron aquí un equilibrio especialmente convincente, ofreciendo la interpretación más redonda de la noche.
Riley Mulherkar posee un sonido reconocible desde la primera nota, una notable cultura musical y una personalidad artística muy definida. Su apuesta por un jazz de largos desarrollos y atención al detalle resulta honesta y coherente, aunque en esta ocasión el concierto echó en falta una mayor amplitud de registros.

El inicio ya dejó claras sus intenciones. Fortià apareció solo en escena, extrayendo del contrabajo una sorprendente variedad de recursos tímbricos. Golpes secos sobre la caja, rasgados agresivos de las cuerdas y resonancias que remitían tanto a sonoridades orientales como al flamenco fueron construyendo una introducción hipnótica antes de la entrada de Magalí Sare. La cantante irrumpió con un vestuario tan colorista como su propuesta artística y una presencia escénica magnética.
Desde las primeras canciones quedó patente que el proyecto Re-Tornar no pretende reproducir el cancionero iberoamericano, sino reinventarlo. Una versión en catalán de “Volver” se transformó en una guajira de nuevos matices, mientras Sare demostraba una capacidad vocal extraordinaria. Su voz llenaba el recinto incluso cuando se alejaba deliberadamente del micrófono, una muestra de técnica y proyección que pocas veces puede apreciarse en directo.
Bastaban un contrabajo y una voz para sostener toda la arquitectura musical. Fortià convertía el instrumento en una auténtica orquesta: alternaba el pizzicato con golpes de nudillos sobre la madera, utilizaba pequeñas percusiones sujetas a las piernas y extraía timbres inesperados que enriquecían continuamente el discurso.
La segunda parte del concierto amplió todavía más ese universo sonoro. Palmas, pequeñas percusiones y efectos rítmicos servían de introducción a nuevas piezas donde aparecían referencias que recordaban inevitablemente al Caetano Veloso más experimental, tanto por las modulaciones vocales como por la forma de reinterpretar la tradición latinoamericana. A ello se sumó una magnífica intervención de Sare con la flauta travesera. No fue un simple cambio instrumental, su interpretación aportó una nueva dimensión narrativa al concierto, confirmando que no solo canta con enorme solvencia, sino que posee una notable versatilidad musical.
Tras una breve pausa, ambos retomaron el mismo motivo para enlazar con “Tonada del cabestrero”, de Simón Díaz. Fortià seguía multiplicando funciones entre melodía, percusión y acompañamiento, mientras Sare exploraba un vibrato muy trabajado y una expresividad vocal que, por momentos, evocaba la célebre “Tonada de Luna Llena”, también de Simón Díaz y popularizado por Caetano Veloso, insisto.
Entre canción y canción, Magalí se dirigió al público, incluso atreviéndose con unas palabras en euskera. Explicó que ella, barcelonesa, y Fortià, gerundense, habían concebido Re-Tornar como un proyecto de «canciones de ida y vuelta», un espacio donde las músicas de ambas orillas del Atlántico dialogan, se cruzan y terminan fundiéndose en un lenguaje propio.
Ese concepto alcanzó uno de sus momentos más brillantes con Angelitos Negros, inmortalizada por Antonio Machín. La interpretación evitó cualquier lectura nostálgica para construir una versión deconstruida, donde el contrabajo exploraba registros experimentales mientras Magalí incorporaba zapateados y recursos teatrales que daban cuerpo dramático al texto. Su propuesta trasciende el concierto convencional, hay una evidente voluntad escénica donde música, interpretación y movimiento forman un único lenguaje.
Fortià también asumió protagonismo vocal en “Acidito”, con una voz grave y cálida que contrastaba con la expresividad de Sare. Mientras ella rozaba la madera del contrabajo con escobillas para generar nuevas texturas, él seguía exprimiendo un instrumento que parecía capaz de transformarse en cualquier cosa menos en un simple contrabajo.
