Éxito de público en un audaz festival de Santander: Temple Jazz Orchestra

El pasado 1 de agosto la Temple Jazz Orchestra puso el broche de oro al VII Festival de jazz de Santander.

Texto: Federico Ocaña

@federico_ocana_guzman

Desde el 16 de julio, cuando tuvo lugar el concierto inaugural del exquisito Fred Hersch, que dejó el listón altísimo con su combinación de vanguardia y standards, hasta el 29 de agosto en que las actuaciones volvieron a la que es la sede habitual de los últimos años, el Escenario Santander, no había dejado de crecer la expectación por los siguientes conciertos.

Lo demostró el éxito de público de todas las jornadas, con entradas agotadas desde días antes de los conciertos. Mantener la organización  y la dirección musical, la promoción local y nacional (y digital, podríamos añadir) y el impulso de una serie de actuaciones alrededor del festival se han convertido en las claves de un acontecimiento que, ya lo anunciamos en Más jazz, es un referente en el mapa nacional. La afición no es innata; se trabaja -la lleva trabajando e impulsando Enrique Bolado- durante muchos años en el corto plazo y en el día a día con la promoción y difusión de conciertos en diversos formatos y escenarios por toda Cantabria y en el largo plazo, como decíamos, con la seguridad en la dirección y en el criterio musical.

La audiencia responde cada edición con más entusiasmo. Pero también responden Fred Hersch, Kenny Barron, Fred Nardin y Shenel Johns, Dado Moroni, Terell Stafford y lo han hecho otras figuras internacionales en ediciones anteriores. El nivel de los conciertos ha sido excepcional. Si en Hersch tuvimos un ejemplo de virtuosismo pianístico, Barron nos proporcionó una demostración de sabiduría, Nardin y Johns un abanico de registros destinados a conmover, agitar y llegar al público de las formas más diversas, Moroni una brillante relectura de los tríos de Oscar Peterson y la Temple Jazz Orchestra la certeza de que el jazz tiene presente y futuro.

El 29 de julio sobre el Escnario Santander Barron descartó defender únicamente su último disco, “Songbook”, y escogió “Magic Dance”, una composición propia, y el standard de Berlin “How Deep is The Ocean” para demostrar que queda energía, agilidad y valentía a raudales en este octogenario pianista capaz de tocar en cualquier estilo. El talento patente en sus numerosísimas grabaciones se vio en el concierto en improvisaciones muy extensas, temas muy rítmicos (más inspirada la batería Savannah Harris que la bajista Kanoa Mendenhall) y -sobre todo en los primeros temas a trío o en un posterior Well You Needn’t- fraseos con un swing muy cuidado, con una intensidad in crescendo, a medida que también lo hacían las disonancias y apoyaturas que iba introduciendo en las sucesivas improvisaciones y variaciones sobre los temas. Los giros de blues en el piano se transformaron en blues-rock con la aparición en escena de Catherine Russell, heredera de una saga de músicos (su padre y su madre lo fueron), y el famoso “I love being here with you” de Peggy Lee. Este fue seguido del también conocido “The Very Thought of You” de Noble interpretado con gran recogimiento por Russell.

Los siguientes dos temas sirvieron para alternar vocalista. Dejó el escenario Russell y subió Tyreek McDole. Su timbre sonó en “This Time it’s real”, a dúo con Barron, aterciopelado, cálido, haciendo recordar a Johnny Hartman. El siguiente “Calypso” composición de Barron e interpretado por el trío con McDole fue una de las escasas menciones en la noche al “Songbook” con el que está girando Barron. Un acierto, como comentaba el experto Toño Cosme, ya que el concierto liberó al pianista Barron, al sabio, le dejó transitar de un estilo a otro, llevar al límite las posibilidades rítmicas de la batería y dialogar en igualdad con las melodías de los cantantes. McDole, más divertido pero más comedido en este calipso (como Russell, se mueve mejor en el blues, el R&B y el soul), volvería para destacar y ganarse definitivamente a la audiencia en la improvisación del último tema, donde los dos cantantes se agigantaron tirando la melodía hacia registros más agudos, con especial virtuosismo de McDole. Acabaron entre risas y trasladaron esa complicidad a un público que quiso escuchar por última vez un solo de Barron. El veterano pianista agradeció los aplausos recordando sus estancias en Santander en festivales pasados y regalando un nostálgico “Rain”, una composición propia, muy breve, romántica, escrita durante una residencia artística de seis días en Nueva York. Un final minimalista para un concierto que vio a Barron y a Santander unidos una vez más por la música.

Tirando del trío, capitaneando a la rítmica y apoyando las voces, dejando comentarios aquí y allá sobre sus recuerdos o sobre las composiciones, modificando el programa para gozar de más libertad creativa en las improvisaciones, Barron demostró por qué su nombre está grabado en la historia del jazz y por qué quedará en la memoria de los asistentes.

