Entrevista con David Martínez, director del Festival de Jazz de San Javier

Treinta ediciones después, pocas voces pueden analizar el presente del jazz desde una perspectiva tan amplia como la de David Martínez. Hablamos con el director de Jazz San Javier sobre programación, públicos y el futuro de los festivales.

Texto: Adrián Besada

@besagartha

Después de casi tres décadas al frente de Jazz San Javier, David Martínez ha visto transformarse la industria musical, la economía de los festivales y la forma en que el público se relaciona con la cultura. En esta conversación reflexiona sobre los retos que afronta hoy el jazz, la evolución de los festivales, la renovación de las audiencias y el delicado equilibrio entre exigencia artística y sostenibilidad. Una mirada desde la experiencia, pero también desde la convicción de que el futuro del género sigue dependiendo, por encima de cualquier tendencia, de la fuerza irrepetible del directo.

Después de casi treinta años al frente del festival, ¿qué es lo que más ha cambiado en el negocio de programar jazz y qué sigue siendo exactamente igual?

Más que hablar de mí, hablaría del recorrido del festival. Jazz San Javier camina ya hacia esas tres décadas de vida, y eso permite ver con cierta perspectiva cómo ha cambiado todo alrededor de la música.

Ha cambiado muchísimo la forma de contratar, de comunicar, de viajar y de competir por la atención del público. Antes la programación se construía con otros tiempos, con otros circuitos y con una relación más directa con determinados agentes y artistas. Hoy todo es más rápido, más global y también más complejo: los cachés son más altos, las giras se mueven de otra manera y el público tiene una oferta cultural y de ocio casi infinita.

Pero hay algo que no ha cambiado: la emoción que se produce cuando un gran músico pisa el escenario y sucede algo irrepetible. El jazz tiene esa verdad. Puedes preparar durante meses una noche, cerrar vuelos, hoteles, horarios, pruebas de sonido y toda la logística invisible de un festival, pero al final todo se decide en ese instante en el que el artista toca la primera nota y el público entiende que está viviendo algo único.

Eso sigue siendo exactamente igual. Y por eso seguimos aquí.

Da la sensación de que cada vez hay más festivales y más oferta cultural. ¿La competencia real hoy es otro festival o es la dificultad creciente para captar la atención del público?

La competencia ya no es solo otro festival. La competencia es el tiempo. La atención del público se ha convertido en el gran territorio de disputa.

Hoy una persona puede elegir entre un concierto, una serie, una cena, un viaje, las redes sociales o quedarse en casa. La oferta es enorme y además está disponible de forma inmediata. Por eso los festivales no podemos limitarnos a anunciar nombres. Tenemos que construir una experiencia, un relato y una confianza.

En San Javier tenemos una ventaja y es que el festival tiene memoria. Hay un público que sabe que aquí no viene solo a escuchar música, sino a vivir una noche de verano en el Auditorio Parque Almansa, con una programación cuidada y con una forma muy reconocible de entender el jazz. Pero esa confianza hay que renovarla cada año. Nadie tiene comprado el interés del público para siempre.

La batalla no es contra otros festivales. La verdadera batalla es seguir siendo necesarios.

En los últimos años muchos festivales de jazz han ampliado sus fronteras estilísticas. ¿Crees que eso responde a una evolución artística natural o a una necesidad para mantener la viabilidad de los proyectos?

Creo que responde a las dos cosas. El jazz, desde su origen, ha sido una música mestiza, una música que ha dialogado con todo lo que tenía alrededor: el blues, el góspel, la música latina, el flamenco, la bossa nova, el funk, el soul, el rock. Por tanto, abrir fronteras no es traicionar el jazz; muchas veces es volver a su propia naturaleza.

Ahora bien, también es cierto que un festival necesita ser viable. No podemos programar de espaldas al público. Hay que mantener un equilibrio entre la fidelidad al género, la calidad artística y la capacidad de atraer a personas que quizá no se acercarían a un concierto de jazz más ortodoxo.

En Jazz San Javier siempre hemos defendido una idea amplia del jazz. Nos interesa un festival vivo, con grandes maestros, con nuevas voces, con jazz vocal, con blues, con soul, con funk, con músicas de raíz y con proyectos que conectan con distintas generaciones.

¿Qué tendencias del jazz actual te parecen realmente relevantes y cuáles crees que están recibiendo más atención mediática que impacto artístico?

