El 25, 26 y 27 de junio, Vejer volvió a convertirse en una Torre de Babel musical con el viento a favor. Entre murallas abiertas al Atlántico y una programación que reunió a Marc Ribot, Marc Miralta, Ángel Carmona o The Allergies en un bello entorno alejado de las masificaciones, marcado por la historia multicultural de esta localidad de La Janda, Barbadillo Jazz Vejer es el festival donde te quedarías a vivir.
Vejer de la Frontera mira al océano desde su atalaya. Aunque no tiene puerto, allí atracan cada mes de junio desde hace diez años otro tipo de embarcaciones: músicos y aficionados llegados de distintos rincones del mundo para convertir el pueblo en una pequeña Babel del jazz. Lejos de la imagen de club de ambiente oscuro y humo de cigarrillo, se apuesta por la luz y el blanco de la comarca de La Janda, del verde de pinar y del turquesa de esta parte del Atlántico, en una de las citas más singulares del inicio del verano andaluz.
Detrás de Barbadillo Jazz Vejer están Nacho del Corral (marketing, comunicación y producción musical) y Paco Muñoz (baterista, programador y gestor cultural). Hace una década decidieron llenar un hueco cultural en su tierra y, desde entonces, han conseguido atraer a figuras del jazz internacional, el flamenco, el soul y el funk difíciles de llevar a un entorno rural de la costa gaditana, combinándolas con el talento local. «Estamos agotados, pero felices. Ha salido un festival casi perfecto», resume Nacho.
Y no es de extrañar, porque Paco, Nacho y Dani parecen tener el don de la ubicuidad: están en todas partes. Son un equipo pequeño dada la magnitud que ha alcanzado este festival. Dani Millán, jefe de producción, establece ese nexo de unión entre organización y todos los equipos implicados. El gran trabajo previo de planificación hace posible que, como en un estándar de jazz, todo encaje y se disfrute cuando llega la puesta en escena. Y es esa misma cercanía lo que lo hace único: el último día ya conoces a gente del pueblo, a buena parte del público y a todo el equipo técnico. Aquí el factor humano importa tanto como el cartel: desde producción y sonido —como Ángel, ya retirado de la industria, que vuelve cada año porque «esto es una familia»— hasta los responsables de seguridad o de hostelería. Jazz Vejer es una forma de vivir en modo festival, donde todo sopla hacia el disfrute, incluida la espléndida gastronomía de la zona. Cito a Borges, que lo describe mejor que yo: «La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder».
Este estado de felicidad comienza al atardecer del jueves 25 en la Muralla de la Segur, mientras el público disfruta de un vino fresquito en las barras de Barbadillo viendo cómo el sol se tiñe de naranja entre las almenas. Y qué mejor forma de abrir el festival que con nombre de mujer: el de María La Mónica, artista chiclanera. Desde sus inicios con el grupo Las Mónicas hasta sus colaboraciones con El Bicho o Antonio Lizana, entiende la música como una herramienta transformadora (imparte talleres de baile y percusión) y lleva esa mirada al escenario, donde reivindica la tradición, la memoria y lo humano frente a la tecnología en un repertorio que va desde la bulería al rap. Acompañada por el percusionista Adri Trujillo, Ismael Alcina al bajo y Robert Chacón al piano, presenta un proyecto que suena a tanguillos y cantiñas de Cádiz, a salinas, al vino de la tierra y a la gente de la Bahía, con sevillanas irónicas como Reciclarte, la rumba Pa no recogerse o Amisuri, una canción feminista inspirada en las vivencias de mujeres mayores cuyo título evoca el sonido del pescado al caer en la sartén con aceite caliente.
Mientras anochece, cada uno ha ido eligiendo su rincón favorito, las palmeras se mueven y la luna empieza a asomarse por detrás de la Iglesia del Divino Salvador, tapizada con el bonito cartel del festival diseñado por Andi Rivas.
Durante siglos, la Muralla de la Segur sirvió para vigilar el horizonte y proteger la villa. Hoy continúa mirando al Atlántico, aunque ya no espera barcos enemigos, sino músicos llegados de medio mundo. Y de tierras lejanas viene Banda Magda, un grupo multicultural que nos sube a su torre de Babel y nos sumerge en un embrujo difícil de explicar.
