Gran Canaria International Jazz Day: música, paisaje y sensación en una isla que respira cultura

El Gran Canaria International Jazz Day celebró una nueva edición marcada por la diversidad de espacios, el carácter internacional de su programación y una estrecha conexión entre música, turismo y paisaje. Durante varios días, la isla acogió conciertos, jam sessions y actividades culturales que recorrieron algunos de los enclaves más representativos de Gran Canaria, desde el histórico Gabinete Literario hasta escenarios frente al Atlántico en Las Canteras o Maspalomas.

Texto: Adrián Besada

@besagartha

Antes de comenzar esta crónica, es imprescindible agradecer el enorme trabajo de Dolores Rodríguez, alma organizativa del festival, cuya dedicación y sensibilidad hicieron posible una experiencia cultural de este nivel; así como a José Luis Moreno, encargado de la producción y buen funcionamiento del evento. Del mismo modo, hay que reconocer la implicación de Turismo de Gran Canaria, que apostó por mostrar la isla desde una perspectiva cultural, gastronómica y patrimonial profundamente enriquecedora, así como el esfuerzo de toda la organización y de las personas que hicieron posible cada desplazamiento, cada concierto y cada encuentro durante estos días.

Hay festivales que se recuerdan por un cartel concreto, por un concierto memorable o por una gran producción. Y hay otros que permanecen en la memoria por algo mucho más difícil de construir: una atmósfera, una sensación, una experiencia. El Gran Canaria International Jazz Day pertenece a esta segunda categoría. Durante varios días, la isla se convirtió en un escenario expandido donde la música, el paisaje, la gastronomía y el turismo cultural convivieron con una naturalidad sorprendente. No se trató únicamente de una sucesión de conciertos, sino de una experiencia integral en la que el jazz dialogó continuamente con el territorio.

Gran Canaria tiene una capacidad muy poco común para cambiar de rostro constantemente. En apenas una hora uno puede pasar del bullicio de Las Palmas a carreteras de montaña envueltas en niebla, o terminar viendo el atardecer junto al mar en el sur de la isla. Esa sensación de desplazamiento continuo terminó acompañando también al festival. Cada concierto parecía pertenecer al lugar exacto donde sucedía y, al mismo tiempo, formar parte de una experiencia mucho más amplia.

El Gabinete Literario: elegancia y cercanía

La apertura del festival en el histórico Gabinete Literario de Las Palmas de Gran Canaria marcó desde el primer momento el tono del evento. Situado en la Plaza de Cairasco, en pleno corazón histórico de la ciudad, el edificio constituye uno de los espacios culturales más emblemáticos de Canarias. Fundado en el siglo XIX, el Gabinete Literario conserva todavía esa mezcla de refinamiento burgués y romanticismo arquitectónico que remite a otra época. Sus salones, la decoración clásica y la sensación de intimidad convierten cualquier concierto en algo cercano y ceremonial al mismo tiempo.

En ese contexto, el dúo formado por Carme Canela y Albert Sanz encontró el entorno perfecto. Lejos de apostar por la espectacularidad, el concierto se construyó desde la delicadeza. Hubo standards clásicos, baladas y un repertorio donde la bossa nova ocupó un lugar central, siempre tratado desde una elegancia contenida y madura.

La voz de Canela apareció llena de matices, sin artificios innecesarios, sosteniendo cada frase con una naturalidad casi conversacional. Albert Sanz, por su parte, convirtió el piano en un espacio de diálogo constante. Su acompañamiento nunca buscó imponerse; trabajó desde la sutileza armónica y el espacio, algo especialmente importante en un formato tan desnudo.

La acústica del salón ayudaba muchísimo a esa sensación de cercanía. Apenas se escuchaba otra cosa que no fuese la música y algún leve movimiento del público entre pieza y pieza. Recuerdo especialmente algunos momentos de las bossas más lentas, cuando parecía que el tempo flotaba ligeramente y todo el salón entraba en una especie de calma compartida bastante difícil de explicar.

La noche terminó dejando una sensación muy concreta: el jazz entendido no como espectáculo masivo, sino como experiencia estética y emocional. Fue una apertura elegante, sobria y profundamente coherente con el carácter histórico del lugar.

