Montijazz ha vuelto a demostrar que un festival de jazz no necesita grandes aforos para construir una identidad propia. En Montilla, el vino, las bodegas y la música conviven en un formato reducido que apuesta por la cercanía, la escucha y la experiencia. Hablamos con Antonio Luque, director del festival, sobre los orígenes de una propuesta que nació para evitar la desaparición de una cita municipal y que, casi una década después, ha encontrado en sus 300 espectadores su principal seña de identidad.
Cuando esta entrevista se realizó, Montijazz estaba a las puertas de una nueva edición. Hoy, con el festival ya celebrado, algunas de las cuestiones que planteaba Antonio Luque adquieren una perspectiva distinta. Porque hablar de Montijazz no es únicamente hablar de una programación concreta, sino de una manera determinada de entender un festival de jazz: sin grandes cifras, sin vocación de masificación y con una relación especialmente estrecha entre música, territorio y patrimonio.
La historia de Montijazz comienza mucho antes de que el festival encontrara su actual formato. Desde el año 2000 existía en Montilla una cita organizada por el Ayuntamiento que, con el paso del tiempo, fue perdiendo público y capacidad de convocatoria. En 2016, un grupo de aficionados que acudía habitualmente al festival decidió que había que intervenir antes de que desapareciera. Un año después llegó el cambio fundamental: sacar la música del teatro y llevarla a las bodegas de Montilla. En 2020, aquel grupo se constituyó formalmente como asociación y consolidó un proyecto que hoy mantiene una característica poco habitual en el panorama festivalero: un aforo máximo de 300 personas.
La cifra no es una limitación que Montijazz aspire necesariamente a superar, sino parte de una filosofía. Luque insiste durante la conversación en una idea que resume buena parte del proyecto: «No queremos ser un festival grande, nosotros lo queremos ser un gran festival». La diferencia puede parecer una cuestión semántica, pero en este caso define buena parte de sus decisiones. La proximidad entre músicos y público, los tiempos entre conciertos, la posibilidad de conversar, comer, visitar una bodega o simplemente disfrutar del entorno forman parte de una experiencia que pretende ir más allá del concierto.
También explica su apuesta casi exclusiva por músicos nacionales. En un momento en el que muchos festivales construyen buena parte de su atractivo alrededor de nombres internacionales, Montijazz plantea otra posibilidad: aprovechar el extraordinario nivel de los proyectos que existen en España y, al mismo tiempo, recuperar una dimensión de descubrimiento y acompañamiento de artistas que no siempre ocupan los grandes escenarios. Por Montilla han pasado músicos como Alba Careta o Antonio Lizana en momentos todavía tempranos de sus trayectorias, y el festival mantiene esa voluntad de apostar por proyectos que le interesan independientemente de su tamaño.
La edición de este año ha contado, además, con una figura especialmente vinculada a la historia del jazz español. Jorge Pardo recibió el premio «Amontillado», un reconocimiento que Montijazz reserva para ocasiones especiales y que anteriormente solo había recaído en Chano Domínguez. En lugar de una placa, el festival entrega un barril de vino amontillado: una imagen que condensa bastante bien la personalidad de una cita en la que la música nunca aparece desligada del lugar que la acoge.
Con la última edición ya en el recuerdo, esta conversación sirve también para detenerse en una cuestión que atraviesa buena parte del festival: qué significa crecer. Con las entradas agotándose con antelación y el límite de 300 espectadores convertido en una realidad cada vez más evidente, Montijazz se enfrenta a una disyuntiva que muchos proyectos culturales conocen bien: aumentar capacidad e ingresos o proteger aquello que precisamente los ha hecho reconocibles. Antonio Luque habla de ello sin demasiadas vueltas y reivindica una idea cada vez menos frecuente: que un festival también puede medir su éxito en la experiencia de quienes estuvieron allí.
Estamos ante un festival muy especial. ¿De dónde surge la idea de juntar enología y jazz?
