La voz mediterránea de Tonina y el talento de Michael Pipoquinha brillan en el Eivissa Jazz

La contrabajista estadounidense y el bajista brasileño deslumbran en la quinta y última noche de un festival que cierra con un lleno absoluto en el Baluard de Santa Llúcia

Texto: Pablo Sierra

El tacón de Tonina Saputo hace compás en mitad del silencio: todavía no ha sonado una nota, pero el concierto de la contrabajista acaba de comenzar. Con un groove contagioso, la hora de música que la artista que hace una década descubrió Javier Limón para el público castellanoparlante empapó los corazones de los cientos de melómanos que subieron al Baluard de Santa Llúcia.

La última noche del Eivissa Jazz confirmó que las quintas partes suelen ser buenas e, incluso, memorables. Como cuando una parte de la audiencia lanzó las gargantas para entonar el estribillo del Quizás, quizás, quizás. En el backstage, Tonina dudaba si meter algún bolero en el repertorio y, como mandan los cánones del género, mintió… a medias. Porque igual de engañoso fue la seda con la que vistió temas propios y versiones, todos oscilando entre la raíz iberoamericana, los patrones rítmicos afroamericanos y la sal mediterránea.

Tal combinación se explica revisando los orígenes del trío que comanda esta hija de angoleño y siciliana. La guitarrista, una impresionante Ivy Alexander, es de Kenia. El batería, un esplendoroso Gianco Moncada, es de Ecuador. Quizás por eso, y porque en Brooklyn, el gigantesco barrio en el que vive, Tonina suele usar el spanglish, apenas cantó en inglés. Para introducir el Como yo, una explosión pop sobre una base ligeramente cumbiera, el grupo se atrevió con los versos más famosos de La Catalina: ponme la mano aquí / ponme la mano aquí, que la tienes fría. Las grandes voces tienen alma de copla, aunque empuñen un contrabajo y se hayan criado en San Luis, Misuri. O, precisamente, por ello.

De su patria se acordó Tonina para cerrar el show, de nuevo con el bajo eléctrico caminando tónicas, para cantarle a Donald Trump un tema en la segunda lengua más hablada de Estados Unidos con el título más que elocuente: Serpiente. Fue la penúltima muesca de una actuación que terminó con una versión de Smells Like a Teen Spirit personalísima. El prólogo, un oscuro pasodoble. El desarrollo, expresividad soul. El final, fanfarria eléctrica gracias a un gran solo guitarrero. La magia del jazz es que Quintero, León y Quiroga y Cobain, Novoselić y Grohl pueden influir al mismo artista. Más que un capricho, un recuerdo de una adolescencia grunge: en el high school, la primera banda donde metió los rizos Tonina se dedicaba a tocar versiones de clásicos rockeros. Por ejemplo, Led Zeppelin.
Beleza!”, le suelta Michael Pipoquinha a Saputo, Alexander y Moncada cuando el trío baja del escenario. Luego, una catarata en portuñol: más felicitaciones, alguna apreciación y buenos deseos ante el bolo que está por venir. El bajista brasileño y la banda que le precede se conocieron un rato antes, en la prueba de sonido. La conexión fue instantánea. Pipoquinha y sus músicos –Thiago Almeida, a los teclados; Mamah Soares, en la percusión; y Renato Galv, tras la batería– también nacieron a mediados de los noventa. Es decir, están justo en la frontera de los millennials con los Z. Son nativos digitales con recuerdos –indirectos– de la época analógica.

Una mezcla que en el caso de este artista nacido en Ceará, Nordeste brasileño, se tradujo en una sesión de virtuosismo donde le sacó sonidos futuristas a un bajo de cinco cuerdas. Lo toca con la destreza de los grandes guitarristas; en la víspera, lo demostró en el Jamboree barcelonés. Vicent Tur, coordinador artístico del festival, dijo mientras escuchaba a un músico que tenía muchas ganas de programar: “Todos los bajistas de la isla que hoy no tienen bolo, están aquí… o han venido a la prueba de sonido”. Larguísimas intros precedieron los temas de Minha Pele, el primer álbum con letras cantadas de Pipoquinha. Los fragmentos en los que exhibió su voz de tenor fueron los más celebrados por la  audiencia. Abundaban sus compatriotas; alguno lo jaleó minutos antes de que comenzara el concierto cuando lo entrevió tras el escenario.
Luego, en portugués, Dalt Vila se dio una vuelta por el universo sonoro de Pipoquinha. Clamó contra el racismo con la pieza que da título al disco –a tempo de funk. Conoció a Mamãe Luiza –su madre. Tembló con baladas llenas de escenas cotidianas –hijas de su admiración por los cantautores. Rindió homenaje a Dominguinhos –acordeonista, cantor, también nordestino y rey de uno de los ritmos que más han influido en la música popular brasileña: el baião. Marcó la clave –tac, tac… tac, tac, tac.

Moviendo las caderas, el público descendió hasta la Marina y, aunque alguno se dejó caer más tarde por la jam session del JazzTa Bé, se despidió del Eivissa Jazz hasta el año que viene. La música, sin embargo, no se apagará en la ciudad. En el viaje de ida, muchos escucharon a un saxofonista callejero tocando bajo el Portal de ses Taules.

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