El Festival de Jazz de Vitoria se despide entre el vértigo de Isaiah Collier, la elegancia de The Bad Plus y la explosión de Snarky Puppy

El Festival de Jazz de Vitoria a las puertas de su cincuenta aniversario, ha vuelto a demostrar que su mayor virtud reside en la capacidad para reunir generaciones, lenguajes y maneras muy distintas de entender el jazz sin perder su identidad.

Texto: Pedro Andrade

@pedroandracifu

Fotos: Alex Sanz

@a_kind_of_light

Sábado 18 de julio.

Esta edición ha transitado con naturalidad desde la espiritualidad más libre hasta el rock progresivo, pasando por el jazz contemporáneo, la improvisación, la fusión o el pop de vanguardia. El festival ha vuelto a plantear un recorrido por las múltiples formas que adopta hoy una música en permanente transformación. El sábado, última jornada del festival, resumió perfectamente esta filosofía con la energía desbordante de Isaiah Collier, la inteligencia compositiva de The Bad Plus y la exuberancia estilística de Snarky Puppy que ofrecieron tres maneras radicalmente distintas de entender un mismo lenguaje.

Isaiah Collier no entiende de medias tintas. Ya lo adelanto. Con apenas una treintena de años, el saxofonista, compositor y líder de The Chosen Few se ha convertido en una de las voces más contundentes de la nueva generación del jazz de Chicago. Su música bebe directamente del legado espiritual de John Coltrane, Pharoah Sanders y la Association for the Advancement of Creative Musicians (AACM). El concierto, celebrado en el Palacio Europa, tenía como propósito celebrar el centenario del nacimiento de John Coltrane. Todo el repertorio orbitó alrededor de su figura, no como un ejercicio de recreación histórica, sino como una afirmación de continuidad desde la mirada contemporánea y exuberante de Collier.

La apertura con «My Favorite Things», inmortalizada por Coltrane en el álbum homónimo de 1961, marcó el tono de toda la actuación. Durante el concierto predominó una apuesta decidida por la intensidad antes que por el matiz. Las percusiones, que incluso incorporaron golpes sobre una pequeña mesa con distintos objetos, reforzaban una sensación física casi abrumadora.

El medley formado por «Central Park West» (Coltrane’s Sound), «But Not for Me» (My Favorite Things) y «Giant Steps» sirvió para comprobar el extraordinario dominio técnico del saxofonista. Frases interminables, velocidad, riesgo constante y una tensión casi permanente definieron una propuesta que parecía negarse a conceder cualquier espacio al reposo.

Collier abandonó en varias ocasiones el saxo para sumarse a la percusión e introducir un silbato como recurso expresivo. Personalmente, fue el aspecto menos convincente del concierto. Más que enriquecer el discurso, aquellas intervenciones rompían el equilibrio musical y, en algunos momentos, interrumpían el desarrollo de ideas que merecían mayor recorrido.

Especialmente notable resultó el trabajo del pianista Davis Whitfield, probablemente el músico más inspirado del grupo. Su imaginación armónica y su capacidad para abrir espacios dentro de un discurso tan denso fueron sobresalientes. Precisamente por eso quedó la sensación de que algunos de sus mejores momentos terminaban demasiado pronto, interrumpidos por las entradas del líder con su silbato y percusiones varias.

Con «Lonnie’s Lament» (Crescent), «Naima» (Giant Steps) y «Olé» (Olé Coltrane), el homenaje alcanzó su tramo final. El excelente batería Tim Regis desplegó una técnica formidable y una enorme variedad tímbrica, aunque también contribuyó a esa permanente sensación de estruendo que caracterizó buena parte del concierto.

La propuesta de Isaiah Collier posee una convicción difícil de discutir y una fuerza verdaderamente arrolladora. Sin embargo, precisamente esa búsqueda constante del clímax, a mi parecer, acaba jugando en ocasiones en su contra. La música pedía más silencios, más aire y mayor contraste. Incluso la energía necesita respirar para comunicar plenamente.

Ya en Mendizorrotza, la Band Brass anunció musicalmente el cierre del festival mientras el público llenaba las gradas con una magnífica asistencia. Era el escenario perfecto para despedir también a una de las formaciones fundamentales del jazz contemporáneo.

The Bad Plus afrontaba su último concierto en España antes de poner fin a veintiséis años de trayectoria. Reid Anderson agradeció emocionado el apoyo recibido durante todo ese tiempo y resumió la sensación compartida por el público con una frase sencilla: “Gracias por acompañarnos en esta aventura”.