En Montilla hay un festival que se viene haciendo desde el año 2000 por el ayuntamiento. Hacia el 2016 vimos que iba cayendo muchísimo: iba cayendo en público, iba cayendo en proyectos musicales, etc. Era un poco decadente. El verano de aquel año 2016 fue cuando un grupo de amigos, que íbamos todos los años al festival, decidimos que había que darle un cambio. O le dábamos un cambio o iba a morir.
Decidimos un cambio importante, llevárnoslo desde un teatro a las bodegas de Montilla, que creíamos y creemos que es el elemento diferenciador. Y ahí es cuando nos constituimos como asociación en el año 2020. La idea era vender una experiencia distinta y ofrecer el máximo nivel musical, siempre dentro de nuestras posibilidades, claro.
Para que te hagas una idea, la historia es que tú entras y lo primero que te reciben es que te ponen una copa de vino en la mano. A partir de ahí ya se está construyendo una experiencia totalmente distinta, de olores, de sabores, de colores, etc. En 2017 fue que nos aventuramos a hacer esto de la mano del Ayuntamiento, pero lo hacemos con una idea clara, porque huimos totalmente de la masificación. Nosotros no queremos ser un festival grande, nosotros lo queremos ser un gran festival con un aforo máximo de 300 personas que, bueno, los últimos dos años estamos consiguiendo cubrirlo con un aforo completo una o dos semanas antes de que empiece el festival.
Nosotros queremos que sea un festival en el que la gente salga de aquí contenta de lo que ha visto.
Igual 300 personas no son pocas…
Bueno, aquí hay gente que nos dice: oye, teníamos que crecer y tal. Bueno, nosotros que somos lo de la asociación, somos gente que rulamos muchísimo por festivales y es verdad que 300 personas hoy en día no están mal. Es muy complicado.
También cumplís una función didáctica; al final, este tipo de propuestas son enriquecedoras a muchos niveles.
La gente de la asociación lleva muchos años metida en el mundo de la música, en el mundo del jazz. Y, bueno, sabíamos que teníamos una función didáctica. Desgraciadamente, hoy en día el mercado de la música va por otra línea totalmente distinta, entonces nosotros apostamos por una función un poco que fuera, como te lo digo, como reivindicar un poco las propuestas más cercanas. Los grandes festivales están bien, pero no es lo que buscamos.
Nosotros queríamos una cosa en la que el músico estuviera a 15 metros del último espectador, donde hubiera espacios para el diálogo entre los asistentes y los músicos. Entonces, sabíamos que teníamos el gran valor de que un porcentaje de gente iba a venir por el atractivo de la bodega, del vino y tal, más allá de la música, pero al final se sumergían en ambas cosas. El trabajo en estos diez años ha sido justamente eso, unir esos dos componentes y que la gente venga a escuchar música, eso no lo vamos a perder jamás del punto de vista, pero que venga a escuchar música de una manera distinta.
Evidentemente, al inicio del 2017, pues la gente vendría seguramente,mayoritariamente, con el reclamo de la bodega, pero hoy en día hay mucha gente que llega por los artistas, por la experiencia completa, como te digo.
Claro, al final es como tener una marca, la gente lo conoce y confía en lo que hacéis.
Efectivamente, esta es la primera bodega, la más antigua de Andalucía, la segunda más antigua de España. Entiendo que hay mucha gente que puede venir a eso, a escuchar, a ver el sitio y demás, pero yo quiero pensar, y lo que sondeamos con la gente desde hace años, es que la gente viene ya a escuchar música con una copa de vino en la mano.
¿Qué tipo de público es el que va a este festival?
Bueno, es verdad que es un público de una mediana edad, entre 35 y 60 años, más o menos. En los últimos años hemos visto también que empieza a haber un poquito de repunte, muy leve, pero un repunte de gente un poquito más joven. Estamos hablando de gente de 28, 30, en torno a esa edad, que empieza a venir. Pero bueno, no somos ninguna excepción a los festivales de jazz.
