El 29 de agosto comenzó frente al mar, cuando Castelsardo todavía permanecía sumida en la oscuridad. Carlo Maver se disponía a ofrecer su concierto «al alba» sobre la muralla que separa el puerto del Mediterráneo abierto. A esa hora, la silueta de la ciudad apenas se distinguía y el horizonte era todavía una línea incierta.
Poco a poco fueron llegando los espectadores. Algunos descendían desde el pueblo, mientras otros aparcaban en el acceso y buscaban un lugar entre las rocas. Sin demasiadas indicaciones, el público fue ocupando el espacio hasta formar un pequeño anfiteatro natural frente al mar.
Maver comenzó a tocar cuando todavía era de noche. La claridad fue apareciendo de manera gradual mientras el bandoneón y las flautas construían un repertorio en el que convivían el tango, las resonancias mediterráneas y algunos motivos de raíz andina, junto a una música de carácter esencialmente contemplativo.
En Castelsardo se presentó en solitario, alternando bandoneón y flautas e incorporando algunos recursos electrónicos. Parte del repertorio procedía de Solenne, publicado por Visage Music en 2024, un álbum que reúne doce composiciones originales para flautas y bandoneón y en el que participaron Paolo Fresu y Hesam Inanlou.
Uno de los momentos más personales llegó con un réquiem dedicado a su madre. La pieza, despojada de cualquier artificio, adquirió un peso especial en aquel contexto. Mientras la ciudad comenzaba a despertar y el cielo cambiaba progresivamente de tonalidad, la música encontraba una forma de recogimiento que no necesitaba demasiadas explicaciones.
Cuando terminó el concierto, el día ya había ocupado por completo el lugar. Contemplar cómo Castelsardo pasaba de la oscuridad a la luz mientras Maver iba desarrollando su música fue, probablemente, el aspecto más singular de la propuesta. Una de esas situaciones difíciles de trasladar después a una fotografía, por mucho que se intente conservar en ella lo que ocurrió allí.
En ocasiones, el lugar en el que se escucha una música termina formando parte de ella. En esta ocasión, la muralla, el mar y las primeras luces del día proporcionaron un marco que condicionó inevitablemente la escucha. No era necesario añadir mucho más: bastaba con dejar que la música y el amanecer siguieran su propio ritmo.
Más tarde, después de recuperar un par de horas de sueño, a las 19:30, la escucha se trasladó nuevamente a la Sala XI del MIM para encontrarnos con Marcello Zappareddu.
Guitarrista y compositor, formado inicialmente en guitarra clásica en el Conservatorio L. Canepa de Sassari y posteriormente en distintos centros de jazz de Ozieri, Roma y Siena, Zappareddu ha construido una trayectoria que atraviesa el pop, el funk, el blues y el jazz.
Su discografía incluye Dry Lands, publicado en 2015 en formato de trío, y Nomads, de 2022, grabado a dúo con el contrabajista Salvatore Maltana.
En Castelsardo asumió uno de esos riesgos que siempre resultan interesantes en un festival de jazz: quedarse a solas con el instrumento. Sin sección rítmica ni otro instrumento que complete la armonía, toda la responsabilidad del concierto recae sobre la guitarra y sobre la capacidad del músico para mantener el interés y la tensión a lo largo del tiempo.

A las 20:30, Piazza Santa Maria cambió de registro radicalmente. Billie Jean & the Death Rabbits llegaban desde Tokio con una propuesta que parece disfrutar especialmente de las zonas donde los géneros empiezan a perder sus fronteras.
El cuarteto, nacido en 2023, está liderado por Billie Jean, saxofonista, cantante y compositora, junto a Sora Ichikawa, piano y teclados; Makoto Togashi, contrabajo; y Umi Ogimi, batería. Su lenguaje parte del jazz, pero incorpora funk, rock, improvisación y una cierta aspereza art-punk. Todas las composiciones y textos están firmados por Billie Jean, mientras el sonido se construye desde el diálogo entre los cuatro músicos y una fuerte presencia de la improvisación.
En Castelsardo tocaron con una energía que desde el comienzo dejó claro que la juventud aquí no equivalía a ingenuidad. Billie Jean tiene una presencia escénica poderosa y maneja el saxofón con seguridad, alternando canto e instrumento sin perder el control del discurso. Sora Ichikawa fue probablemente quien introdujo los momentos más arriesgados desde el piano y los teclados, mientras Togashi y Ogimi sostenían una base rítmica de gran solidez.
El repertorio permitió apreciar las distintas caras del grupo. Alien Song, su primer single, publicado en 2025, funciona como una buena puerta de entrada a su universo. A partir de ahí, Laser Beam Crisis y Collapsing World llevaron la música hacia territorios más ásperos, con grooves insistentes, rupturas y espacios abiertos a la improvisación. En What I Am Saying Now apareció una faceta más discursiva, en la que Billie Jean pudo desarrollar con mayor amplitud su trabajo como compositora.