Uno de los pasajes más libres llegó durante la recreación de “Una mujer con sombrero”, de Silvio Rodríguez. El uso de dos arcos diferentes, sonidos aleatorios, chirridos controlados y una improvisación de clara vocación jazzística recordaron oportunamente que, pese a las múltiples referencias folclóricas, seguíamos asistiendo a un festival de jazz. Fortià asumía simultáneamente funciones melódicas, rítmicas y tímbricas, mientras Sare respondía con un impecable dominio de los registros agudos.

La ovación del público, con una notable presencia de espectadores latinoamericanos que conectaron especialmente con el repertorio, dio paso a un cambio de registro. «Como esto es un festival de jazz, ahora vamos a tocar una ranchera», bromeó el dúo antes de interpretar una pieza en la que Fortià convirtió literalmente el contrabajo en un guitarrón mexicano, sujetándolo como tal y aportando una dosis de humor que alivió la intensidad dramática acumulada hasta entonces. El experimento quizá no alcanzó toda la naturalidad buscada, no lo pretendía, pero funcionó como un eficaz guiño escénico.
El tramo final transitó por las alusiones a los ritmos del son cubano con “Verdad Amarga”, reforzando esa permanente sensación de viaje musical entre continentes. Tras los agradecimientos, incluida una simpática búsqueda del único espectador portugués presente en el auditorio, para dedicarle “Barco Negro” popularizada por la icónica cantante lusa Amália Rodríguez, terminaron el concierto dejando una impresión muy gratificante en el auditorio. Había caras de sorpresa y estoy convencido, a mí me pasó, de que a muchos se les olvido, por momentos, quien venía a tocar después.
Lo más valioso de Re-Tornar no reside únicamente en la calidad técnica de sus intérpretes, que es sobresaliente, sino en la coherencia de una propuesta artística que entiende la tradición como un organismo vivo. Fortià y Sare habitan las canciones, las desmontan y las reconstruyen desde una mirada profundamente contemporánea, donde caben el jazz, la música popular iberoamericana, el teatro y la improvisación.
Llegó la pausa. Tras media hora de receso se anunció el próximo concierto, uno de los platos fuertes del festival.
Hablar de Rubén Blades es hablar de una de las figuras imprescindibles de la música latinoamericana de los últimos cincuenta años. Pero reducir su legado a la salsa sería quedarse muy corto. Compositor, actor, abogado, político y cronista de la realidad social del continente, el panameño volvió al Festival de Jazz de Vitoria para demostrar, a sus 78 años recién cumplidos, que mantiene intacta la autoridad artística y moral que lo ha convertido en un referente para varias generaciones.
La Roberto Delgado Big Band fue tomando posiciones sobre el escenario de Mendizorrotza con una introducción instrumental que sirvió para ajustar el engranaje de una maquinaria perfectamente engrasada. Veinte músicos, a los que habría que sumar el amplio equipo técnico que hace posible una producción de estas dimensiones, fueron construyendo el terreno antes de la aparición de Blades, recibido con una sonada ovación.
El concierto arrancó con «Plástico», una declaración de principios que casi medio siglo después conserva toda su vigencia. Cuando Blades comenzó a enumerar los países latinoamericanos, ¡Panamá, presente! ¡Puerto Rico, presente!, Mendizorrotza respondió como un único coro. El ¡Vitoria, presente! encontró una respuesta especialmente emotiva en un público donde las comunidades latinoamericanas tuvieron un protagonismo evidente.
El cantante recordó con afecto sus anteriores visitas a Vitoria, en 2011 y 2017, agradeciendo una vez más la acogida del festival y el trabajo de todo el equipo técnico. Su tono elegante y cercano no le impidió mostrar autoridad cuando un espectador interrumpió una de sus presentaciones: ¡Papito, espérate, que aquí el que habla soy yo!, zanjó con firmeza, arrancando la sonrisa cómplice del público.
Porque, si algo caracteriza los conciertos de Rubén Blades, es que las canciones nunca llegan solas. Cada una aparece precedida por una historia, una reflexión o un episodio biográfico que ayuda a comprender su verdadero significado.