Motown Bar: la energía de la jam session

Tras la sofisticación del Gabinete Literario, el festival cambió completamente de registro en la jam session celebrada en Motown Bar, uno de los espacios más vivos de la escena nocturna de Las Palmas. El local, conocido por su programación de música en directo y su ambiente internacional, representa otro tipo de relación con el jazz: más espontánea, más nocturna y mucho más imprevisible.

En un festival de estas características, las jam sessions suelen ser el verdadero termómetro de la escena. Ahí desaparecen los programas cerrados, las estructuras rígidas y las distancias entre músicos y público. Todo depende de la escucha, de la reacción inmediata y de la energía colectiva.

Desde el primer momento se percibía una mezcla muy particular entre músicos locales, visitantes internacionales y público extranjero que terminaba generando una atmósfera tremendamente cosmopolita. Gran Canaria tiene algo muy especial en ese sentido. La isla recibe continuamente artistas, turistas y trabajadores de múltiples países europeos, y esa diversidad cultural acaba filtrándose también en los espacios musicales.

La jam transitó con absoluta naturalidad desde standards clásicos hasta soul, rhythm and blues y repertorio popular norteamericano. Sonaron temas asociados a Ray Charles, Frank Sinatra y Stevie Wonder, además de blues tradicionales y canciones que prácticamente todo el local terminaba reconociendo.

La jam funcionó precisamente porque nadie parecía demasiado preocupado por las etiquetas. Todo iba ocurriendo de manera bastante natural: alguien proponía un standard, otro músico se sumaba casi sin hablar y, de repente, el tema terminaba derivando hacia el soul o el blues. Había mucho groove, bastante sentido del humor sobre el escenario y esa sensación tan propia de las buenas jam sessions en las que el público deja de ser simplemente espectador.

Algunos músicos subían al escenario casi improvisadamente. Otros esperaban su turno entre conversaciones, cervezas y aplausos. El público reaccionaba con entusiasmo inmediato a cada solo especialmente inspirado. Por momentos, el concierto adquirió esa sensación clásica de club nocturno donde lo importante no es la perfección, sino la intensidad del momento. Probablemente ahí estuvo uno de los grandes aciertos del festival: mostrar que el jazz puede convivir tanto con el refinamiento de un salón histórico como con la energía informal y mestiza de un club.

Maximilians: standards frente al paisaje del sur

El traslado hacia Maspalomas permitió descubrir otro rostro completamente distinto de Gran Canaria. El sur de la isla posee una atmósfera diferente: más abierta, luminosa y vinculada al turismo internacional. Allí, entre hoteles, paseos marítimos y la proximidad constante del océano, el jazz adquirió un carácter mucho más relajado.

El concierto celebrado en el restaurante Maximilians apostó por el formato de trío y por un repertorio centrado en standards y grandes clásicos del jazz. Fue una actuación sin excesos, muy enfocada en el placer de tocar y escuchar canciones que forman parte de la memoria colectiva del género.

El contexto resultaba fundamental. Maspalomas posee una relación muy particular con la idea de descanso y contemplación. La luz del atardecer, la proximidad de las dunas y el ritmo pausado del sur de la isla terminaban influyendo también en la escucha.

No era un concierto pensado para el impacto inmediato, sino para acompañar el espacio. El trío trabajó desde el swing tradicional, el fraseo elegante y una dinámica muy orgánica entre los músicos. Todo fluía con naturalidad.

En algunos momentos era inevitable mirar alrededor más que al propio escenario. La luz del final de la tarde, el ambiente relajado de Maspalomas y el sonido del trío terminaban mezclándose de una manera muy natural. No era un concierto para escuchar con solemnidad, sino para dejarse llevar lentamente por el ambiente.

Turismo cultural: descubrir la isla más allá del festival

Uno de los grandes aciertos del Gran Canaria International Jazz Day fue comprender que un festival internacional no puede limitarse únicamente a los conciertos. La experiencia cultural de la isla resultó esencial.

Durante los días del evento, la organización propuso distintas excursiones por algunos de los lugares más emblemáticos de Gran Canaria. Y ahí apareció quizá uno de los elementos más sorprendentes de toda la experiencia: la enorme diversidad paisajística y patrimonial de la isla. Teror, Arucas y Agaete ofrecían tres formas completamente distintas de entender Gran Canaria.

