Tigran Hamasyan volvió a Madrid para presentar el material de su último disco, en un concierto celebrado en el Teatro Fernán Gómez. El directo confirmó una idea clara: quien acuda buscando una reproducción fiel del álbum encontrará exactamente eso… y un poco más.
La música de Tigran, meticulosamente escrita y estructurada, deja huecos para la interacción y ciertos momentos de improvisación, pero su universo sigue siendo uno de formas cerradas, precisión milimétrica y una identidad rítmica inconfundible.
La formación —batería, piano, bajo eléctrico y sintetizador— resultó especialmente llamativa. El trío base recuerda a un formato jazzístico, pero la estética se aleja por completo de ese lenguaje. El bajista, en ocasiones casi más guitarrista que bajista, alternó melodías con octavador, uso de púa y líneas de carácter casi solista. El batería, por su parte, aportó una energía más cercana al metal que al jazz, enfatizando la contundencia y el carácter casi matemático de la música. Todo ello encajaba de manera sorprendentemente natural con el enfoque de Hamasyan, que desde hace años es admirado dentro de la comunidad metal precisamente por esa mezcla de virtuosismo, complejidad y agresividad controlada.

El cuarto elemento, el sintetizador, añadía capas tímbricas, ambientes y texturas que reforzaban el carácter cinematográfico de algunos pasajes. De hecho, no es difícil imaginar gran parte de la propuesta de Tigran como banda sonora para un videojuego o una película.
En cuanto a la puesta en escena, el público veía de frente a todos los miembros, excepto a Hamasyan, que estaba de espaldas. Puede que me equivoque y sea simplemente una decisión para poder mirar bien a la banda, pero sinceramente, apuesto más por una decisión estética, casi como si el pianista quisiera decir algo como “lo que importa es la música”. Al principio pudo ser chocante ver al músico de espaldas al público, ya que comúnmente pensaríamos que es una falta de respeto, pero, por otra parte, podríamos interpretarlo como un acto de huir de los estándares de respeto de los que una música con un pasado tan elitista como el jazz viene; una manera de manifestar su queja de que la gente hoy en día se interesa más por lo que ve en un escenario que por lo que suena.
En lo musical, lo que domina es el folclore. Más allá de las etiquetas y del marketing que pueda situarlo dentro de un festival de jazz, lo que suena es música profundamente arraigada en la tradición armenia, con patrones asimétricos, modos propios y un enfoque compositivo que bebe de raíces culturales mucho más que de estándares o lenguajes improvisatorios. Aunque exista un trasfondo jazzístico en algunos de los músicos, la esencia del proyecto no se articula desde ahí. La improvisación aparece, sí, pero casi siempre como transición o expansión controlada, no como eje central del discurso.

Aun así, el concierto funciona a la perfección para el fan del último disco de Hamasyan. Están todos los elementos: la fuerza rítmica, los pasajes introspectivos de piano solo, los momentos en los que Tigran manipula el instrumento para crear efectos percusivos o ambientes mutados, la arquitectura detallada de cada tema y ese equilibrio entre ferocidad y delicadeza que define su sonido.
En resumen, una actuación impecable, coherente con la etapa actual del pianista y que reafirma que lo suyo es un lenguaje único, más cercano al folclore armenio contemporáneo que a cualquier etiqueta convencional. Un directo que, sin ser sorprendente para quienes siguen su trayectoria, sí es profundamente disfrutable, sólido y fiel a la esencia de su música.