Se edita un extraordinario disco de la pianista suiza desaparecida hace dos años, en el que despliega en solitario todos sus recursos innovadores. Se trata de un concierto de 1986 que permanecía inédito y que recuperó el sello Intakt, de histórica vinculación con esta artista pionera del protagonismo femenino en el jazz y la música improvisada.
Si algo fluye de manera espontánea en la música de Irene Schweizer es una sensación de alegría incomparable, de estar disfrutando el momento, unida a la virtud de trasladar ese gozo a quien escucha. Se cumplen dos años de la muerte de esta notable pianista, compositora e improvisadora suiza y nada mejor que el lanzamiento de un concierto inédito de 1986 para recordarla con entusiasmo. Se trata del disco Prelude to a Kiss and More, que lanza este mes de agosto el sello Intakt, asociado a las grandes obras de Irene.
Irene Schweizer fue una pionera, no sólo en cuanto a la vanguardia musical europea, sino centralmente en la defensa del papel de las mujeres en el jazz y en la innovación artística. Sintió la discriminación en carne propia cuando ganó, con 19 años, un concurso de piano amateur en Zurich: el premio que había preparado la organización era una camisa de hombre.

Ya en 1968 Irene improvisaba libremente con el baterista Pierre Favre y luego firmaría dúos notables con Han Bennink, Louis Moholo y Hamid Drake. En la década del 90 lanzó el grupo femenino Les Diaboliques, junto a Joëlle Léandre y Maggie Nicols y fue una artista indispensable del sello Intakt, donde grabó decenas de discos notables, desde piano solos hasta dúos, tríos y cuartetos que siguen siendo pilares insoslayables de la música improvisada y de la fortaleza de la innovación femenina. “Ella abrió un camino donde no existía ninguno. Su forma de tocar es valiente y personal y fue una de esas artistas que hizo posible que otras pudieran seguir sus pasos”, nos ha dicho otra pianista suiza de renombre, Sylvie Courvoisier.
En este nuevo disco que ahora ve la luz hay un instante epifánico: aparece cuando Irene entrelaza dos composiciones de Monk, Work y Friday the 13th, en un tema que bautizó Once again Thelonious. Hay diferentes maneras de aproximarse a Monk, ejecutarlo de modo intrincado y oscuro, o hacerlo de forma expansiva y luminosa. Schweizer elige este último camino y el resultado es una relectura original y estimulante de la música de Monk, a quien ella solía interpretar en sus conciertos en solitario o en dúos.
El trombonista y profesor de la Universidad de Columbia, George Lewis, describió a Irene como una “música afrodiaspórica” y como una artista pos-europea. No establecía fronteras entre las tradiciones del jazz, las inspiraciones sudafricanas, el free jazz y la improvisación influida por Europa. Le gustaba la célebre frase de Alexander von Schlippenbach: “todo jazz es free”, y caracterizaba su forma de tocar mediante el título de uno de sus álbumes en solitario, Many and One Direction, tomado de una pintura de la artista Sonja Sekula.
Pocas grabaciones permiten escuchar tan claramente la conexión de Irene Schweizer con el jazz norteamericano como este concierto. Recién regresada de su estancia de seis meses en Nueva York, ofreció el 21 de febrero de 1986 una actuación en solitario en el Volkshaus de Zúrich, un centro sindical con salas para reuniones y conciertos y un café, situado en su propio barrio, el Distrito 4.
El concierto constituye una declaración de amor a la cultura afroamericana, aunque el título también sugiere cierta distancia respecto a ella, pese a la profunda inmersión de la pianista en ese universo. Organizada por su amiga Lis Horak y el equipo de Fabrikjazz como fiesta de bienvenida de la comunidad zuriquesa tras su regreso, la velada llevaba el enigmático título IAX, abreviatura de la expresión dialectal suizo-alemana In America Xi (“he estado en América”).
Los conciertos en solitario de Irene Schweizer estuvieron siempre impulsados por un marcado sentido de la forma. En sus ocho álbumes para piano solo publicados por Intakt Records merece la pena prestar atención a la arquitectura global. Teje improvisación libre, motivos de sus pianistas favoritos, figuras propias e incluso canciones completas en un arco concertístico perfecto.
Como se recuerda en las liner notes del disco, el periodista y productor John Corbett la invitó a Chicago en febrero de 2000 y escribió que aquel recital fue una de las mejores actuaciones pianísticas que había escuchado jamás. Para explicar su arte, citó unas palabras de Duke Ellington: “La improvisación consiste realmente en tomar un recurso aquí y conectarlo con otro allá, cambiar el ritmo en un lugar y hacer una pausa en otro; cada frase debe estar precedida por algún pensamiento, de lo contrario carece de significado”.
Lo que Corbett escribió sobre el concierto de Chicago también se aplica a esta actuación de Zúrich: “Como decía Ellington, se trata de conectar los recursos, de encontrar la manera de que la música tenga sentido impregnándola de pensamiento. Cada frase que Irene tocó aquella noche parecía guiada por ese tipo de inteligencia, por ese espíritu conductor. Todo funcionaba conjuntamente. Técnicamente, ese es el significado de la palabra “concierto”: acuerdo en el diseño o en el plan. Fue uno de esos conciertos, y por momentos así damos gracias a nuestra buena estrella”.
Las grabaciones de este concierto en solitario en Zúrich, que permanecieron dormidas durante cuarenta años en los archivos, llenan un vacío en la discografía de Irene Schweizer. Tras sus dos primeros discos para piano solo, Wilde Señoritas (1977) y Hexensabbat (1978), publicados por FMP (reeditados en 2002 por Intakt como doble CD), tuvieron que pasar catorce años hasta la aparición de sus fundamentales grabaciones de la Alte Kirche de Boswil: Irène Schweizer Piano Solo Vol. 1 y Vol. 2 (1992).
El disco que lanza Intakt no llega solo. Como paso previo, otra discográfica, aquella que dirige el trombonista Samuel Blaser, puso en circulación un álbum en trío de Schweizer, junto al contrabajista George Mraz y al baterista Pierre Favre titulado Bird Food, grabado en Radio Studio Zurich a comienzos de 1968. Es un testimonio fundamental, que anticipa la evolución posterior de Irene y su entendimiento con Favre, con quien grabaría varios álbumes en dúo.