El 30 de agosto le tocó el turno al trío de Fred Nardin y Shenel Johns con el saxofonista Lluc Casares como invitado. Esta combinación inédita dio como resultado un concierto en el que los protagonistas se repartieron el carisma. Nardin abrió con un primer tema a trío y respondió Johns con una segunda pieza del set proveniente de su álbum de debut “Stars”, que será publicado este 2026. A la vanguardia y el estilo rabioso del primer tema seguía esta composición que jugaba con rasgos del gospel, del soul y el pop y parecía que la mezcla no podía cuajar. Pero debía hacerla. El trío ya había calentado, también Casares. Nardin y el saxofonista comparten una gran cualidad: van de menos a más, comenzando con una sola nota, improvisando sobre ella un compás, otro, y a partir de ahí, con variaciones rítmicas, melódicas, emplea el registro completo de sus timbres y explotan cada tema.

“Just Squeeze Me” de Duke Ellington sirvió a los músicos para comenzar a crecer en el conjunto. Johns mostró su lado más divertido. A continuación se escucharon homenajes a Odetta, Sarah Vaughan, Abbey Lincoln (“Down Here Bellow”), Nancy Wilson (“Save your love for me”, extraído del álbum que sacó Wilson con Cannonball Adderley, que aquí introdujo el bajo, como en “Just Squeeze Me”) y Nina Simone en los que la vocalista ofreció un recital de cambios de humor, dramatismo casi operístico, scats rapidísimos, registros graves… un sinfín de recursos dramáticos al servicio de la música y del público, al que fue interpelando durante toda la noche. Cómica y suelta en el escenario, preguntó si todo estaba bien, si alguien necesitaba algo, si alguien recurría a “afirmaciones” (mantras de autoayuda) como los de su composición “We are Beautiful”, en la que destacaron Casares, que entró con potencia en la segunda parte del tema, y Leon Parker, que empleó su batería y todo su cuerpo para percutir. Después de la calma de “I Only Have Eyes for You” el último tema, un homenaje a Simone extraído de “Stars”, fue una extraordinaria tormenta del trío comandado por Nardin. Saltos de intervalos inusuales, ritmos compuestos y una ascensión de la que se contagió también Casares y que rayó la posesión espiritual de raigambre coltraneana marcaron la que podría haber sido la última pieza de la velada. Sí lo fue “Moanin”, un bis entretenido que supuso un cierre más que coherente con una actuación que encumbró a Shenel Johns y permitió el despliegue, aunque discreto, también del trío con saxo.

En una época en la que vemos desaparecer a las figuras de la era dorada de los años 50 y 60 (el último coloso en dejarnos ha sido Sonny Rollins) y en la que se multiplican las efemérides (como señalaba un filósofo alemán en una alusión casi musical, el nuestro es un tiempo “lento”, que vive entre centenario y centenario), se echaba en falta un guiño siquiera a uno de los compositores y arreglistas clave de la transición del jazz clásico a la hibridación posmoderna. Hablamos de Quincy Jones.

El lema de esta edición era “More Jazz Standards” y la Temple Jazz Orchestra dirigida por Terell Stafford hizo gala del mismo con un repertorio homenaje a Quincy Jones en el que brillaron temas como los conocidísimos “Along Came Betty” de Benny Golson -su referente en Filadelfia- o “The Midnight Sun Never Sets”, “Soul Bossa-nova” de Jones (“¿Alguien entre el público va al cine?”, preguntó Stafford antes de introducir esta popular melodía), junto a otros no tan populares como “Razzamatazz” del propio Jones.

La orquesta reúne a un grupo de jóvenes artistas en los que destacaron saxofones (los diálogos entre alto y tenor fueron muy entretenidos), trompetas, bajo y piano. Tim Warfield, a quien Stafford presentó como un tipo elegante (bromeó sobre su aspecto y su corbata y lo alabó como uno de los mejores músicos y de los mejores amigos que tiene), ejecutó solos valiosos en cuatro temas. Pero la joya sin duda fue escuchar en “My Shining Hour” a Warfield y a Stafford a la vez, bien respaldados por la orquesta, con una sólida arquitectura que le permite funcionar correctamente en temas más clásicos y en otros arreglos más libres y alocados. Con entradas agotadas, los asistentes correspondieron al entusiasmo de los músicos y viceversa, y Stafford tuvo palabras de agradecimiento también para el productor y promotor Jordi Suñol.

El colofón al festival fue “Jessica’s Day”, un tema que sirve para recordar a Quincy Jones, a Dizzy Gillespie, para cuya orquesta fue compuesto, y a Count Basie, un tema con mucho swing con el que la Temple Jazz Orchestra despidió el Festival de jazz de Santander por todo lo alto.

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