Junto a Anderson y Dave King, auténticos custodios del ADN del grupo, Ben Monder y Chris Speed ampliaron el universo sonoro de la banda sin alterar su personalidad.

Desde «Casa Ben», perteneciente a Complex Emotions (2024), quedó clara la filosofía del concierto. Chris Speed construía atmósferas desde la contención mientras Reid Anderson otorgaba profundidad con pocas notas, siempre precisas. Sobre ese entramado, la guitarra de Ben Monder actuaba como un inmenso espacio armónico donde todo encontraba equilibrio.

En «Carrier» volvió a imponerse esa admirable capacidad del grupo para dejar respirar la música. Nada parecía precipitado; cada gesto encontraba su lugar dentro de una arquitectura sonora tan compleja como natural.

Con «Sun Wall» (The Bad Plus, 2022) llegó uno de los momentos más intensos de la noche. Dave King sostuvo durante minutos un patrón rítmico repetitivo, casi como un mantra, mientras Chris Speed terminaba desembocando en un explosivo final free.

La cima emocional apareció con «Giant», incluido en de Prog (2007). Reid Anderson inició la pieza completamente solo, construyendo un paisaje delicadísimo a partir de un sencillo riff. Poco a poco fueron incorporándose el resto de músicos. Dave King, apenas perceptible con las escobillas, demostraba que la intensidad también puede construirse desde el susurro.

El homenaje a Ornette Coleman con «Law Years» mostró la cara más volcánica del grupo. King desplegó toda su imaginación rítmica mientras el cuarteto transitaba con absoluta naturalidad entre el jazz, el free y el rock progresivo.

«Anthem for the Earnest», pieza importante de Suspicious Activity? (2005), volvió a demostrar la extraordinaria capacidad del grupo para combinar melodías casi pop con armonías sofisticadas y constantes cambios de dirección. El solo de Ben Monder fue uno de los grandes momentos del concierto.

Tras «You Are», del álbum Never Stop (2010), y «Grid/Ocean», nuevamente de Complex Emotions, llegó un bis emocionante con «The Dandy».

Este concierto fue la demostración, una vez más, de que la grandeza de The Bad Plus siempre ha residido en la inteligencia colectiva. Su despedida dejó la sensación de asistir al final de una de las aventuras musicales más estimulantes y singulares del jazz de las últimas décadas.

Cerrar un festival después de The Bad Plus no parecía tarea sencilla, pero Snarky Puppy demostró por qué sigue siendo una de las formaciones más populares del jazz contemporáneo. El colectivo liderado por Michael League presentó íntegramente Somni (2025), alterando únicamente el orden de las composiciones y ofreciendo un concierto de gran solidez y expansión sonora.

La banda se aleja de cualquier ortodoxia concreta. Folk, funk, rock progresivo, psicodelia, jazz eléctrico, gospel e incluso ecos del krautrock fueron apareciendo con absoluta naturalidad dentro de una propuesta construida como una sucesión continua de paisajes sonoros.

Michael League tuvo un elegante gesto al reconocer públicamente la influencia de The Bad Plus sobre buena parte de las bandas actuales de jazz, “son nuestros héroes y es un honor compartir escenario con ellos” aclaró, antes de explicar que aquella noche interpretarían Somni al completo “espero que no haya problema para ustedes” dijo, a modo de excusa.

La calidad instrumental del grupo resulta incuestionable. La sección de metales funcionó con precisión casi orquestal, mientras los teclados de Bill Laurence y Bobby Sparks aportaban gran parte de la riqueza armónica del conjunto. El violín de Zach Brock y la guitarra de Bob Lanzetti protagonizaron algunos de los momentos más brillantes de la noche, bien respaldados por la contundencia de Jamison Ross a la batería.

Sin embargo, más allá del virtuosismo individual, lo verdaderamente interesante fue la manera en que Snarky Puppy recicla y combina lenguajes musicales muy diversos sin preocuparse por las etiquetas. No inventan necesariamente nuevos estilos, pero los reorganizan con inteligencia y enorme eficacia comunicativa. Cada tema parece abrir una puerta distinta, transitando con naturalidad entre referencias reconocibles y una identidad perfectamente consolidada.

El concierto, sostenido además por una acústica impecable, avanzó con una energía contagiosa hasta desembocar en un magnífico bis con «Sleeper», única composición ajena a Somni, que sirvió como cierre brillante para una actuación tan efectiva como estimulante.

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