Salió Fred Hersch al escenario como un gurú o un santo entre aplausos del público del Palacio de Festivales de Santander, secundado por Drew Gress y Peter Erskine. Ese halo místico que tiene su personalidad afloró en este primer concierto del Festival de jazz de Santander y reforzó su carácter excepcional.
Excepcionales fueron la fecha y la ubicación del concierto dentro de la programación del festival, ya que el resto de actuaciones tendrán lugar en el Escenario Santander los últimos días de julio y primeros de agosto, como viene siendo tradición. Excepcional fue escuchar un remanso musical de paz entre la agitación del mar y la lluvia que acompañó la velada: Hersch es un pianista que congela hasta la peor ola de calor e incendia cualquier iceberg. Bajo la apariencia hierática de su postura, postrado ante el piano, mueve al trío continuamente y al mismo tiempo transmite una sensación contraria a la hiperactividad que muchos ven como cualidad del genio artístico. Sin agitación externa, moviéndose en las octavas centrales con una brillantez al alcance de muy pocos, Hersch prefiere —y lo consigue— transmitir mucho más con la música. Excepcional fue la acogida del público, tanto en taquilla (apenas unas filas vacías en la sala Argenta, la que tiene una mayor capacidad del recinto), como en gusto. Si podía haber alguna duda acerca de si el virtuosismo de Hersch, que por momentos raya la complejidad de una obra dodecafónica, un edificio armónico y melódico construido a base de escalas interrumpidas, secuencias de notas que se repiten y se alteran, sería comprendido por los asistentes, desde el principio éstos ofrecieron una cálida bienvenida al norteamericano. En los anuncios de los temas más conocidos se escucharon además celebraciones y aplausos, aplausos que se repitieron —bien medidos— en las improvisaciones más técnicas y abstractas, sin olvidar el entusiasmo final que obligó a los músicos a volver en dos ocasiones (en realidad, la segunda solo lo hizo Hersch) para sendos bises.

Excepcional, por último, estuvo el propio Hersch. Si en su presentación, tímido saludo al público mediante, mostró su aspecto más sobrio, con un The Surrounding Green que le confirmó como una referencia internacional, en Palhaço de Gismonti y en sucesivos homenajes a Monk, Sonny Rollins, Jobim, Ornette Coleman, alternando composiciones propias con temas de estos músicos, standards como These Foolish Things, Embraceable You o Somewhere de Bernstein, la primera propina (la segunda fue And So It Goes de Billy Joel).
En Santander Hersch mostró sus mejores virtudes: capacidad de contención y lirismo antes de progresiones explosivas, patetismo y expresividad sin límites, escalas enriquecidas con intervalos y colores impresionistas, improvisaciones a una mano (izquierda y derecha), herencia bop y postbop del fraseo y del jazz modal, la bossa nova y el cool en cuanto a calidad y calidez del sonido.
En Santander, en fin, Hersch no presentó un álbum ni hizo experimentos con una formación: presentó y representó un estilo, el suyo.