Son piezas que todavía conservan algo de laboratorio (todavía no han registrado su primer álbum oficial que tiene prevista su salida en 2027). Y eso, lejos de ser una carencia, me parece una de las virtudes del grupo. Hay una música que todavía está tomando decisiones delante del oyente.
El grupo ha publicado Alien Song y el álbum en directo FEELING GOOD, registrado en Tokio en diciembre de 2025. En ese trabajo aparecen también Can’t Explain, Elephants Wanted to Fly, Then They Were in the Sky y Zerodistancefromthesidemirrorofyourcar, títulos que ayudan a entender la amplitud de su imaginario.
Pero fue en directo donde el proyecto cobró verdadero sentido. La sección rítmica tiene una capacidad notable para pasar del groove a la ruptura sin perder el pulso, mientras Ichikawa utiliza el piano y los teclados también como materia tímbrica. Billie Jean, por su parte, entiende el saxofón como una extensión de la voz y la voz como otra posibilidad instrumental.
Me interesó especialmente esa libertad. No parece haber demasiada ansiedad por demostrar a qué género pertenecen, cosa que se agradece.
El encuentro con Enzo Favata, iniciado cuando el músico viajó a Tokio y continuado posteriormente con una colaboración en 2025, explica en parte la presencia del cuarteto en Musica sulle Bocche. Para mí fue una de las apuestas más interesantes de la jornada: descubrir una banda joven, con personalidad y con suficiente curiosidad como para que todavía podamos preguntarnos hacia dónde irá. 
El día terminó con María Esteban y un quinteto formado por Edu Cabello, en saxos, flauta y clarinetes; Eddie Mejía, guitarra; David Muñoz, contrabajo; y Santi Colomer, batería.
Esteban ha construido su carrera desde una combinación poco frecuente de intuición, trabajo y formación. Comenzó a actuar muy joven, pasó por diferentes proyectos vinculados al rock & roll y al rhythm & blues. En 2024 publicó It’s Me!, un álbum formado por seis composiciones propias que funciona casi como un autorretrato musical. El disco habla de las metas, los riesgos, los fracasos, las pérdidas y, sobre todo, de la necesidad de seguir adelante.
En Castelsardo, buena parte del concierto giró alrededor de ese repertorio. My Pretty Little Girl mostró desde el principio una de las principales virtudes de Esteban como compositora, su capacidad para convertir experiencias personales en canciones de una notable claridad melódica. Para ti, con su acercamiento al bolero y al castellano, aportó una dimensión diferente, más cercana a la canción y a una sensibilidad mediterránea. Y Goodbye volvió a poner en primer plano esa mezcla de jazz, rhythm & blues y canción que atraviesa buena parte de su trabajo. It’s Me! no es, en ese sentido, una propuesta construida desde una única estética, sino desde la necesidad de encontrar para cada historia la música que mejor puede contarla.
Pero si algo terminó imponiéndose fue la voz de María Esteban. Canta con una expresividad cálida, amplia y muy física, capaz de pasar de la fragilidad a una intensidad considerable sin perder nunca el sentido de la melodía. Hay momentos en los que parece acariciar las frases y otros en los que la voz adquiere una fuerza casi teatral. No interpreta las canciones desde fuera, sino que parece habitarlas, y esa implicación convierte incluso los pasajes más contenidos en momentos de gran intensidad emocional.
El repertorio de Castelsardo permitió además ampliar la mirada sobre su trayectoria. Junto a las composiciones de It’s Me! aparecieron temas pertenecientes a otros momentos y proyectos de la artista, mostrando que su universo creativo es más amplio que el de un único álbum. La excepción estaba en algunas piezas de repertorio, como If You Never Fell in Love with Me y From This Moment On, que servían para establecer un diálogo con una tradición de canción y jazz vocal que Esteban conoce profundamente.
El quinteto desempeña un papel fundamental en la construcción de ese universo sonoro. Cabello tiene un papel especialmente importante en los arreglos y en el diálogo con la voz, mientras Eddie Mejía, David Muñoz y Santi Colomer construyen una base flexible, capaz de acompañar tanto las canciones más cercanas al bolero como los momentos de mayor impulso jazzístico. La música respira y se transforma constantemente alrededor de la cantante, sin restarle protagonismo.
En ese equilibrio entre canción, jazz y experiencia personal está probablemente una de las mayores virtudes de María Esteban. Conoce la tradición, pero no parece interesada en reproducirla. La utiliza para contar sus propias historias y encontrar una voz reconocible dentro de ellas. Y cuando canta, esa voz tiene algo más difícil de conseguir que la perfección técnica: presencia.
Al día siguiente, en formato de trío, volvería al bolero con un repertorio más íntimo en la sala XI. Ese cambio de formato permitió comprobar que detrás de la riqueza de los arreglos y del sonido del quinteto existe una cantante capaz de sostener por sí sola el peso emocional de una canción. Quizá ahí se encuentre la medida más precisa que explique la proyección de su trabajo.