Hay entrevistas que se leen con la rapidez con la que pasa una canción. Y hay otras que merecen algo mucho más valioso: tiempo. Esta, con Moisés Sánchez, pertenece, sin duda, a las segundas.
Antes de comenzar, queremos expresar nuestro agradecimiento a la Fundación Juan March de Madrid por su hospitalidad y por cedernos uno de sus espacios para mantener esta conversación. Un entorno sereno y acogedor que favoreció, desde el primer momento, el tono pausado y reflexivo del encuentro.
La conversación que sigue es extensa, sí. Pero también es una de esas raras ocasiones en las que un músico deja de hablar de un disco para hablar, en realidad, de la vida. De por qué seguimos creando cuando aparecen las dudas. De la relación entre el dolor y la belleza. Del ego, de la esperanza, de la melancolía, de la meditación, de las influencias que terminan construyendo una identidad y de la difícil convivencia entre el artista y la persona que existe cuando se apagan los focos.
Hace unos meses ya tuvimos la oportunidad de conversar con Moisés a propósito de Falla Imaginado, un proyecto que demostraba su extraordinaria capacidad para dialogar con la tradición sin renunciar a una voz profundamente personal. Where Light Begins (Fresh Sound Records, 2026) nace desde un lugar muy distinto. Si aquel trabajo miraba hacia la memoria colectiva, este surge desde un espacio mucho más íntimo: el de quien ha atravesado la oscuridad y ha decidido convertir ese tránsito en música.
Pero este nuevo álbum también supone un punto de inflexión artístico. Después de casi dos décadas compartiendo camino con el mismo trío, Moisés decide abrir una nueva etapa junto a Chris Jennings y Naíma Acuña, asumiendo el riesgo de enfrentarse a un sonido diferente y a una manera distinta de construir la música. A ello se suma una producción mucho más ambiciosa, concebida por él mismo como un elemento esencial del relato, donde el piano convive con Rhodes, sintetizadores y paisajes sonoros que amplían el horizonte expresivo de una obra profundamente narrativa.
Lejos de ofrecer respuestas fáciles, Moisés convierte esta conversación en una reflexión abierta sobre el sentido mismo de la creación. Habla de Bartók, Bill Evans, Lyle Mays, Peter Gabriel o Philip Glass con la misma naturalidad con la que habla de la depresión, de las conversaciones que nunca pudieron terminar, del aprendizaje que esconden las pérdidas o de la necesidad de aceptar que la vida casi nunca sucede como habíamos imaginado. La entrevista termina convirtiéndose así en un recorrido por las ideas que sostienen su música: un lugar donde las referencias musicales dialogan con la filosofía, la literatura y la experiencia vivida.
Más Jazz Magazine: En las notas del libreto de Where Light Begins escribes que hay una serie de preguntas que te acompañan desde hace muchos años: «¿Por qué seguir componiendo?», «¿Qué sentido darle a cada nueva pieza?» o «¿Qué historia contar con ella?». Después de tantos años escribiendo música, ¿sientes que has encontrado alguna respuesta o esas preguntas siguen siendo el motor de tu trabajo?
Moisés Sánchez: Es una bonita pregunta. Creo que hay una respuesta que me sirve para casi todo, sobre todo cuando estoy confuso o me pierdo. Tiene que ver con el porqué de seguir haciendo música, de seguir componiendo, de seguir proponiendo cosas.
Más allá del ego que cualquier creador pueda tener, después de todos estos años de carrera he descubierto que la mayor satisfacción que me produce esta profesión es ver emocionarse a los demás. Al final entiendes que te dedicas a esto para intentar provocar en otras personas aquello mismo que otros provocaron en ti. Yo todavía me recuerdo con catorce años, escuchando música con un walkman a la una de la mañana antes de ir al instituto. Recuerdo perfectamente llorar escuchando The First Circle, de Pat Metheny Group. Esa sensación de que la música te atraviesa.
Y cuando, humildemente, consigues provocar algo parecido en otra persona, esa respuesta basta para disipar muchas dudas. A mí, desde luego, me salva de muchas dudas. Luego hay cuestiones universales —el amor, la rabia, la creación, el orgullo, la vanidad, el ego— sobre las que los grandes pensadores han escrito miles de páginas y, evidentemente, yo no tengo ninguna respuesta definitiva.

