Hamilton de Holanda, el bandolim que trascendió fronteras

Cuando Hamilton de Holanda atacó los primeros compases de Presente Para Sempre, quedó claro que el público congregado en el Parque García Sanabria no iba a asistir a un concierto de música brasileña al uso.

Texto: Ezequiel Paz

35.º Festival Internacional Canarias Jazz & Más
Parque García Sanabria, Santa Cruz de Tenerife.

17 julio 19:30h

Durante cerca de hora y media, el virtuoso carioca demostró que el bandolim puede dialogar de igual a igual con el jazz contemporáneo, la música de cámara y las raíces africanas del choro, ampliando definitivamente el horizonte de un instrumento que durante décadas permaneció ligado casi exclusivamente a la tradición popular brasileña.

Hay músicos capaces de dominar un instrumento y otros que consiguen reinventarlo. Hamilton de Holanda pertenece a esta segunda categoría. Desde hace más de dos décadas, el violeiro  y bandolinista brasileño ha ampliado las posibilidades expresivas del bandolim, antecesor portugués de la mandolina, hasta convertirlo en un instrumento plenamente integrado en el lenguaje del jazz contemporáneo. Sin renunciar a las raíces del choro, De Holanda ha construido un universo sonoro donde confluyen la tradición brasileña, la herencia de la polirritmia africana, la improvisación jazzística y una extraordinaria libertad armónica y solista.

Ese fue precisamente el universo musical que presentó en el Parque García Sanabria, dentro del 35.º Festival Internacional Canarias Jazz & Más, en un concierto que confirmó por qué está considerado una de las figuras imprescindibles del jazz afrobrasileño contemporáneo.

Lejos de ofrecer un simple recorrido por la tradición brasileña, Hamilton de Holanda propuso una profunda relectura de esa herencia musical. Acompañado únicamente por el pianista y teclista Salomão Soares y el baterista Thiago «Big» Rabello, el brasileño convirtió el escenario en un espacio de constante diálogo, donde las fronteras entre composición e improvisación se fueron diluyendo de manera paulatina.

Con su inconfundible cabellera recogida en trenzas, De Holanda apareció con la naturalidad de quien no necesita artificios para captar la atención del público. Su característico bandolim de diez cuerdas, diseñado por él mismo y ampliado con dos cuerdas graves adicionales, demostró desde los primeros compases una sorprendente paleta sonora. En numerosos pasajes, el instrumento adquirió una profundidad armónica que hacía olvidar por completo la ausencia de un bajista.

La apertura llegó con Presente Para Sempre, definida por el propio músico como «un regalo para siempre». Desde ese instante quedó claro que el concierto no iba a girar exclusivamente en torno al virtuosismo instrumental. El verdadero protagonista sería el diálogo permanente y triangular  entre los tres músicos.

Mientras Salomão Soares distribuía su mano izquierda sobre un sintetizador Moog, construyendo las líneas graves, la derecha recorría con absoluta naturalidad un teclado Nord, alternando colores pianísticos y electrónicos. Esa singular configuración permitió al trío desplazarse continuamente entre el jazz contemporáneo de gran densidad rítmica y la transparencia casi camerística de la música de cámara, sin perder nunca la sensación de unidad.

Uno de los momentos conceptualmente más interesantes llegó con Afro Choro. Antes de interpretarla, Hamilton de Holanda recordó el aislamiento vivido durante la pandemia de 2020, año en el que llegó a escribir nada más y nada menos que 366 composiciones, una por cada día del año bisiesto. Explicó que aquella disciplina creativa terminó convirtiéndose en una auténtica medicina personal.

La pieza resumía a la perfección su pensamiento musical. El artista definió el choro como «el abuelo de la bossa nova» y, al mismo tiempo, «primo del jazz». A partir de esa idea, el trío desarrolló una música donde la tradición brasileña dialogaba continuamente con la armonía del post-bop y la improvisación contemporánea. Las improvisaciones nunca parecían ejercicios individuales, sino el resultado de una construcción colectiva basada en la escucha mutua.

La conexión con las raíces africanas de la música brasileña apareció con especial intensidad en Luanda presentada como un semba, género angoleño considerado uno de los antecedentes directos de la samba. Sobre un pulso casi hipnótico fue creciendo una interpretación donde el baterista Thiago «Big» Rabello asumió un protagonismo extraordinario.

Rabello rehuyó constantemente los recursos más previsibles de la batería de fusión para construir un discurso apoyado en ataques secos, un refinado tratamiento tímbrico de los platos y una pulsación siempre al servicio del movimiento interno de la música. Su interpretación mantenía intacta la lógica del baile sin renunciar a una sofisticación rítmica plenamente contemporánea.

El momento de mayor despliegue técnico llegó con Flying Chicken, definida humorísticamente por De Holanda como un “Hard Choro Jazz». Dedicada al técnico de sonido del grupo, el músico comentó entre risas que, aunque las gallinas normalmente no vuelan, aquella sí era capaz de hacerlo. La música confirmó inmediatamente la metáfora.

El vertiginoso tema llevó al bandolim de diez cuerdas hasta sus propios límites físicos, sin que en ningún momento se resintiera la claridad del discurso colectivo. Cuando Salomão Soares inició uno de los solos más brillantes de la noche, Hamilton abandonó el papel de solista para asumir funciones armónicas y rítmicas, dibujando líneas graves y acompañamientos que hacían desaparecer cualquier jerarquía dentro del trío.

Pero el instante más conmovedor del concierto llegó con Sol e Luz (The Night Sun), una composición escrita apenas unos días antes de la actual gira internacional del grupo. Presentada como una reflexión sobre los finales y los nuevos comienzos, la obra mostró una faceta mucho más introspectiva del músico brasileño.

La interpretación avanzó lentamente, con una delicadeza casi suspendida en el tiempo. Durante varios minutos el Parque García Sanabria permaneció en riguroso silencio, mientras el trío desarrollaba una música de extraordinaria belleza, como si el público fuera consciente de estar escuchando una obra todavía en pleno proceso de maduración artística.

El cierre llegó con Eterno Momento Hora, inspirado en el concepto japonés Ichigo Ichie, que entiende cada encuentro humano como un acontecimiento irrepetible. La elección no pudo resultar más apropiada. El último acorde se desvaneció lentamente bajo los árboles centenarios del parque antes de que una prolongada ovación obligara a los tres músicos a regresar al escenario para ofrecer Nova Alvorada como bis.

Más allá del extraordinario virtuosismo de Hamilton de Holanda, el concierto dejó una idea especialmente clara: el bandolim ya no pertenece exclusivamente al universo del choro. Gracias a músicos como él, el instrumento ha conquistado un espacio plenamente contemporáneo dentro del jazz internacional.

En Santa Cruz de Tenerife, el público no asistió únicamente a un recital de música brasileña. Fue testigo de cómo tradición e innovación pueden convivir en un mismo lenguaje, jugando a la imagen-espejo entre tres ángulos de un mismo triángulo con vértices en Río de Janeiro, Luanda y Canarias hasta hacerlos formar parte de una única geografía musical.

Elenco

Hamilton de Holanda: bandolim de diez cuerdas.

Salomão Soares: piano, teclado Nord Stage y sintetizador Moog.

Thiago «Big» Rabello : batería.

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