Fundada en Nueva York por la cantante, compositora y visionaria griega Magda Giannikou —la segunda presencia femenina de la noche—, Banda Magda convierte el escenario en un viaje sin fronteras. Su proyecto Four Seasons, cuyo repertorio varía en función de la estación, es una conexión íntima con el entorno y la belleza. Magda aparece como flotando con un vestido-capa blanco, aleteando con la brisa, descalza. Canta en francés Amour, t’es là?; en griego, en portugués. La percusión se alterna con el violín vertiginoso de Federico Nathan, que atrapa todo el viento y lo suelta por las cuerdas de la mandolina de Rafinha Barros y termina por el cajón de Murphy Aucamp y la cadencia popular del acordeón, mientras el público contiene el aliento. El tiempo parece detenerse cuando Magda se sienta al borde del escenario y pregunta: «¿Pueden ver la luna? Qué bonito». Pide al público que entone con ella Il cielo in una stanza, prolongando un hechizo suspendido entre las murallas y el cielo de Vejer. En este viaje también hay espacio para el legado del brasileño Luiz Gonzaga en un bis concedido por un público completamente entregado.
La luna ya domina el cielo, pero nadie parece tener prisa por marcharse. Se apagan los focos centrales y toman el relevo los vinilos de Sr. Lobezno DJ, quien nos sumerge en sonidos afro y de electrónica. La gente habla bajito, se siente cómplice por estar viviendo algo especial. Vemos a los integrantes de Banda Magda bailando entre el público, absortos en su propio lenguaje sin palabras, embriagados también por la sesión de cierre del primer día de festival.
El viernes 26 de junio amanece soleado, corre el viento entre las calles estrechas y disfrutamos de uno de esos desayunos por los que vivir merece la pena. Hoy hay más gente que ayer, muchos con llamativos colores y camisas de flores, se respiran las ganas de festival. El programa viene fuerte, pues a las actividades centrales se suman las paralelas; toca elegir a no ser que tengas el don de la ubicuidad, como Paco, Nacho o Dani.

Arranca a las 19:30 h el concierto de Kevin Hays y Jorge Rossy, al resguardo del calor de la tarde en el Teatro San Francisco, con un aforo reducido y una acústica cercana. Pasamos de la luz blanca del exterior a la cueva iluminada por el fuego del piano, la marimba y el vibráfono. Kevin Hays, pianista neoyorquino ganador de un Grammy, comparte escenario con el barcelonés Jorge Rossy, uno de los músicos españoles más influyentes de su generación y conocido del festival desde la primera edición. Con The Wait presentan una simbiosis entre el sonido limpio y en cascada del piano y la resonancia aérea del vibráfono y la marimba. Kevin Hays toca y canta All I Have, uno de sus temas más personales, donde demuestra un extraordinario control del tiempo sin perder el centro rítmico y con un fraseo elástico. Rossy explora el timbre del vibráfono y la calidez de la marimba, y convierte cada intervención en una prolongación natural del discurso del piano. Hays habla en inglés, bromea con Rossy, el público ríe cómplice y encaran el último tramo del concierto con un tema de la hermana de Jorge, Lost Ocean, que nos sumerge en olas de recuerdo y nostalgia.
Son casi las nueve de la noche, la hora perfecta para disfrutar del atardecer con vistas a la campiña de La Janda. Las casas blancas vejeriegas contrastan con el color rosa del cielo. Vejer y sus azoteas son parte del paisaje. Subimos al Mirador del Claustro para irnos de “Viaje musical a Brasil” con Ángel Carmona, que crea el ambiente perfecto para que bailemos, sonriamos y sintamos que estamos en el paraíso, acariciados por la brisa gaditana. Carmona, histórico locutor de Radio 3 y actual presentador de Mañana más en RNE, presenta en Vejer su DJ set donde enlaza bossa nova, jazz y sonidos afrobrasileños con su característico sentido del humor y energía expansiva. En una azotea, se ve a una madre y a su hijo bailando samba. En el momento justo de la puesta de sol, da un sorbo a la cerveza, se detiene y nos dice: «Dejadlo todo, escuchad Águas de Março y abrazad a quien tengáis al lado, aunque no lo conozcáis». Y se gira hacia el horizonte. Una mujer se le acerca y, obediente, le abraza. Aplaudimos. Somos felices. Y el sol se pone.