Es una propuesta en la que tú llegas el viernes, haces tu check-in, dejas tu maleta en el hotel, después del hotel te duermes una pequeña siesta y te vas a un concierto, sales, cenas, te levantas el sábado por la mañana, visitas una bodega, etc. Nosotros lo que intentamos vender es esa experiencia, que la gente disfrute del jazz y que la gente disfrute de otra historia, del mundo del vino, de la enología, de la naturaleza.

Bueno, me voy a ir al 2017, cuando empezamos. Como nosotros siempre queríamos darle al festival un concepto no turístico, la única manera de que la gente tuviera un momento para reflexionar sobre el vino que estaba probando era hacer dos conciertos, que tuviera 20, 30, 40 minutos entre un concierto y otro para compartir con el que tienes al lado si te ha gustado, si no te ha gustado, etc.
Entonces empezamos a ver que queríamos tener dos conciertos al día. Lo fácil hubiera sido hacer un concierto al día y te quitas de movida organizativa. Entonces, ¿por qué hacernos a nivel nacional? Nosotros evidentemente somos un festival pequeño, nos encantaría traer muchos otros proyectos, pero ojo, que no se nos olvide que en España el nivel musical que hay es brutal.
No hay que mirar a Francia, ni hay que mirar a Alemania, ni hay que mirar a Suiza. Miramos presupuestos, miramos los proyectos que nos gustan y a partir de ahí vemos cuáles son nuestras posibilidades. Realmente, nosotros no tendríamos que salirnos de Andalucía para encontrar proyectos de música. Pero bueno, al final vas escuchando a gente y viendo la oferta de ese momento. Nosotros desde el primer momento tenemos claro qué es lo que queremos traer y luego evidentemente en función de nuestras posibilidades podemos o no podemos,
Hacía ya tiempo que queríamos traer a Jorge Pardo, cinco años, y este por fin lo hemos conseguido. También le vamos a dar un premio que, hasta ahora, solo dimos una vez a Chano Domínguez. Es algo que hacemos con gente especial, no lo entregamos todos los años. Es algo especial, porque para nosotros es la persona que ha hecho la banda sonora de nuestras vidas.
Y lo que te comentaba es que, claro, no hace falta traer a artistas internacionales, porque además ya hay muchos festivales que copan esos circuitos y también las propuestas únicamente de artistas nacionales quizás son las que más escasean a día de hoy, paradójicamente.
Antes leí que el festival es, dentro del propio Ayuntamiento de Montilla, una de las propuestas de más relevancia dentro del municipio, lo cual sorprende porque los municipios suelen tener propuestas de todo tipo y que una de estas sea de jazz es sorprendente.
Yo diferencio entre cultura y entretenimiento, y para mí esto es cultura. Nosotros fuimos al ayuntamiento con esta propuesta y lo entendieron. Es algo poco habitual, pero desde el 2017 lo abrazaron y hasta ahora no ha habido ninguna falla ni ruptura, siguen apostando por nosotros. Nosotros estamos ahora mismo más o menos 50-50 entre patrocinios privados y públicos, lo cual para mí es algo muy importante.
Pero por eso, justamente, en un mundillo en el que hay muchos espectáculos grandes, cifras, espectadores y tal y cual, cabe preguntarse: ¿quién ha disfrutado verdaderamente esto? Nosotros hacemos un festival muy pequeño, es muy controlable. Cuando termina cada edición, hablamos con la gente y la sensación general es muy positiva. Muchas personas ni siquiera son aficionadas al jazz en particular, pero lo descubren o redescubren con nosotros.
Hasta ahora estábamos hablando de las cosas buenas, más fáciles o más visibles del festival, pero sabemos que cualquier evento, más grande o más pequeño, siempre pasa por algún tipo de dificultad, siempre hay algo detrás contra lo que hay que luchar. ¿Qué dificultades encuentras tú a la hora de programar o de hacer esto?
Yo te digo la verdad, para nosotros ha sido, entre comillas, relativamente fácil.
