Diez años después de aquella primera edición de 2017, Montijazz celebra su trayectoria con un cartel que mira al pasado sin quedarse en él. Jorge Pardo, Antonio Lizana, Alba Careta y Lucía Rey protagonizarán los días 11 y 12 de septiembre una edición especial en Bodegas Alvear, donde el jazz volverá a encontrarse con el territorio, el vino y una manera cercana de entender la música.
Hay festivales que se miden por el número de ediciones y otros que, con el paso del tiempo, terminan midiéndose por algo menos cuantificable: la memoria que han ido construyendo. Los músicos que dejaron huella, los descubrimientos inesperados, las conversaciones después de un concierto, quienes regresaron al año siguiente y quienes llegaron por primera vez sin saber muy bien qué iban a encontrarse. En 2026, Montijazz alcanza diez años de trayectoria y esa memoria adquiere un significado especial.
El X Aniversario comenzó, en realidad, el pasado mes de abril, con la celebración del Día Internacional del Jazz, en la Cooperativa La Unión, y la actuación de EME EME PROJECT, proyecto liderado por la flautista Marta Mansilla. Un comienzo que sirve también para entender el espíritu con el que Montijazz afronta esta década: celebrar lo construido sin dejar de mirar hacia nuevas propuestas y nuevas formas de entender el jazz.
Desde 2017, el festival ha ido construyendo su identidad en torno a una idea sencilla, pero nada fácil de llevar a la práctica: acercar el jazz a un territorio concreto y hacerlo desde la cercanía. Por eso, celebrar una década no consiste únicamente en mirar hacia atrás. También significa preguntarse qué queda de aquellos primeros pasos y, sobre todo, qué caminos puede seguir recorriendo un festival que ha encontrado en Montilla y en su cultura un escenario natural.
La décima edición propone precisamente ese ejercicio. Dos jornadas, cuatro nombres y un diálogo entre distintas generaciones y maneras de entender el jazz. El resultado es un programa que permite hablar de tradición y renovación, de jazz y flamenco, de lenguajes contemporáneos y de esa capacidad del jazz para absorber influencias sin dejar de ser reconocible.
Diez años no caben en un cartel
Un aniversario como este tiene algo de paradoja. Diez años de música no pueden resumirse en cuatro actuaciones. Tampoco deberían. Un festival se construye de una manera mucho más lenta: concierto a concierto, edición a edición, creando vínculos entre artistas, público y espacio.
Por eso, el cartel de 2026 puede entenderse como una fotografía del presente, pero también como una pequeña ventana hacia todo lo vivido. Especialmente la jornada del viernes 11 de septiembre.
En esa primera noche, Alba Careta y Antonio Lizana representan dos formas diferentes de entender la renovación del jazz desde la música española. Y ahí reside uno de los guiños más interesantes de esta edición: no se trata de afirmar que dos artistas puedan resumir todo lo que ha pasado por Montijazz desde 2017, sino de utilizarlos como símbolo de una década en la que el festival ha apostado por músicos con voz propia, por propuestas capaces de dialogar con otros lenguajes y por una idea del jazz abierta a públicos diferentes.
La trompetista y cantante Alba Careta pertenece a una generación que entiende el jazz como un territorio de exploración y convivencia. Formada en Barcelona y en los conservatorios de La Haya y Ámsterdam, su trayectoria combina el trabajo al frente de sus propios proyectos con numerosas colaboraciones y con una relación natural con otras músicas. Su evolución reciente la ha situado entre los nombres emergentes de mayor interés del jazz catalán y español.
Su presencia en Montijazz encaja especialmente bien con esa idea de festival que mira hacia adelante: una música asentada en la tradición del jazz, pero sin entenderla como una frontera.
Al otro lado de esa primera noche aparece Antonio Lizana, uno de los nombres que mejor representan la conversación contemporánea entre jazz y flamenco. Saxofonista, cantaor y compositor, el músico de San Fernando ha construido una propuesta en la que las raíces flamencas no funcionan como un simple adorno sobre el jazz, sino como parte esencial de su lenguaje. Su trayectoria internacional demuestra, además, que esa combinación puede viajar muy lejos sin perder su identidad.
Y quizá ahí esté la clave de este viernes tan simbólico: mirar los diez años de Montijazz no desde la nostalgia, sino desde aquello que todavía tiene capacidad de sorprender.