Me interesa mucho la manera en que el jazz actual está dialogando con la música urbana, con el hip hop, con el neo soul, con las músicas africanas y con las escenas jóvenes de ciudades como Londres, Nueva York o París. Hay una generación que no entiende el jazz como un museo, sino como una lengua común desde la que puede hablar de su tiempo.

También me parece muy relevante lo que está ocurriendo con muchas mujeres instrumentistas, compositoras y cantantes que están ocupando un lugar central, no como cuota ni como gesto, sino por talento, discurso y personalidad artística. El jazz gana cuando se ensancha.

Sobre las tendencias más mediáticas, intento ser prudente. A veces confundimos novedad con profundidad. Hay proyectos que tienen una estética muy potente, una gran presencia en redes y una narrativa muy atractiva, pero luego no siempre hay una voz musical suficientemente sólida detrás. Eso pasa en el jazz y en todos los géneros.

Como programador, procuro no dejarme deslumbrar solo por el ruido. Me interesa el artista que tiene algo que decir y que puede sostenerlo sobre un escenario.

Desde tu posición como programador, ¿el problema actual del jazz es de creación, de difusión o de renovación de públicos?

De creación, desde luego, no. Hay muchísimo talento. Hay músicos extraordinarios, proyectos valientes y una generación muy bien formada técnicamente, con una mirada muy abierta.

El problema está más en la difusión y en la renovación de públicos. El jazz sigue arrastrando una etiqueta injusta: la idea de que es una música difícil, elitista o reservada a entendidos. Y no es verdad. El jazz puede ser sofisticado, claro que sí, pero también puede ser emocionante, popular, físico, alegre, bailable, profundamente humano.

Ahí los festivales tenemos una responsabilidad. Tenemos que hacer pedagogía sin ponernos solemnes. Hay que invitar al público a entrar, no examinarlo en la puerta. En San Javier intentamos precisamente eso, combinar grandes nombres que atraen a un público amplio con propuestas que ayudan a descubrir nuevos caminos. El jazz no tiene que renunciar a su exigencia para acercarse a nuevos públicos; tiene que encontrar mejores caminos para llegar a ellos.

¿Hay artistas que consideras fundamentales en el panorama actual y que, sin embargo, siguen teniendo dificultades para conectar con el gran público?

Sí, muchos. Hay instrumentistas absolutamente extraordinarios que quizá no tienen una presencia mediática proporcional a su talento. El gran público suele identificar antes a una voz, a una canción o a un nombre muy consolidado que a un saxofonista, un contrabajista o un pianista de enorme nivel.

Eso forma parte de nuestro trabajo, poner luz sobre esos artistas. Un festival no debe limitarse a traer aquello que ya está validado por el mercado. También tiene que acompañar al público hacia lugares que quizá no conoce todavía.

A veces ocurre algo precioso, y es que programas a un músico que para el aficionado al jazz es fundamental, pero que para una parte del público es un descubrimiento. Y esa noche se produce una especie de revelación. La gente sale diciendo: “no sabía quién era y me ha emocionado”. Ese es uno de los grandes placeres de programar.

Cuando analizas una edición del festival una vez terminada, ¿qué dato te preocupa más: la asistencia, la repercusión mediática o la calidad artística de lo que ha ocurrido sobre el escenario?

Los tres importan, pero no pesan igual.

La asistencia es importante porque un festival público tiene que conectar con la ciudadanía. La repercusión mediática también lo es, porque ayuda a proyectar San Javier, a fortalecer la marca cultural del municipio y a situarnos en el mapa nacional. Pero si me preguntas qué es lo que más me preocupa de verdad, diría que la calidad artística.

Si la calidad baja, todo lo demás acaba cayendo. Puedes tener una buena campaña, puedes vender entradas, puedes generar interés, pero la credibilidad de un festival se construye sobre el escenario. Jazz San Javier ha llegado hasta aquí porque el público sabe que hay una exigencia artística detrás.

Una edición puede tener noches con más o menos público, más o menos eco, pero lo que no puede permitirse es perder su alma.

Los cachés internacionales han aumentado de forma considerable en los últimos años. ¿Está cambiando eso la manera de construir una programación?

Sí, inevitablemente. Los costes han subido mucho: cachés, vuelos, alojamientos, producción técnica, transporte… Todo se ha encarecido. Y eso obliga a programar con más precisión, a anticiparse más y a ser muy realistas.