Más Jazz Magazine: En esas mismas notas afirmas que «la música debe nacer de la vida y no de las fórmulas». ¿A qué fórmulas te refieres exactamente? ¿Hubo un momento en el que comprendiste que ya no podías seguir escribiendo desde el mismo lugar, ya fuera emocional, musical o técnico?
Moisés Sánchez: Como ocurre en cualquier profesión, cuando estudias composición, armonía o improvisación, acabas acumulando una enorme cantidad de recursos.
Sabes qué sucesión de acordes va a producir un determinado color emocional. Sabes qué tratamiento melódico, qué desarrollo motívico o qué dinámica suele funcionar. Son herramientas que has comprobado cientos de veces y que sabes que producen ciertos efectos.
No funcionan igual en todas las personas, por supuesto, pero existen patrones que conocemos muy bien. Cuando uno se bloquea, esos recursos son muy útiles porque permiten avanzar. También sucede improvisando. Tú conoces el lenguaje y sabes que determinadas digitaciones, determinados modos o determinados intervalos funcionan sobre un acorde concreto. Pero siempre recuerdo una frase maravillosa de Bill Evans: «Cuando siento que estoy tocando sin ningún sentido, levanto las manos y vuelvo a empezar». Eso me parece extraordinario.
El conocimiento es imprescindible. Hay que aprender todo lo posible. Pero después llega un momento en el que tienes que intentar olvidarlo para volver a empezar desde cero. A eso me refiero con las fórmulas. Las fórmulas pueden ayudarte a soportar una mala noche, un mal concierto o una mala época. Pero, al menos en mi caso, no sirven para contar un sentimiento profundo, una historia importante o algo verdaderamente íntimo. Me gusta pensar que soy una especie de cuentacuentos.
Toda mi música ha sido siempre muy narrativa. Si no tengo una historia que contar, pierdo la fe en lo que estoy tocando. Aunque el público pueda disfrutar del virtuosismo o de la facilidad técnica, yo dejo de creerme lo que hago. Y eso es curioso porque muchas veces ocurre justo lo contrario de lo que uno espera. Me ha pasado estar completamente desconectado durante un concierto y ver al público absolutamente emocionado. Y también me ha sucedido sentirme muy conectado con lo que estaba tocando y comprobar que la gente no estaba entrando. Eso te hace comprender que la percepción pertenece exclusivamente al oyente.
Pero, aun así, necesito que exista un equilibrio entre el conocimiento técnico y la experiencia vital. Ese equilibrio —llámalo madurez o como quieras— se ha convertido hoy en algo absolutamente esencial para mí, tanto cuando escribo una partitura como cuando improviso.
Más Jazz Magazine: Where Light Begins habla de descender a los propios infiernos para encontrar un punto de luz al que aferrarse. Más allá del componente autobiográfico del disco, ¿qué te interesaba compartir de esa experiencia? ¿Es también una reivindicación de la capacidad que tienen los momentos más difíciles para enseñarnos cosas que quizá no podríamos aprender de otra manera?
Moisés Sánchez: Esta es una grandísima pregunta porque creo que va al centro de la cuestión. No solo del disco, sino también del propio proceso creativo. Solo puedo hablar desde mi experiencia. Ya en mi primer disco, en 2005, había una composición titulada La esperanza del dolor. A pesar de ser muy joven, ya sentía que en el dolor encontraba esperanza donde otros solo veían oscuridad. Cuando leía a Sábato, a Saramago, a Borges o a Cortázar —autores a los que admiro profundamente—, lejos de hundirme, me daban ganas de vivir. Encontraba en ellos una enorme capacidad de superación. Esa era mi relación con el sufrimiento cuando era joven.
Otra cosa muy distinta es cuando eres tú quien desciende a esos infiernos. A partir de la pandemia entré en un proceso de destrucción mental provocado por una serie de circunstancias personales que me afectaron profundamente. Creo que ese momento se percibe claramente en mi discografía de aquellos años. Ahí están Madness, Dedication II o algunas obras sinfónicas que escribí entonces. Recuerdo que muchas personas me decían que eran discos mucho más oscuros que Metamorfosis. Curiosamente, yo no los vivía así, pero sí percibía que la gente los encontraba más densos, más sombríos.
El problema del dolor dentro del proceso creativo es que puede convertirse en una adicción. Conectar con ese lugar termina siendo un recurso muy eficaz para contar determinadas cosas, pero también muy peligroso. Está muy bien tener dolor. Lo que no está bien es que el dolor te tenga a ti. Y esa diferencia es muy difícil de gestionar.