Del recuerdo al presente
El sábado 12 cambia el ángulo, aunque no la conversación. Lucía Rey y Jorge Pardo amplían el mapa sonoro del festival y permiten comprobar hasta qué punto la etiqueta ‘jazz’ puede contener universos muy diferentes.
Pianista, compositora y artista de formación multidisciplinar, Lucía Rey ha desarrollado una trayectoria marcada por el encuentro entre distintas culturas musicales. Su formación en Madrid, Cuba y Nueva York está en el origen de una propuesta en la que el jazz convive con influencias latinas y otras tradiciones contemporáneas. Su trabajo al frente de su propio trío y sus numerosas colaboraciones muestran precisamente esa amplitud de intereses. Para quien se acerque al jazz sin demasiadas referencias previas, propuestas como la de Rey recuerdan que no existe una única manera de escuchar este género. El jazz puede estar en la improvisación, en el diálogo entre músicos, en el ritmo, en la armonía o en la manera de transformar una melodía sobre el escenario. No hace falta conocer todas sus reglas para dejarse llevar por ellas.
Y entonces llega Jorge Pardo, una figura fundamental para entender la historia del jazz español y, especialmente, la relación entre jazz y flamenco. Saxofonista y flautista, Pardo ha desarrollado durante décadas un lenguaje propio en el que ambas tradiciones se encuentran y se transforman mutuamente. Su trayectoria junto a Paco de Lucía, sus colaboraciones con figuras como Chick Corea y su influencia sobre generaciones posteriores explican por qué su presencia en una edición aniversario tiene un peso especial. En 2015 recibió el Premio Nacional de las Músicas Actuales por su capacidad para establecer puentes entre la tradición hispana, especialmente el flamenco, y otras músicas del mundo. Pardo permite, además, entender algo esencial sobre el jazz: que la tradición no está necesariamente enfrentada a la innovación. A veces ocurre justamente lo contrario. Conocer profundamente una tradición puede ser la mejor manera de encontrar nuevas formas de expresarla.
Cuando el escenario también cuenta
En Montijazz, la música no sucede en cualquier lugar. Las dos jornadas de esta décima edición tendrán como escenario Bodegas Alvear, un espacio que conecta de manera natural con una de las señas de identidad del territorio: la cultura del vino.
Es una combinación que tiene sentido sin necesidad de forzarla. El vino y el jazz comparten algo difícil de explicar con palabras y fácil de reconocer cuando sucede: ambos admiten matices, tiempo, conversación y descubrimiento. Una copa puede cambiar a medida que se bebe; una improvisación puede transformarse mientras se escucha.
El escenario, por tanto, no es un simple contenedor. Forma parte de la experiencia. La música adquiere otro significado cuando se escucha en un espacio vinculado a la historia y a la cultura de Montilla. Y el festival, a su vez, encuentra en ese entorno una forma de diferenciarse de la experiencia de asistir a un concierto en una sala convencional.
Ahí aparece otra de las virtudes de Montijazz: la posibilidad de que alguien llegue atraído por el ambiente, por el lugar o simplemente por la curiosidad y termine descubriendo una música que quizá nunca había escuchado en directo.
Diez años y todavía por descubrir
Quizá la mejor manera de celebrar diez años de Montijazz sea no intentar cerrar la historia.
El viernes 11 de septiembre será, de algún modo, una mirada hacia lo vivido desde 2017. Un guiño a los músicos, proyectos, públicos y encuentros que han ido dando forma a Montijazz. Pero el sábado 12, con Lucía Rey y Jorge Pardo, recordará que la historia de un festival solo tiene sentido si continúa escribiéndose.
Cuatro artistas bastan para mostrarlo: la nueva generación representada por Alba Careta; el diálogo entre jazz y raíces de Antonio Lizana; la amplitud musical de Lucía Rey; y la trayectoria de Jorge Pardo, convertido ya en parte de la propia historia del jazz español.
Diez años después de comenzar, Montijazz puede celebrar algo más importante que una cifra redonda: haber construido una identidad. Una identidad vinculada a Montilla, a sus espacios, a su público y a una forma de entender el jazz sin puertas de entrada demasiado estrechas.
Porque quizá un buen festival no sea aquel que ofrece todas las respuestas, sino el que consigue que salgamos de un concierto con alguna pregunta nueva.
Y después de diez años, Montijazz parece dispuesto a seguir haciéndolo: escuchar lo que ya forma parte de su memoria, pero, sobre todo, descubrir qué música queda todavía por escuchar.