Teror: tradición y memoria

Teror mantiene una de las identidades más reconocibles de Canarias. Sus calles empedradas, los balcones tradicionales de madera y la presencia constante de la Basílica del Pino generan una sensación de continuidad histórica muy difícil de encontrar en destinos turísticos masificados.

Pasear por Teror produce una sensación difícil de encontrar en muchos lugares turísticos. Todo parece funcionar a otro ritmo. Las pequeñas tiendas, los balcones de madera, la gente conversando tranquilamente en las plazas o el olor que sale de algunas panaderías terminan construyendo una atmósfera muy concreta, muy cotidiana y muy viva.

No es casual que muchos visitantes descubran allí una imagen completamente distinta de Gran Canaria. Frente a la visión exclusivamente turística de sol y playa, Teror revela una isla profundamente vinculada a la tradición, a la religiosidad popular y a la vida comunitaria.

Arucas: piedra volcánica y monumentalidad

Arucas produce un impacto completamente diferente. La ciudad posee una monumentalidad inesperada, marcada especialmente por la presencia de la iglesia de San Juan Bautista, construida con piedra volcánica y visible prácticamente desde cualquier punto.

La sensación visual es muy poderosa. El contraste entre el verde del norte de la isla y la arquitectura oscura genera un paisaje urbano de enorme personalidad.

Además, Arucas mantiene una relación muy visible con la historia económica de Gran Canaria. Las plantaciones, la tradición vinculada al ron y el desarrollo agrícola forman parte todavía del imaginario del municipio. Hay una mezcla muy interesante entre patrimonio histórico, paisaje y memoria industrial.

Agaete: el Atlántico en estado puro

Sin embargo, fue Agaete el lugar que terminó dejando una impresión más profunda. El municipio posee una belleza muy particular, menos monumental y mucho más ligada al paisaje natural. La llegada al valle ya resulta impactante. Las montañas parecen caer directamente hacia el océano y el contraste entre el verde del valle y el azul atlántico crea una de las imágenes más reconocibles de Gran Canaria.

Agaete transmite una sensación difícil de explicar: tranquilidad, aislamiento y apertura al mar al mismo tiempo. Hay algo profundamente atlántico en su identidad. Allí tuvo lugar una de las experiencias gastronómicas más memorables de todo el viaje.

La Casa Romántica: gastronomía, paisaje y café único en Europa

El almuerzo en La Casa Romántica terminó convirtiéndose en mucho más que una simple parada gastronómica. El restaurante, situado en el Valle de Agaete, trabaja desde una filosofía profundamente vinculada al territorio y al producto local.

El entorno ya resulta extraordinario. Rodeado de montañas y vegetación, el espacio transmite una sensación de calma difícil de encontrar. Todo parece dialogar con el paisaje: la arquitectura, la luz, los materiales y hasta el ritmo del servicio. Sin embargo, una de las cosas que más sorprenden de Agaete es descubrir que allí se cultiva café.

Puede parecer un detalle menor, pero cuando uno llega al valle y entiende el microclima de la zona, todo empieza a tener sentido. Las montañas protegen el entorno, la humedad permanece estable y se genera un paisaje completamente distinto al que muchos asocian inicialmente con Canarias. Esa conexión entre territorio y gastronomía aparecía continuamente en la experiencia del restaurante.

El menú trabajaba desde el producto canario contemporáneo, evitando la caricatura turística y apostando por una cocina elegante, cuidada y profundamente conectada con el entorno. Había una atención constante al detalle: la presentación, las texturas, la combinación entre tradición y modernidad.

Más allá de platos concretos, lo que realmente destacaba era la sensación de coherencia. Nada parecía artificial ni diseñado exclusivamente para el visitante. Existía una identidad culinaria clara.

El café ocupaba, naturalmente, un lugar central. Poder probar café cultivado en el propio valle añadía una dimensión casi simbólica a la experiencia. No se trataba simplemente de un producto gastronómico, sino de una expresión directa del paisaje. Y quizá ahí reside el gran valor de lugares como La Casa Romántica: consiguen que el visitante comprenda el territorio desde los sentidos. El paisaje deja de ser únicamente algo visual para convertirse también en sabor, aroma y experiencia.

El Club Victoria y el homenaje a Quincy Jones

El regreso a Las Palmas llevó nuevamente el festival hacia el océano. El concierto-homenaje a Quincy Jones en el Real Club Victoria tuvo además un componente emocional muy especial.

