El saxofonista, una leyenda del jazz moderno, se presentó en el festival de jazz madrileño junto a una formación que incluyó al notable pianista Jason Moran. El grupo ofreció una lección de cruce intergeneracional, que condensa estilos para lograr un sonido de inconfundible belleza lírica.
Texto y foto: Eduardo de Simone
Charles Lloyd se sienta junto al piano, de espaldas a su ejecutor, Jason Moran. No toma un descanso, se dispone a escuchar. Moran se zambulle en una introducción del tema La Llorona, que invita a lágrimas de gozo. Lloyd asiente, exclama y festeja cada giro del solo, convencido de que Moran es un filoso cortesano del buen gusto. Luego será su turno, dueño del saxo tenor como un encantador de serpientes. El público escucha hechizado, casi implorando que ese bis no tenga final y que la conmoción se haga eterna. Es noche de domingo en Madrid y afuera hace frío, ¿para qué salir?
El festival de jazz de Madrid -en colaboración con Villanos del Jazz- tuvo su plato fuerte con la reciente presentación de Charles Lloyd, 87 años, una de las leyendas del saxo en actividad -junto a Archie Shepp- veneradas por todo aficionado. En esta ocasión irrumpió en el Centro Cultural Fernán Gómez junto a un cuarteto de una apabullante solidez, que además de Moran al piano alistó a Larry Grenadier en contrabajo y a Kewku Sumbry en batería.
El concierto certificó que en Lloyd se concentran todos los estilos que moldearon el jazz desde su etapa moderna. Como en una suerte de Aleph borgeano, su música condensa desde Bartok hasta el blues, con ecos de Coltrane, Ellington y de una indisimulable búsqueda espiritual.

Con Ellington tuvo un respeto reverencial. Coincidió con su orquesta en Antibes a mediados de los 60, Lloyd llevaba su célebre cuarteto con Keith Jarrett y Jack DeJohnette y Duke lo bendijo de inmediato. “Si este chico sigue agitando estas cosas, algún día realmente tendrá algo”, sentenció el gran maestro. Lloyd nunca lo olvidó.
Esa remembranza resucita ahora, cuando el saxofonista acaba de editar un notable disco en el sello Blue Note inspirado en Ellington. Se titula Figure in Blue y eligió un formato trío para esta ocasión, con su coequiper Moran en piano y Marvin Sewell en guitarra. Pero esta suerte de homenaje no consiste en una reversión de sus clásicos, con excepción del no tan difundido Black Butterfly, sino en originales que retratan el universo conceptual de Duke.
Algo de eso sobrevoló en el concierto de Madrid, aunque con la modalidad de cuarteto, donde Lloyd hizo gala de su lirismo conmovedor y de su afiatada interacción con Moran, que camina desde el acompañamiento juguetón del pianista al liderazgo del saxo hasta un proceso de rambling en que ambos improvisan sin tiempos o giros abruptos, sostenidos por la base creativa de Grenadier y Sumbry.
El presente de Lloyd fue tomando forma tras el comentado retiro de una década que el saxofonista protagonizó luego de llenar estadios con el mencionado cuarteto junto a Jarrett, que giraba al lado de las más celebradas bandas de rock de la época. Lloyd volvió de ese retiro con un mensaje plagado de espiritualidad, sus experiencias pasadas habían madurado y lo que tenía por delante era un lenguaje innovador. A primera vista podía parecer poco original, acaso porque eludía las estridencias, pero de inmediato la escucha atenta clarificaba todo: era algo diferente, ideas con un tiempo etéreo, como aforismos de belleza lírica que inevitablemente encienden un efecto hipnótico.
Esa luz se percibe en buena parte de su producción para ECM, como los discos Rabo de Nube o La Llamada. Luego fue ensayando otros formatos, tríos y dúos, con músicos diversos, entre ellos los guitarristas Bill Frisell y Julian Lage.
En el concierto de Madrid figuraba un atractivo adicional a Lloyd, era el mencionado Jason Moran, una estrella en sí mismo y probablemente uno de los grandes pianistas de la escena actual. Su estilo es una variación de la modernidad, toma elementos de Jaki Byard o Andrew Hill y los ensambla con su ADN de blues y un particular e innegociable sentido del ritmo, que comprende patrones fragmentados, estructuras abiertas y un relato contagioso. Sus solos, generosamente habilitados por Lloyd, expusieron ese fulgor imaginativo, que no necesita apelar a innecesarios virtuosismos sino que se fundamenta en una narración de enorme consistencia. Sus discos como líder corroboran esta aptitud, así como otros proyectos notables, entre ellos un álbum en dúo con Archie Shepp, Let My People Go.
La relación de Lloyd y Moran tiene ya más de 20 años, desde que el saxofonista lo encontró cuando buscaba a alguien que lo acompañara en la renovación del lenguaje jazzístico. El disco en dúo Hagar’s Song, editado por ECM en 2013, es un reflejo de la colaboración entre ambas generaciones, separadas por 40 años.
Este entendimiento resultó ser el corazón del concierto madrileño del cuarteto, que fue parte de una extensa gira europea. Lloyd está lejos de acomodarse entre laureles. “No puedo parar, sigo intentando cantar una canción que pueda elevarse hasta los cielos y estoy más cerca ahora”, reflexiona el artista, que ya tiene asegurado un lugar de privilegio en el altar de los grandes del jazz.