Pero también te diría que esa dificultad puede ser un estímulo. Cuando no puedes resolver una programación simplemente a golpe de presupuesto, tienes que afinar más el criterio. Hay que conocer muy bien los circuitos, detectar proyectos interesantes, equilibrar grandes nombres con descubrimientos y aprovechar las giras que pasan por Europa.

Construir una programación hoy es casi como escribir una partitura, necesitas ritmo, contraste, silencios, intensidad y sentido de conjunto. No se trata solo de juntar nombres importantes. Se trata de que cada noche tenga una razón de ser. El presupuesto importa, pero el criterio importa más.

A menudo se habla del jazz como una música en buen estado creativo, pero con una presencia cultural limitada fuera de ciertos círculos. ¿Compartes ese diagnóstico?

En parte sí. Creativamente, el jazz está muy vivo. Hay una cantidad enorme de músicos explorando, mezclando lenguajes y llevando el género hacia lugares muy interesantes. Pero es verdad que su presencia cultural no siempre se corresponde con esa vitalidad.

El jazz sigue teniendo una imagen minoritaria. A veces parece que pertenece a un círculo de iniciados, cuando en realidad ha sido una de las músicas más influyentes del último siglo. Está en el cine, en la publicidad, en el pop, en el soul, en el hip hop, en la música latina, en el flamenco. Muchas personas escuchan jazz sin saber que están escuchando una herencia del jazz.

Por eso creo que hay que trabajar en dos direcciones. Por un lado, cuidar al aficionado exigente y, al mismo tiempo, abrir ventanas para que entre público nuevo. En San Javier lo tenemos muy claro. El jazz puede ser excelencia, pero también puede y debe ser celebración.

¿Qué decisiones son más difíciles hoy: convencer a un artista para venir o convencer al público para asistir?

Las dos tienen su dificultad, pero convencer al público es cada vez más complejo.

A los artistas les convence una trayectoria seria, una buena organización, un escenario cuidado y un festival que les trata con respeto. San Javier tiene un prestigio construido durante muchos años, y eso ayuda mucho. Muchos músicos saben que aquí se les escucha de verdad.

El público, en cambio, vive rodeado de estímulos. Hay que explicarle por qué merece la pena salir de casa, comprar una entrada, sentarse en un auditorio y entregarse a una música que sucede en directo y que no se va a repetir nunca igual.

La gran tarea hoy es recordar que la cultura en vivo no es un contenido más. Es una experiencia compartida. Y cuando ocurre de verdad, no hay pantalla que pueda sustituirla.

¿Qué crees que no está entendiendo el sector del jazz sobre las nuevas generaciones de oyentes?

A veces se piensa que los jóvenes no se interesan por el jazz, y creo que eso es un error. No es que no les interese; es que no siempre se les está hablando en su idioma ni desde los lugares donde ellos descubren la música.

Las nuevas generaciones escuchan sin tantos prejuicios de género. Pueden pasar de un tema de hip hop a una cantante de soul, de ahí a una banda de funk y después a un pianista de jazz si algo les emociona. No necesitan que les demos una clase magistral antes de entrar. Necesitan una puerta abierta.

El sector del jazz no debe obsesionarse con rejuvenecer el público disfrazándose de otra cosa, sino entendiendo cómo se escucha hoy. Hay que comunicar mejor, usar nuevos canales, cuidar la experiencia y, sobre todo, confiar en la inteligencia del público joven.

Si tuvieras que señalar un reto que el jazz deberá resolver durante la próxima década para seguir siendo culturalmente relevante, ¿cuál sería?

El gran reto es seguir siendo una música de libertad sin convertirse en una música encerrada en su propia tradición.

El jazz tiene una historia inmensa, y esa historia hay que respetarla. Pero respetar una tradición no significa conservarla inmóvil. Significa mantener vivo su impulso. El jazz nació de la mezcla, de la improvisación, de la escucha, del riesgo y de la conversación entre culturas. Si conserva eso, seguirá siendo relevante.

Durante la próxima década tendrá que renovar públicos, mejorar su presencia en los medios, entrar con más naturalidad en los hábitos de escucha de las nuevas generaciones y defender el directo como un espacio insustituible.

Pero no soy pesimista. Al contrario. Cada vez que ves a un gran músico joven subirse a un escenario y hacer algo verdadero, entiendes que el jazz no está mirando al pasado. Está respirando. Y mientras respire, tendrá futuro.

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