Creo que la desesperación, la tristeza o el pesimismo forman parte de la condición humana igual que la alegría. En mi caso, más que una tendencia al dolor, diría que tengo una cierta inclinación hacia la melancolía o la nostalgia. No significa pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, ni mucho menos. Pero sí hay una forma de entender la música que inevitablemente impregna lo que escribo.
Hay personas que entienden que la música debe ser luminosa o alegre para conectar con ella. A mí, en cambio, muchas veces me ocurre justo lo contrario. La música excesivamente alegre, sin que tenga por qué ser banal desde el punto de vista compositivo, suele producirme una cierta apatía.
No es una cuestión intelectual; es algo que tiene que ver con cómo funciona mi cabeza, con mis influencias, con mi manera de percibir la música. En cambio, el sufrimiento, la tristeza o la melancolía despiertan inmediatamente algo en mí.
Más Jazz Magazine: En tu respuesta aparecen continuamente referencias a la relación entre sufrimiento y creación artística. ¿Hasta qué punto esa idea ha estado presente en los compositores que más te han influido?
Moisés Sánchez: Muchísimo. Bartók decía que las grandes obras nacen del dolor más intenso. Y él sabía perfectamente de qué hablaba. Fue un compositor exiliado, marcado por el sufrimiento, y yo siempre he conectado profundamente con su música. Con otros compositores cuya mirada era más luminosa me ocurre algo diferente. No voy a dar nombres, porque tampoco se trata de establecer comparaciones, pero siento una afinidad especial hacia aquellos creadores cuya obra nace de una necesidad vital.

Resulta curioso porque después Stravinsky fue uno de los pocos compositores que consiguieron hacerse ricos con su música. De hecho, solía firmar con una «S» convertida en un símbolo del dólar. Pero él mismo reconocía que aquellas primeras obras nacían de una urgencia muy distinta. Estaba, como suele decirse, con el cuchillo entre los dientes. Y creo que algunos conectamos especialmente con esa manera de crear.
Más Jazz Magazine: Sin embargo, Where Light Begins no deja la sensación de ser un disco oscuro. Al contrario, parece que busca constantemente un lugar desde el que reconstruirse.
Moisés Sánchez: Exactamente. Creo que quien conozca mi discografía notará que aquí hay una intención muy clara de transmitir esperanza. Sigue habiendo melancolía, porque forma parte de mi manera de escribir y seguramente nunca desaparecerá. Pero, al mismo tiempo, hay un deseo consciente de mirar hacia otro lugar.
Este disco refleja un proceso muy personal. Refleja el hecho de haber pasado por momentos muy difíciles y haber realizado un trabajo interior para encontrar ese punto de luz al que uno puede agarrarse.Por eso el disco se llama Where Light Begins. No habla de la oscuridad. Habla del momento exacto en el que empieza la luz.
Más Jazz Magazine: En el fondo, el disco plantea otra cuestión: ¿la esperanza aparece como una emoción o como una decisión? ¿Cómo se sale de ese lugar?
Moisés Sánchez: No digo que la esperanza no pueda aparecer como una emoción. Pero, en mi caso, fue una decisión. Fue un trabajo.
Llega un momento de lucidez en el que uno se dice: «Quiero salir de aquí». Y, a partir de ahí, empieza la verdadera pregunta: ¿qué tengo que hacer para conseguirlo? Para mí todo termina relacionándose con el amor, con confiar en los demás y con trabajar para mejorar la vida de quienes te rodean. Pero también exige un trabajo profundamente solitario. Es una mezcla de ambas cosas.
Mi profesor de meditación me dijo una frase que me acompaña desde entonces: «Cualquier acto de nuestra vida que no tenga como fin último mejorar la vida de los demás carece de sentido». Es una idea profundamente budista. Vivimos en un mundo que muchas veces nos empuja exactamente en la dirección contraria, pero el simple hecho de intentar recordarla ya cambia muchas cosas. Naturalmente, no siempre lo consigues. Habrá personas con las que conectes y otras con las que no. Esa también es la vida. «Una cosa es la música y otra muy distinta la profesión»
Más Jazz Magazine: En varias ocasiones has hablado del conflicto entre la creación artística y todo lo que implica vivir de la música. ¿Ese conflicto también está presente en Where Light Begins?
