Roberto Fonseca convierte Playa Martiánez en la celebración definitiva de la música cubana

Desde hace más de dos décadas, Roberto Fonseca (La Habana, 1975) ocupa un lugar privilegiado entre los grandes pianistas del jazz latino contemporáneo. Formado en el rigor de la escuela clásica cubana y heredero de la extraordinaria tradición pianística de la isla —de Bebo y Chucho Valdés a Gonzalo Rubalcaba—, Fonseca ha construido un lenguaje propio en el que conviven el jazz moderno, el son, el danzón, la rumba, la música afrocubana y la improvisación contemporánea.

Texto y fotos: Ezequiel Paz

35.º Festival Internacional Canarias Jazz & Más
Plaza de Playa Martiánez, Puerto de la Cruz (Tenerife)

jueves 23 de julio de 2026. 20:30h

Su proyección internacional dio un salto definitivo cuando, tras el fallecimiento de Rubén González, fue elegido por Ibrahim Ferrer para acompañarlo en sus giras, integrándose posteriormente en el universo del Buena Vista Social Club, experiencia que marcó profundamente su concepción musical. Desde entonces ha desarrollado una sólida carrera internacional con proyectos como Zamazu, Yo, ABUC y, más recientemente, La Gran Diversión, una mirada luminosa a la edad dorada de la música popular cubana, inspirada en los cabarés y las grandes orquestas bailables de las décadas de 1940 y 1950.

Ese universo sonoro fue el que presentó el pasado 23 de julio en la Plaza de Playa Martiánez, frente al océano Atlántico, dentro del 35.º Festival Internacional Canarias Jazz & Más. A las 20:30 horas, con la plaza completamente llena, Fonseca apareció al frente de una formación de siete músicos que convirtió el recinto en un auténtico salón de baile al aire libre.

Junto al pianista actuaron Felipe Cabrera al contrabajo, Ruly Herrera en la batería, Andrés Coayo en la percusión, Yurisbel Hernández en la trompeta, Jimmy “Funky” Jenks al saxo tenor y Ariel Vigo al saxo barítono. Más que una banda de acompañamiento, se trató de un conjunto perfectamente ensamblado en el que todos los músicos dispusieron de espacios para el lucimiento, con una poderosa sección de metales que aportó continuamente color, potencia y sentido del espectáculo.

Fonseca planteó desde el inicio una propuesta rompedora que trasciende las formaciones tradicionales. Su música está impregnada de teatralidad, humor, improvisación y una permanente interacción con el público. Cada tema funciona como una pequeña historia donde conviven la tradición cubana y el jazz contemporáneo sin perder nunca el carácter festivo.

Uno de los primeros momentos destacados llegó con Manimambo, una de las composiciones incluidas en La Gran Diversión. Construida sobre un irresistible pulso afrocubano, la pieza sorprendió cuando Fonseca introdujo, a modo de referencia musical, varios compases de Hey Jude de The Beatles. El guiño fue recibido con sonrisas cómplices por parte del público y demostró la naturalidad con la que el pianista integra referencias universales dentro del lenguaje musical cubano.

El concierto alternó momentos de intensa energía con pasajes más íntimos. Especialmente emotivo resultó el homenaje dedicado al Buena Vista Social Club y a algunas de sus figuras más emblemáticas: Ibrahim Ferrer, Orlando «Cachaíto» López y Omara Portuondo. Fonseca recordó la enorme influencia que aquellos músicos ejercieron sobre su propia trayectoria artística antes de interpretar«No me llores más», en un clima de profunda emoción y respeto hacia una generación irrepetible.

Sin embargo, el momento más impactante de la noche llegó con un tema ritual de inspiración yoruba en compás de 6/8, donde el concierto entró en una dimensión espiritual.

En mitad del escenario se colocó una sencilla mesa de madera que, gracias a la imaginación de Andrés Coayo, dejó de ser un elemento escenográfico para convertirse en un auténtico instrumento de percusión. Golpeando exclusivamente con las manos sobre la superficie amplificada mediante micrófonos, el percusionista fue construyendo un complejo entramado rítmico de resonancias ancestrales. Su figura, serena y solemne, evocaba la de un viejo patriarca gitano o -quizás- un babalao musical, transmitiendo oralmente una tradición centenaria.

Sobre ese hipnótico pulso en 6/8 -compás ritual yoruba por antonomasia- fueron incorporándose poco a poco el resto de los músicos, mientras Roberto Fonseca comenzaba a cantar algunos pasajes en lengua yoruba. El pianista abandonó el teclado por momentos para acompañar el canto con movimientos de danza ñáñiga y pequeños quiebros sobre el escenario, reforzando el carácter ceremonial de la interpretación. Durante varios minutos el público permaneció completamente absorto, envuelto en el universo ritual de los centros cimarrones de las serranías de Cuba en los siglos en los que el esclavismo diezmaba pueblos enteros de África para extraer mano de obra esclava que trasladaría y, las más de las veces, exterminaba en América.

Tras esa intensa experiencia llegó nuevamente el espacio para la celebración con Baila Mulata, interpretada con un sonido deliberadamente vintage obtenido mediante un Nord Electro, evocando el color de las antiguas orquestas bailables cubanas de la dorada época del filin. La interpretación estuvo salpimentada por el humor que caracterizó toda la actuación. En uno de esos momentos distendidos, la conocida frase en inglés «I’m blind but I can see» fue transformada jocosa y fonéticamente por Andrés Coayo en un castizo e improvisado Maracansí, provocando las carcajadas tanto de los músicos como del público.

El concierto concluyó con Cuando tú bailas pa’ mí, un final explosivo que terminó de convertir la plaza en una gran pista de baile. A esas alturas ya nadie permanecía indiferente. El público respondió con palmas, baile y una larga ovación que obligó a la banda a regresar varias veces al escenario.

Más allá del extraordinario nivel técnico de todos los integrantes del grupo, Roberto Fonseca volvió a demostrar que su verdadera grandeza reside en su capacidad para trocar la tradición en presente. La Gran Diversión no es- sólo- un ejercicio de nostalgia, sino una celebración viva de la cultura cubana donde el jazz dialoga con el son, el mambo, el songo, la música afrocubana y el cabaret clásico al mejor estilo Tropicana, sin perder nunca frescura ni autenticidad.

En una edición del 35.º Festival Internacional Canarias Jazz & Más marcada por la variedad de propuestas estéticas, la actuación de Roberto Fonseca dejó una de las imágenes más memorables del certamen: la de cientos de personas reunidas frente al Atlántico, disfrutando de una música capaz de emocionar, hacer introspección y, sobre todo, invitar a bailar.

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