Hay diversas formas de comunicarse desde un escenario, y no siempre pasan por la palabra. En el concierto de hoy en el Café Central, la música de Iñaki Arakistain y su cuarteto establece una conexión neurológica inmediata. Y de eso va esta noche, de telepatía musical.
Fotos: Pablo Martín
@pablommartin
Este saxofonista, flautista, compositor y productor musical vasco, que empezó tocando la flauta travesera, lleva sobre sus dedos una amplia trayectoria en la que ha cultivado un sonido propio que combina jazz con grooves, influencias brasileñas, latin funk y flamenco fusión. Ha tocado con Raphael, Paloma San Basilio, Bunbury o Ana Belén, o con bandas de jazz como la Jerry González Big Band, pasando por festivales internacionales desde Finlandia, Buenos Aires, Colombia o Nueva York. Hoy se sube al Central una vez más con un cuarteto que aúna jóvenes con un talento especial, como Kaele Jiménez al piano y Choby Santoro al bajo, y artistas más veteranos, como Diego Martín a la batería. Iñaki sabe que probablemente sea la última vez que su saxo se filtre por las paredes que recogen 40 años de historia de este emblemático local madrileño donde cuidan tan bien a los músicos. Y los demás también lo sabemos. Cada concierto de resistencia está siendo un auténtico regalo; la música en directo es efímera por naturaleza, pero, en este caso, lo es por el inevitable cierre del Café Central.
En una noche de jueves con lluvia torrencial en pleno enero, arranca el cuarteto al unísono con Casino de Oporto, al más puro estilo latin jazz, como dice Iñaki al presentar este tema y el siguiente, Monterrey (ambos propios) con el protagonismo del saxo tenor. Como buen saxofonista, está influenciado por el santo del jazz, John Coltrane, y por su conexión profunda con la tradición de Nueva Orleans, bien cosido a las notas de estos dos temas.
Al inicio, los músicos muestran un aire concentrado cada uno en su instrumento, pero eso dura poco. A los dos minutos entra potente el piano del vallisoletano Kaele Jiménez, al que mira con una sonrisa y sin quitarle la vista el baterista Diego Martín, como si intuyera que, al dejar de hacerlo, podría perderse en el vertiginoso ritmo del pianista. Empiezan las primeras exclamaciones de entusiasmo entre el público. Se va calentando el ambiente (continúa diluviando fuera) y sigue entrando gente a ocupar las mesas. Suena ahora Monterrey, que es más funky, aunque matizado por una corriente de smooth jazz.
Iba a decir que, tras un silencio, le sigue Black Samba, pero no es así; porque en el Café Central no hay silencios: todo es bullicio ameno, que forma parte del repertorio y, entre un tema y otro, se escuchan los murmullos de los asistentes, las risas, el tintineo de platos, copas y bandejas y se percibe el sereno trasiego de los camareros entre las mesas. Presenta en este no silencio Iñaki a la canaria Cristina Morales, percusionista que entra a marcar el ritmo jazz funk y más brasilero de este tema con el pandero, bajo la mirada cómplice de su compañero de percusión.
En este tema, el teclado de Kaele suena brutal, parece que se viene arriba de repente, como si no le costara esfuerzo, levantándose a ratos del sillín. Si a alguien se le estaban yendo los pensamientos a otra cosa, Kaele se los volvió a traer al presente, conectándonos en el aquí y ahora como si compartiéramos un hilo musical en complicidad rítmica con el escenario, en un tema que es divertido, sí, pero exigente y que no deja resquicios a lo intuitivo: pura técnica, ensayo y talento. Termina con la cadencia del saxo articulando suave la melodía, y le pone la puntilla a un tema con un resultado soberbio. Porque los vientos de Iñaki Arakistain, tanto en composiciones propias como en sus versiones, lideran sin exhibicionismos, producen melodías hermosas y emiten un sonido cálido, con un fraseo en el que la técnica está siempre al servicio del groove y de la comunicación con la banda.
Da paso ahora el repertorio a A night in Tunisia, versión del original de Dizzy Gillespie, con su famosa introducción de bajo que agarra con fuerza Choby Santoro, bajista, compositor y productor musical (su proyecto, Siricumbia, une culturas con su fusión entre tradiciones y emociones). Choby está acostumbrado al lenguaje universal y afronta el solo con un ritmo cadente y lleno de sentido al más puro estilo bebop que da paso al saxo lírico de Iñaki, que hilvana con elegancia sobria todo ese maremágnum de ritmos y sonidos frenéticos. Ya una no sabe dónde mirar. Porque mirar, hay que mirar, como hacen los músicos.

Presenta Iñaki a la banda y rompe la tendencia anterior con Fat Cat, tema propio con aires underground que evoca al club neoyorquino del mismo nombre, una melodía con un gancho rítmico que entra fácil, como si estuvieras jugando al billar y escuchando all time classics en ese garito. Pone la nota final Saxual, en clave de funk, con un ritmo fácilmente identificable que queda sobrevolando nuestras cabezas después de los aplausos, como el sabor agradable que paladeas después de una exquisita cena en una sobremesa con amigos. Otra de las especialidades del compositor vasco.
Para Iñaki Arakistain es importante «que los músicos toquen bien», sí, pero también establecer una relación personal con cada uno de ellos, y eso se nota. Kaele Jiménez, pianista de raíces gitanas, toca el piano desde los 4 años y está revolucionando el mundo del jazz con su oído absoluto. Sin embargo, su teclado, lejos de ser protagonista, se fusiona en perfecta armonía con el resto, reforzando el discurso colectivo y expandiéndolo. Diego Martín, consolidado baterista de estudio riguroso, parece que nació con una baqueta en la mano. Ecléctico y disciplinado, su trayectoria transita por el rock-folk, la música popular de raíz, el jazz contemporáneo y el funk, así como por el flamenco. Involucrado en varios proyectos —como el Kaele New Jazz Trío o el jazz/math rock de Copo Dúo—, es un artista tan puro y arraigado como el pandero cuadrado de su tierra castellana.
Todos han tocado otras veces en el Central, especialmente Iñaki, que lleva años reflejando sus notas en los espejos modernistas y compartiendo su fusión en esa cercanía única con el público. Aunque esta vez es diferente. Hoy hay algo de melancolía y homenaje. Los últimos conciertos de resistencia también son una metáfora de lo que supone sacar proyectos propios, como bien sabe este músico de extensa y prestigiosa trayectoria (cinco álbumes publicados, y el sexto en camino), y creer en tu arte contra viento y marea: es la resistencia de la música, que fomenta conexiones compartidas y es testigo de la simbiosis disfrutada esta noche. Como dice Iñaki, Dont´stop the music. Pues eso: que no pare la música.
1 comentario en «Groove, jazz funk y bulerías en el Café Central con el Iñaki Arakistain Quartet.»
Uno de los saxofonistas más excelentes de nuestro país y con identidad propia. Enorme Arakistain