Moisés Sánchez: Muchísimo. Probablemente sea una de las tensiones que más me acompañan. Cuando hago terapia o hablo con mis profesores de meditación, aparece constantemente esa contradicción.
Me dedico a una profesión que, en muchos aspectos, choca frontalmente con la persona que me gustaría ser. Vivimos en un mundo donde hay que vender un disco, conceder entrevistas, promocionar un proyecto… Y, aunque intento ser completamente natural, soy consciente de que ahora mismo, mientras hablamos, también estoy presentando un trabajo. En cierta manera estoy vendiendo un producto.
Recuerdo una frase maravillosa de Philip Glass en sus memorias: «Una cosa es la música y otra muy distinta la profesión de la música». Creo que resume perfectamente lo que siento. Entre mis amigos soy Moi. Aquí soy Moisés P. Sánchez. Y, aunque no me gustaría tener que construir ese personaje, también entiendo que es necesario.
Moi necesita a Moisés P. Sánchez para que su música pueda llegar a la gente. Aprender a convivir con esa dualidad forma parte de la profesión. Y creo que es importante hablar de ello con naturalidad, porque todos los artistas convivimos, en mayor o menor medida, con esa tensión entre la persona que somos y la imagen pública que inevitablemente terminamos proyectando.
Más Jazz Magazine: Entrando ya en las composiciones de Where Light Begins, hay piezas cuya lectura parece muy explícita, como February 10 o Kioto Contigo, y otras mucho más abiertas, casi filosóficas, como Unfinished Conversations o Un gran futuro a tus espaldas. Desde el punto de vista compositivo, ¿qué diferencia hay para ti entre escribir sobre algo que conoces porque lo has vivido y escribir sobre algo que todavía estás intentando comprender?
Moisés Sánchez: Bueno. Unfinished Conversations es el único tema completamente en tonalidad menor del disco y aparece justo después de iContigo, que prácticamente está escrito entero en mayor. A partir de ahí el álbum se va desnudando. Desaparecen muchas capas de producción y acaba quedándose únicamente el trío. Ese recorrido también tiene un significado para mí.
Los cinco primeros temas están mucho más producidos. El disco tiene ocho composiciones y, a partir de la sexta, desaparecen los teclados. No es casualidad que ese momento coincida precisamente con Unfinished Conversations, porque probablemente sea la pieza más melancólica del álbum.
Más que hablar de tristeza, habla de aceptar que todos convivimos con conversaciones que nunca llegarán a terminar. Personas con las que quedaron cosas por decir. Amistades que se rompen. Relaciones que desaparecen. Conversaciones con un padre que ya no está. En mi caso hay mucho de eso.
Pero no está escrita desde la pena, sino desde la aceptación. Desde comprender que la vida nunca termina siendo exactamente como a uno le habría gustado. Hay personas con las que nunca vas a entenderte, hagas lo que hagas. Hay relaciones que jamás podrán repararse. Hay amigos a los que te hubiera gustado decir determinadas cosas y nunca ocurrió. Durante mucho tiempo yo tendía a quedarme anclado ahí, pensando: «Esto es injusto. Esto no debería haber sido así». Pero llega un momento en el que entiendes que sí, que ha sido así.
Puedes pasarte la vida enfadado con el mundo o puedes aceptar que esas experiencias también forman parte de quien eres. No significa resignarse. Significa incorporarlas a tu historia y estar en paz con ellas. Por eso, después de Unfinished Conversations, aparece Alegría. Era importante salir de ese lugar. Y el disco termina con Un gran futuro a tus espaldas, que además es el único tema que no compuse expresamente para este proyecto. Ya aparecía en Solioquio, a piano solo, aunque aquí adquiere un significado completamente distinto.
Ese título siempre ha despertado mucha curiosidad porque en aquel disco también existía Un pasado por delante. En ambos casos hay una inversión deliberada de la mirada. Un gran futuro a tus espaldas habla, por un lado, de mi relación con mi padre y con las expectativas que depositó en mí como pianista. Pero también habla de la presión que uno mismo se impone por aquello que cree que debería llegar a ser. Quería cerrar el disco con esa idea. De hecho, termina con unas campanas creadas a partir de un piano procesado con distorsión. Son un homenaje a Leucocyte, de Esbjörn Svensson, cuyo final siempre me sonó a un réquiem.