El club, situado en pleno paseo de Las Canteras, posee una ubicación privilegiada frente al mar. La playa, una de las grandes imágenes urbanas de Canarias, funciona casi como un telón de fondo permanente. La propuesta combinó la proyección de un documental dedicado a Quincy Jones con interpretaciones en directo de algunas de las músicas asociadas a su trayectoria. Más que un simple concierto tributo, la velada funcionó como un recorrido por varias décadas de música popular norteamericana. La figura de Quincy Jones permitía precisamente eso: conectar jazz, soul, funk, pop y música cinematográfica dentro de una misma narrativa.

Los músicos locales asumieron el repertorio con enorme naturalidad. Hubo momentos especialmente intensos en las piezas más vinculadas al groove y al soul, donde el público respondió con entusiasmo inmediato. Pero quizá lo más interesante fue comprobar cómo la historia de Quincy Jones servía también para explicar la propia evolución del jazz moderno y su relación con la industria cultural norteamericana.

Perchel Beach Club: virtuosismo, groove y celebración final

La clausura del festival en el Perchel Beach Club representó el momento más espectacular de todo el evento. El espacio, situado junto al mar en una de las zonas más exclusivas del sur de Gran Canaria, parecía diseñado específicamente para una noche de celebración.

El lugar impresiona desde la llegada. Piscinas infinitas, terrazas abiertas al Atlántico, zonas de descanso y una arquitectura contemporánea completamente integrada con el paisaje marítimo generan una sensación de lujo relajado muy característica del sur de la isla.

La actuación de Kike Perdomo, José Alberto Medina y Deelee Dubé elevó además la intensidad musical del festival hacia un terreno mucho más virtuoso y expansivo. Aquí el protagonismo recaía claramente en el swing, el groove y la interacción instrumental. El concierto tuvo una energía muy distinta respecto a las primeras actuaciones del festival. Todo resultaba más eléctrico, más dinámico y más orientado al impacto colectivo. Kike Perdomo desplegó un sonido poderoso y flexible, capaz de moverse entre el jazz contemporáneo, el funk y el lenguaje clásico del hard bop con enorme naturalidad. José Alberto Medina sostuvo gran parte del concierto desde un piano lleno de recursos rítmicos y armónicos, mientras que Deelee Dubé aportó elegancia vocal y presencia escénica. Todo esto, salvando diversos hándicaps técnicos que se resolvieron sin mayor problema.

El ambiente durante el último concierto era claramente distinto al del inicio del festival. Después de varios días coincidiendo con músicos, organizadores y asistentes, daba la impresión de que todo el mundo se conocía ya un poco más. Había ganas de disfrutar, de alargar la noche y de cerrar el festival con esa mezcla de cansancio y euforia que dejan los buenos encuentros culturales.

Probablemente esa sea la mejor forma de resumir el Gran Canaria International Jazz Day.

Al terminar el festival quedaba además una sensación muy clara de agradecimiento. A Dolores Rodríguez, por su cercanía, su capacidad organizativa y su manera de entender el jazz como experiencia cultural completa. A Turismo de Gran Canaria, por impulsar iniciativas que permiten descubrir la isla desde una mirada mucho más rica y profunda que la puramente turística. Y, naturalmente, a todos los músicos, técnicos, trabajadores y personas implicadas en la organización, que consiguieron que cada detalle funcionara con una naturalidad admirable.

No fue únicamente un festival de conciertos. Fue una experiencia donde el jazz apareció continuamente conectado con el paisaje, la gastronomía, la arquitectura, el turismo y la identidad cultural de la isla. Precisamente ahí residió su verdadera personalidad.

¡Comparte tus comentarios!

1 comentario en «Gran Canaria International Jazz Day: música, paisaje y sensación en una isla que respira cultura»

  1. Buen enfoque al destacar cómo un evento cultural de este tipo consigue combinar música, entorno y experiencia para generar una propuesta mucho más inmersiva y atractiva para el público.
    Hoy en día, la producción audiovisual y toda la parte técnica tienen un papel cada vez más importante en la forma en la que se viven conciertos y festivales al aire libre.
    La integración de iluminación, sonido y soluciones visuales está transformando la experiencia de los eventos culturales, creando montajes mucho más dinámicos y envolventes.

    Responder

Deja un comentario