Immanuel Wilkins clausura la 49.ª edición del Festival de Jazz de Getxo, marcada por Lambertiana de Borja Barrueta y la confirmación de Lurium como ganadora del concurso de bandas
La jornada de clausura del 49.º Festival Internacional de Jazz de Getxo, celebrada el 5 de julio, ofreció un recorrido por tres formas muy distintas de entender el jazz contemporáneo. Desde la construcción abierta, colectiva y en permanente transformación del proyecto Lambertiana de Borja Barrueta, pasando por la reaparición de Lurium como ganadores del Concurso de Grupos, hasta el cierre protagonizado por el saxofonista estadounidense Immanuel Wilkins, la última noche del festival dejó una combinación de riesgo, solidez y búsqueda artística que resumió bien algunas de las líneas de fuerza de esta edición.
La tarde comenzó, como siempre, a las 19:00 horas en la plaza de Algorta con la actuación de Borja Barrueta, que jugaba como local, y su proyecto Lambertiana, una de las propuestas más estimulantes y abiertas de la jornada. El baterista reunió para esta aventura a varios de sus colaboradores más audaces e innovadores: David Sancho a los teclados, Martín Leiton al bajo, Pablo Martín Jones en la electrónica y Vincent Huma a la guitarra. Juntos dieron forma a una música concebida desde la experimentación, la improvisación y la sinergia colectiva, una propuesta que no se limita a ejecutar un repertorio, sino que parece construirse en el instante, delante del público, en una ebullición constante.

El cierre del concierto tuvo además un componente especialmente emotivo, cuando Barrueta invitó al escenario al percusionista danés Martin Andersen, para sumarse a la improvisación final. El gesto, acompañado por una sonrisa compartida y un evidente clima de complicidad, fue recibido con entusiasmo por un público que conectó de lleno con la energía del grupo y llegó a pedir un bis, aunque todo apuntaba a que el horario ya apretaba. Fue un final cálido, espontáneo y muy revelador de la capacidad de Lambertiana para convertir la experimentación en una experiencia compartida.
Ya por la noche, a las 21:00 horas en Muxikebarri, la clausura continuó con la entrega de premios del Concurso de Grupos y con la actuación de Lurium, la formación francesa ganadora del certamen. El grupo recibió el primer premio, mientras que Cristopher Pérez Quartet obtuvo el segundo galardón y Levi Harvey, pianista de Lurium, fue distinguido como mejor solista. La nueva comparecencia de la banda francesa sirvió para confirmar las sensaciones dejadas en su actuación del día anterior dentro del concurso. Formado por Victor Maisonneuve (saxo alto), Oscar Viret (trompeta), Loan Buathier (guitarra), Cyril Drapé (contrabajo), Tamino Edener (batería) y Levi Harvey (piano), el sexteto volvió a demostrar una cohesión y una madurez poco frecuentes en una formación todavía emergente.
Su repertorio estuvo compuesto por una secuencia de temas que volvió a poner de manifiesto la personalidad de una banda que se mueve con solvencia en el territorio del jazz contemporáneo europeo. Lurium propone una música de composiciones originales como Archibald , The Unexpected , Night Choral o Naï, atenta tanto al detalle tímbrico como a la construcción de atmósferas, en la que los ritmos orgánicos, las armonías cuidadosamente trabajadas y una fuerte conciencia narrativa conviven en equilibrio. Más allá del brillo individual de Levi Harvey, de nuevo muy convincente al piano, lo que volvió a destacar fue la identidad colectiva del sexteto: la escucha mutua, la administración de las tensiones, el cuidado del sonido y las dinámicas y la sensación de estar ante un grupo que ya toca con una madurez poco común. Su victoria en el concurso quedó plenamente refrendada por esta segunda actuación, no como un simple gesto protocolario tras el premio, sino como una auténtica confirmación artística. Aquí podéis ver la entrega de premios y la actuación de la banda ganadora en vivo
El cierre del festival quedó en manos de Immanuel Wilkins, una de las figuras más singulares del saxo alto en la escena estadounidense reciente. Su presencia en Getxo era uno de los grandes atractivos de la edición, tanto por el prestigio adquirido con sus trabajos para Blue Note como por la personalidad de una propuesta que combina lirismo, densidad espiritual, exploración formal y un profundo diálogo con la tradición del jazz afroamericano.
La introducción marcó desde el principio el tono del concierto. Fue un arranque construido desde la experimentación con sonidos electrónicos, una suerte de apertura abstracta en la que el saxo y el contrabajo expusieron materiales de manera deconstruida, poco habitual, dejando que las texturas, los ruidos, las resonancias y los vacíos se impusieran sobre cualquier sensación de melodía o pulso estable. Wilkins no venía a ofrecer un concierto complaciente ni un repaso académico a sus composiciones, sino a explorar el espacio entre la escritura y la descomposición del sonido, entre la forma y la fractura.
A partir de ahí, el concierto transitó por momentos de muy distinta temperatura. En “Warriors” y “Waiting Pt. 1” aparecieron algunos de los rasgos más reconocibles del saxofonista: los fraseos largos, de gran tensión interna, la búsqueda de una expresividad casi espiritual y una base rítmica capaz de sostener velocidades altas con notable solidez. En “Ferguson” lanzada en su álbum debut, Omega (2020), uno de los títulos más cargados de resonancia política y emocional de su repertorio, debido al homenaje cargado de ancestralidad a Michael Brown y que explora el trauma generacional provocado por los asesinatos de jóvenes negros en Estados Unidos, Wilkins encontró algunos de los pasajes más intensos de la noche, con un saxo más incisivo y un discurso de mayor urgencia expresiva. “Tabernacle” permitió abrir un clima más ambiguo y sombrío, apoyado en una atmósfera de misterio, mientras que “Dark Eyes Smile” dejó algunos momentos de lirismo y contención antes de desembocar en “Put 100 on the Blue Chain”.

Hubo secciones que se hicieron especialmente densas, momentos en los que la música parecía perder capacidad de avance y quedaba atrapada en una textura demasiado opaca o en una insistencia expresiva que no terminaba de encontrar recompensa dramática. La actuación dejó la impresión de una propuesta por momentos irregular, más poderosa en sus intenciones conceptuales que en su desarrollo efectivo, y con un grado de exigencia para el oyente que no siempre se vio compensado por la intensidad del resultado. A ratos, el discurso pareció estancarse en una severidad algo monocorde, sin que el grupo lograra convertir toda esa carga conceptual y sonora en una experiencia plenamente absorbente.
También se echó en falta una mayor aportación del resto de la banda en algunos tramos del concierto. Hubo instantes en los que Wilkins sostuvo casi en solitario el peso expresivo de la propuesta, mientras el conjunto se movía en una zona más funcional que verdaderamente expansiva. Eso no impidió que aparecieran destellos de gran categoría, sobre todo en el fraseo del propio saxofonista y en la solidez de la base rítmica en determinados momentos, pero sí contribuyó a que el concierto resultara desigual, con picos de intensidad muy claros y otros pasajes más espesos.
Con todo, la actuación de Immanuel Wilkins dejó algo que conviene subrayar: el valor artístico de una propuesta que no renuncia al riesgo. En un contexto en el que a menudo se premia la inmediatez o la espectacularidad, Wilkins apostó por una música exigente, a veces áspera, incluso incómoda, pero siempre guiada por una voluntad expresiva y genuina.