En mi caso también es un réquiem, pero un réquiem por la pena. La melancolía forma parte de mí y seguramente seguirá acompañándome siempre. Lo importante no es eliminarla, sino decidir qué haces con ella. El futuro dependerá, en buena medida, de cómo aprenda a convivir con todo lo que llevo a la espalda. Habrá circunstancias que no controlaré nunca, pero aquello que dependa de mí sí exige una decisión consciente. Tengo que seguir trabajando para convertirme en la persona que quiero ser.
Más Jazz Magazine: February 10 está dedicado a Lyle Mays. Más allá de la admiración por el músico, ¿qué representa para ti dentro de tu imaginario artístico? ¿Hay algo de su manera de entender la música que siga acompañándote cada vez que te sientas al piano? Y, después de haberle dedicado una composición, ¿queda todavía algún creador al que sientas que le debes un homenaje similar?
Moisés Sánchez: Con Lyle Mays me ocurre algo que a muchos músicos les sucede con determinados artistas: forma parte de mi propio folclore. El primer concierto al que fui en mi vida fue un concierto de Pat Metheny Group. Tenía apenas dos años y fui con mi padre. No recuerdo exactamente qué gira era, pero sí recuerdo perfectamente la impresión que me produjo ver a Lyle sobre el escenario.
Durante los últimos quince años, curiosamente, me alejé bastante de su música. Y un día, mientras trabajaba, sonó por casualidad Close to Home, la última pieza de su primer disco en solitario. Empecé a llorar. No porque estuviera triste. Fue una reacción física. Sentí que todo aquello que me había emocionado de niño seguía intacto dentro de mí. Me recordó quién había sido y por qué había decidido dedicarme a la música. Lyle Mays me hizo creer en la belleza. Su sonido, su manera de tocar el piano, ese componente cinematográfico que aportaba a Pat Metheny Group… Todo eso marcó profundamente mi forma de entender la música. Tuve la suerte de conocerlo una vez y de hacerle llegar mi música. Además, varios amigos que estudiaron con él siempre me hablaron de una persona extraordinaria. Yo no pude compartir con él todo el tiempo que me hubiera gustado, pero su legado me ha acompañado siempre.
Hay otra cuestión que me parece importante. Dentro del mundo del jazz, Lyle Mays no siempre ha recibido el reconocimiento que merece. Todavía hay quien dice que no era un músico de jazz, y me parece una afirmación profundamente injusta. Basta escuchar los discos que grabó con Jack DeJohnette o Mark Johnson para comprobar el nivel de improvisador que era. Otra cosa muy distinta son las decisiones estéticas que tomó después. Pasa algo parecido con músicos como Tigran Hamasyan o incluso con Pat Metheny. Que alguien decida ampliar el lenguaje no significa que no conozca el jazz en profundidad.
Durante muchos años yo mismo me alejé de esas referencias porque sentía la necesidad de encontrar una voz propia. Pensaba que no podía permitirme sonar a Lyle Mays. Miraba más hacia Brad Mehldau o hacia otros pianistas contemporáneos. Con el tiempo entendí que no tenía sentido seguir ocultando aquello que realmente me había formado.
Siempre digo que pertenezco a una especie de tradición de pianistas románticos: Bill Evans, Keith Jarrett, Lyle Mays, Brad Mehldau… Ese es mi lugar natural. Yo no crecí en Harlem ni en el Bronx. Mi folclore es otro. Es el rock sinfónico, la música clásica, Pat Metheny Group, John Coltrane… Todo eso forma parte de quien soy. Y creo que ahora, después de tantos años, ya no siento la necesidad de esconderlo. Por eso quise dedicarle esta pieza. Se la debía. El título también es un homenaje. Pat Metheny y Lyle Mays dedicaron September Fifteenth a Bill Evans. «February 10» hace referencia al día en que falleció Lyle. Me parecía una manera muy bonita de recoger ese testigo. Y, si me preguntas por otro músico al que algún día me gustaría dedicarle una obra, la respuesta es muy clara: Peter Gabriel. Es uno de los artistas que más he escuchado en mi vida. No solo por su música, sino por la humanidad que transmite. Me conmueve profundamente la manera en que atravesó los años de depresión que vivió durante los noventa. Después de Us desapareció durante más de una década y regresó con Up. Me parece muy significativo que el primer tema del disco se llame precisamente Darkness. En esa canción habla de su propia oscuridad y hay una imagen que siempre me ha acompañado: dice que solo empezó a salir de ella cuando fue capaz de contemplar su propia sombra desde fuera y sonreírle.