Y en marcha nos ponemos también nosotros hacia la Muralla de la Segur. Entre tanto viaje de ida y vuelta, todo parece aquí el eterno retorno, la unión, el reencuentro. Nos precede el sonido de la percusión vibrante de Bandolero, que recibe una gran ovación. En un recinto prácticamente lleno, nos recibe Marc Miralta y su New York Flamenco Reunion, el proyecto que hace veinticinco años revolucionó el diálogo entre el jazz y el flamenco.
Perico Sambeat, elegante en primera fila al saxo; Xavi Torres, impecable al piano; Pablo Martín Caminero, manteniendo el pulso desde el contrabajo; y Marc Miralta armonizando el conjunto sin dejar de sonreír. Los estándares de Charlie Parker y Thelonious Monk conviven con seguiriyas de Guillermo McGill y composiciones propias en un repertorio donde ambas tradiciones se funden con absoluta naturalidad.
Sobre la muralla, una luna en movimiento acompaña el concierto, entre luces malvas y pósters ondulantes de botellas de vino. «Gracias por la felicidad en el mundo; pasadlo bien aquí, mientras nos dejan», dice Miralta antes de agradecer a Marcos y Ángel el impecable trabajo de sonido. Hay una chica con enormes gafas y pendientes dorados que ocupa el mismo sitio que la noche anterior, en primera fila. Muchos otros llegan hoy por primera vez, pero todos comparten el respeto, la valoración de la cercanía con los músicos, el cuidado de todos los detalles y la diversidad de propuestas de calidad. Algo que comenta después Marta Mansilla, el alma máter de EME EME Project, el siguiente grupo de la noche, antes de la sesión de DJ de Ms. Purple.
EME EME Project le tenía ganas a Jazz Vejer y este año lo ha conseguido. «Sabes que hay una programación exquisita, un lugar familiar, un festival que cuida el trato a los músicos y permite disfrutar de la experiencia desde dentro, en contacto con el resto de artistas y con todo lo que sucede en esta maravillosa ciudad», dice Marta, compositora, letrista, líder y flautista de EME EME Project, que convirtió la Muralla de la Segur en una auténtica montaña rusa sonora con su estimulante creatividad y frescura. El quinteto viaja entre la introspección de Into the Deep, la intensidad de Mutatis Mutandis y la explosión final de Follow Your Heart. La flauta travesera se hila con la voz de resonancias góspel de At.One, mientras el piano de David Sancho marca los acordes de La leyenda del tiempo, un guiño inesperado entre el jazz contemporáneo y el universo de Camarón. Entre el público, Marc Miralta se toma algo disfrutando del concierto; Ángel Carmona busca en Internet al cantante, que le había dejado atónito, entre parejas abrazadas y amigos bailando al compás suave de la noche, que cierra con Mrs Purple DJ en una sesión que enlaza soul, funk y ritmos afros para nivelar y armonizar esta Babel musical del segundo día de festival.

Y llegamos al sábado 27. Hoy el jazz se expande por las calles, las plazas y los rincones de Vejer. No hay escapatoria posible. Ya vemos caras conocidas, nos saludamos; hay quien viene a bailar swing y quien ha convertido este festival en su quedada anual con amigos. Porque la música, al final, no es solo lo que sucede sobre un escenario: es la alegría compartida en una plaza de pueblo. La Plaza de España se llena de familias con Nacho & The Browns, la escuela de baile Chictuchic y Rebeldes del Swing, mientras el Elefart Swing Quartet prolonga el ambiente festivo en la Peña Flamenca. La sesión de sobremesa continúa en El Claustro con la elegancia atemporal de Lady & The Cats y sus adaptaciones únicas, que van más allá de un arreglo convencional, donde fusionan música, estética y energía. Igual que el DJ Esteban, quien nos hace navegar durante tres horas en el escenario natural del Mirador del Claustro desde las aguas del swing de Zaz hasta Gregory Porter, entre baile improvisado y terrazas repletas, demostrando que en Jazz Vejer la música también se vive lejos de los escenarios principales. Dice Esteban que si tuviera que resumir su paso por Jazz Vejer con una palabra, sería felicidad.

Cae la tarde.