Lo más complejo para nosotros ha sido convencer a las entidades privadas que nos patrocinan y demás de que esto es una cosa verdaderamente interesante. Entonces, es verdad que los primeros años fueron muy complejos, porque cuando tú le llegas a alguien y le dices: “oye, estamos pensando en montar un festival de jazz”, da la sensación de que somos cuatro hippies que vienen aquí a juntarse con su historia. Bueno, pues cuando al final la cosa empieza a evolucionar y ves que la cosa va mejorando, es cuando la gente te dice: “Pensaba que esto era otra historia”.
Entonces, para nosotros ha sido relativamente fácil, evidentemente, como todo lo que tienes que organizar, hay cosas, pero no hemos tenido mucha dificultad en el sentido de público u otras cosas. Cuando algo no funciona, lo cambiamos y lo trabajamos con tiempo.
Entiendo de que eso es porque creéis en la propuesta, por qué cambiar si funciona, ¿no?
Totalmente, si no lo haces así, es mejor no hacerlo. Creemos en lo que ofrecemos, en el proyecto y en nosotros. Esta misma filosofía la aplicamos con toda la gente que trabaja con nosotros, con los músicos y los patrocinadores, siempre hemos sido muy claros.
¿Cuál es la relación entre Bodegas Alvear y el festival?
Esta relación empieza en el 2017, cuando comenzamos este formato de festival, aunque ya teníamos contacto un par de años antes. Comenzamos con la idea de que la cuestión del jazz fuese rotando por diferentes bodegas, pero finalmente decidimos que fuera una apuesta conjunta con Bodegas Alvear, tanto por cuestiones logísticas y organizativas como por la buena conexión que hubo. Ellos entendieron bien el concepto de cultura que queríamos, de pequeño formato, de calidad, y fue muy fácil todo.
¿No hay perspectiva de crecimiento o de buscar nuevas fórmulas?
Esa es la pregunta del millón. Es verdad que es lo que estamos pensando desde el año pasado. Prácticamente todo el aforo está vendido ya, entonces, es verdad que le damos vueltas a esta cuestión. Afortunadamente, nosotros somos una organización sin ánimo de lucro, nosotros no ganamos dinero con esto, al contrario, perdemos. Entonces, no vamos a perder el foco, ¿qué queremos? ¿Morir de éxito? ¿O lo que queremos es que las 300 personas que vengan, porque es que no caben más, que cuando salgan de allí digan, joder, que bien me lo pasamos? Y al final hemos puesto ahí la balanza, el ganar más pasta, el crecer, bueno, evidentemente si tiene más público va a tener más ingresos, eso es de cajón, pero al final llega y dice, ¿para qué hacemos esto? Nosotros lo hacemos para disfrutar, aunque al final acabemos cansados y nos demos la paliza. Entonces, es verdad que ese formato de 300 personas para nosotros es muy incontrolable.
¿Y la relación con los músicos?
Los músicos, al final, lo que quieren es disfrutar de los sitios en los que tocan, además de cobrar, obviamente, pero ellos lo que quieren es disfrutar de lo que hacen. Este año ya hemos tenido en el Día Internacional del Jazz a Eme-Eme Project, con Marta Masilla. También pasó por el festival Alba Careta, que en aquel momento era muy poco conocida en Andalucía, igual que Antonio Lizana, que estuvo en el 2018 y era un músico muy prometedor. Apostamos por cosas que nos emocionan y que tienen buena proyección, buenos proyectos. Nos gusta pensar que formamos parte de la carrera de estos. Este año vuelven a estar y, en cierto modo, es un homenaje a eso, el apostar por proyectos que en su momento nos dieron un empujón a nosotros y creemos que nosotros les dimos un empujón a ellos, pequeño o grande.
Luego tenemos también a Lucía Rey y a Jorge. De Jorge Pardo no puedo decir nada que no sepas ya. Como te decía, este año le entregamos el premio “Amontillado”, en el que en lugar de una placa o algo así le damos un barril de vino amontillado.
Bueno, Antonio, no sé si nos queda algo en el tintero, algo que no hayamos tocado.
Creo que hasta aquí. Que la gente sepa que en Montilla tenemos un festival especial, una cita para el jazz y el vino abierta a que la disfrute todo el mundo.
Muchas gracias por tu tiempo y que el festival dure muchos años más.