Así ocurrió con «País portátil», escrita en 1986 pero sorprendentemente vigente. Antes de interpretarla recordó su paso por la política panameña y defendió la necesidad de implicarse en la vida pública: “La política no es mala; la convierten en mala los corruptos”, vino a decir recordando que él mismo ocupó durante cinco años responsabilidades institucionales tras derrotar electoralmente a uno de ellos. Lejos de sonar a discurso partidista, sus palabras apelaban a la responsabilidad ciudadana y a la capacidad de transformar la realidad desde el compromiso.
La dimensión humana del concierto continuó con «Emigrantes», presentada como un homenaje a quienes abandonan su país, como él mismo hizo en su momento, buscando una vida mejor. Blades recordó que estudiar en Panamá fue posible gracias a una universidad pública y gratuita antes de la dictadura, evocó posteriormente su paso por Harvard y agradeció a países como España la acogida brindada a miles de personas que han tenido que empezar de nuevo lejos de casa.
Hubo también espacio para la memoria familiar. Al presentar «Arayué», evocó con humor a su abuela paterna, Emma Aizpuru, de origen vasco, confesando que jamás la vio sonreír. Esa mezcla de anécdotas personales y contexto histórico dota a sus canciones de una profundidad poco habitual en la música popular.
Mientras tanto, la Roberto Delgado Big Band funcionaba con la precisión de un reloj. Cada entrada estaba medida al milímetro, cada sección respondía con absoluta sincronía y los arreglos engrandecían un repertorio ya de por sí monumental. Delgado administra una maquinaria sonora de enorme complejidad sin que el resultado pierda naturalidad.
Uno de los momentos más conmovedores llegó con «Amor y control», probablemente una de las composiciones más universales de toda la salsa. Escrita tras la enfermedad y posterior fallecimiento de su madre, la interpretación volvió a emocionar profundamente a un público que coreó cada verso consciente de estar escuchando una de esas canciones que trascienden el tiempo y los géneros musicales.
El repertorio continuó alternando clásicos con composiciones más recientes, como «Fotografías», incluida en su último trabajo discográfico, demostrando que Blades sigue escribiendo con la misma inquietud creativa que ha caracterizado toda su carrera.
Antes de «Ligia Elena», lanzó uno de los mensajes más contundentes de la noche. Defendió la necesidad de desaprender el racismo, el machismo, la homofobia y la aporofobia, recordando que “hay gente tan pobre que solo tiene dinero”, una de esas frases que resumen buena parte de su pensamiento humanista. Su discurso nunca resultó impostado porque siempre nace de las propias canciones.
La recta final fue una sucesión de himnos. «Plantación adentro», «Te están buscando», dedicada a la denuncia social de la delincuencia; «María Lionza», ofrecida al pueblo venezolano; «El cantante», «Juan Pachanga», «Maestra Vida» y, finalmente, «Pedro Navaja», convirtieron Mendizorrotza en un gigantesco coro donde miles de personas cantaban de memoria historias que forman parte ya del patrimonio cultural de toda Hispanoamérica.
Resulta admirable comprobar cómo Blades conserva prácticamente intacto su instrumento vocal. La voz mantiene cuerpo, afinación y una sorprendente capacidad expresiva que desmiente sus 78 años. Pero quizá aún impresione más su lucidez. Sigue siendo un narrador excepcional, un comunicador brillante y un artista que entiende el escenario como un espacio para entretener, emocionar y hacer pensar al mismo tiempo.
Rubén Blades ofrece algo mucho más valioso que un concierto: una conversación con el público. Durante casi tres horas alternó música, memoria, humor, reflexión política, crítica social y esperanza sin que el ritmo del espectáculo decayera en ningún momento.
No fue únicamente el concierto más multitudinario del festival, con 3.200 personas reunidas en Mendizorrotza, sino también el que mejor recordó que el jazz y las músicas de raíz comparten la capacidad de contar historias que ayudan a explicar quiénes somos.