Durante mi propio proceso vital sentí algo muy parecido. Creo que cuando uno empieza a encontrar ese punto de luz del que habla Where Light Begins aparece una sensación semejante. Cada persona la vivirá de una manera distinta, pero hay un instante en el que dejas de pelearte con tu propia oscuridad y empiezas, simplemente, a convivir con ella.
Más Jazz Magazine: Where Light Begins también supone un cambio importante en la manera de trabajar. Has grabado el disco con una formación completamente nueva y prácticamente sin tiempo de rodaje previo. ¿Cómo fue entrar en el estudio con músicos con los que apenas habías tocado antes?
Moisés Sánchez: Curiosamente me acordé mucho de Kind of Blue. Siempre me fascinó aquella idea de Miles Davis de llegar al estudio con muy pocas indicaciones y confiar en la personalidad de los músicos.
Evidentemente, en mi caso las composiciones estaban mucho más escritas. Yo llevaba una estructura muy definida, pero también quería que hubiera espacio para que Naíma Acuña y Chris Jennings llevaran la música a lugares que yo no habría imaginado. Al final ese es el trabajo del líder: transmitir la emoción que buscas. Explicar por qué una sección necesita crecer, por qué otra debe contenerse, cuál es la curva de intensidad de cada pieza… Si consigues comunicar esa idea, los músicos hacen el resto. Y eso es precisamente lo que ocurrió. No quería ensayar demasiado. Creo que vimos los temas apenas un día antes de entrar a grabar. Quería conservar esa frescura. Después hubo un trabajo muy importante de posproducción por mi parte, pero la esencia del disco nace de esa primera reacción entre los tres.
La oportunidad surgió gracias a Jordi Pujol, de Fresh Sound. Nos conocimos cuando grabé un disco de Gorka Benítez junto a Jeff Ballard y Michael Formanek. Después de escucharme tocar me propuso hacer un proyecto para el sello y le apetecía reunir una formación completamente nueva. También sentía que era el momento de cambiar. He compartido casi veinte años de música con Toño Miguel y Borja Barrueta. Hemos grabado cerca de diez discos juntos y sigo sintiéndolos como mi trío natural. Estoy convencido de que volveremos a trabajar muchas veces. Pero también creo que los proyectos necesitan respirar. Las personas cambian, los músicos cambian y la música que uno escribe también cambia. Las composiciones de Where Light Begins pedían otras sensibilidades y otros momentos vitales.
No hubo ninguna ruptura ni ningún conflicto. Simplemente sentí que este disco necesitaba otra energía. Y no sé qué ocurrirá en el siguiente. La verdad es que tampoco quiero saberlo todavía.
Más Jazz Magazine: En este disco también aparece una producción mucho más ambiciosa. Hay piano acústico, Rhodes, sintetizadores, programaciones… ¿Qué te permitían expresar todos esos elementos que no encontrabas únicamente en el formato clásico del trío? ¿Y cómo fue ese proceso de producción?
Moisés Sánchez: Toda esa producción la hice en casa. Sayan Fati grabó, mezcló y masterizó el disco, pero el trabajo de diseño sonoro, los timbres, las capas y las programaciones nacieron durante el proceso de composición. Era un territorio en el que llevaba tiempo queriendo entrar. Por un lado, suponía salir de mi zona de confort. Pero, sobre todo, me permitía reforzar determinados momentos emocionales del disco. No pretendía utilizar la electrónica como un adorno, sino como un recurso narrativo. En ese sentido sí hice una distinción muy clara entre el disco y el directo. Quería que el álbum funcionara como una obra cerrada, con una producción muy cuidada, mientras que el concierto será otra experiencia completamente distinta.
Todavía no sé cuánto de todo eso llevaré al escenario. Hay pasajes que, sencillamente, no puedo reproducir yo solo con dos manos. Y tampoco quiero terminar pendiente de teclados, secuencias o claquetas si eso me obliga a desconectarme de la música. Prefiero mirar a Chris y a Naíma, escuchar lo que está ocurriendo entre nosotros y dejar que cada concierto encuentre su propia forma. Creo que esa conexión entre los tres será siempre mucho más importante que reproducir exactamente todo lo que suena en el disco.
Más Jazz Magazine: Después de una conversación como esta resulta inevitable volver a escuchar Where Light Begins desde otro lugar. Muchas gracias por compartir con tanta honestidad el proceso que hay detrás del disco.
Moisés Sánchez: Gracias a vosotros.