A las 19:30 h hay una cita indispensable en el Teatro San Francisco con los ultrasónicos sonidos de Marc Ribot’s Ceramic Dog, que nos dejan con la boca abierta, el corazón bombeando fuerte (literalmente) y el público en pie, completamente exaltado. Marc Ribot, el guitarrista inclasificable que ha tocado con Tom Waits (nada más que añadir), llega con un trío que dinamita cualquier etiqueta: rock, free jazz, funk e improvisación conviven en una tensión permanente. Su guitarra alterna acordes abrasivos, disonancias y ráfagas de feedback con pasajes de una precisión quirúrgica, acompañada por el bajo de Shahzad Ismaily y la batería volcánica de Ches Smith en ejercicio acrobático y las baquetas moviéndose a la velocidad de la luz. Dicen que Ribot ha venido componiendo en el avión y, durante el concierto, presenta un tema al que bautiza en español como «Girasoles». También hay espacio para la voz quebrada de Ribot y para letras de fuerte carga social, como el estribillo de When the World’s on Fire: «I want to go to restaurants where people are not hungry», donde establece frases como hilo conductor que nos zarandean como los juncos de La Janda. El Teatro San Francisco se convierte en una descarga de electricidad, una experiencia de culto en la que casi olvidamos respirar. La gente sale a la calle como en trance. Y hambrienta, aunque no esté en un restaurante.

Y Vejer es fotogenia pura. Hay una figura que, como las Cobijadas (aunque no vaya de negro), es testigo silencioso de todo lo que pasa. Veo pulular a algunos de los fotógrafos (Javier, Álvaro) objetivo en mano, quienes también parecen gozar del mismo don que los organizadores: estar en todas partes y guardar con mirada introspectiva, como un detective gráfico, la intrahistoria del festival.
Picamos algo en el cosmopolita mercado gastronómico de la plaza (hay desde chicharrones de Chiclana hasta sashimi), y encaminamos los pasos de nuevo a la Muralla de la Segur para disfrutar de la cadencia melódica de los canadienses Busty and the Bass, banda que llega a Jazz Vejer como una maquinaria de groove perfectamente engrasada, construyendo riffs y creando tensión antes de los estribillos, tradición heredada del jazz-funk de los setenta: una especie de Backstreet Boys con base de jazz, sí, pero capaces de mezclar funk, soul, R&B, hip hop, metales y espíritu de jam universitaria con una energía irresistible. Pese a su juventud, han tocado con auténticas leyendas como Macy Gray, y su excelencia en la improvisación convierte el fraseo en la evidencia clara de su formación clásica jazzística, pero con un aire fresco que domina a la perfección sobre el escenario.
Y luego se nos meten en vena los británicos The Allergies, (que habían llenado la noche anterior la Sala Villanos, en Madrid) rezumando buen rollo y ritmazo funk hiphopero. Son estrellas en el Reino Unido, pero estaban sorprendidos por el éxito en nuestro país. El dúo británico de DJ Moneyshot y Rackabeat transforma el escenario en una pista de baile, acompañado por una potente banda en directo, donde sobresale el saxofonista James Morton, uno de los grandes nombres del funk británico contemporáneo, y la complicidad con las voces de Marietta Smith y el icono del rap Andy Cooper. James está lesionado y toca sentado en un taburete y, aunque es uno de los que más suelen moverse en el escenario, la energía es la misma, incluso más concentrada. Marietta se le acerca; Andy rapea, perfectamente sincronizados; llevan muchos años juntos y se nota. «Todos tenemos vidas estables», dice Marietta. «Somos amigos. Hablamos de filosofía, nos divertimos. Es nuestra primera vez en España; nos encanta Vejer». Y eso también se palpa. A ver en qué festival te puedes ir con James y Adam (Rackabeat) a ver el partido del Mundial la noche anterior, o tener a Marietta repartiendo el catering del backstage entre el público después de su concierto.
Así termina otra noche con luna, la última del festival, con el broche final a cargo del gaditano Calder on Hi-Fi en clave de vinilo que enlazó soul, funk y jazz en una despedida sin estridencias, marca personal de esta edición. En Barbadillo Jazz Vejer ponen el listón muy alto para el año que viene, pero, como dice Marta Mansilla, «Art is no numbers, followers, likes». Y Barbadillo Jazz Vejer es ese lugar al que siempre quieres volver.

