Jazz «de resistencia» en «la gran noche» de Antoni I. Marí

El sexteto del guitarrista ibicenco –que también se sumaa la Eivissa Jazz Experience– y el colectivo efímero de Abe Rábade firman una noche de ensueño en el Baluard de Santa Llúcia

Texto: Pablo Sierra

Los dedos de Antoni Isidor Marí descienden por el mástil de su guitarra eléctrica tocando escalas árabes a la manera del guitarrista clásico que un día fue –que, de alguna manera, sigue siendo. El público escucha con atención –en respetable silencio. Marí ya tocó ayer con The Illusions y esta noche jugueteó con sus dos vertientes en su estreno como solista en el Eivissa Jazz –un festival que le ha influido desde que era un crío para moldear sus gustos. Marí ya tocó ayer con The Illusions y esta noche jugueteó con sus dos vertientes en su estreno como solista en el Eivissa Jazz. El ibicenco –de la Vénda de Xarraca– presentó un repertorio propio, trabajado durante los últimos meses junto a algunos de los músicos con los que comparte ensayos y proyectos en Barcelona.

Oriol Vallés (trompeta), Gabriel Amargant (saxofón tenor), Guillaume Coulbois (piano), Ot Granados (contrabajo) y Rubén Bueno (batería) remaron –con grandes momentos de brillantez– para surcar las aguas en las que Marí ha querido asomarse a las ideas de varios personajes que le interesan. Hubo aproximaciones al post-bop neoyorquino de John Coltrane, homenajes al sonido Blue Note de John Henderson o una aventura onírica inspirada por una cuestión que Sygmund Freud escuchaba cuando pasaba consulta en la Viena de principios de siglo: el déjà raconté, pensamientos que los pacientes relataban por primera vez con el convencimiento de haberlo hecho antes. Como cualquier disciplina artística, el jazz no es un compartimento estanco sino todo lo contrario: Marí compaginó el Superior de guitarra con la carrera de Filosofía. Ahora, prepara una tesis doctoral. ¿Tema? El inconsciente.

El guitarrista apenas tuvo tiempo para bajarse del escenario. Mientras su sexteto bajaba sa Carrossa en busca del JazzTa Bé para arrancar la jam session con la que el festival se adentra en las madrugadas, Marí integró la Eivissa Jazz Experience. Para ello, puso a disposición del colectivo mutante dos temas de su repertorio. Una decisión que le obligó a componer a toda prisa Greixonera: una pieza rítmica, con una intro digna de éxito de James Brown, con la que quiso recordar al grease, la «grasa» con la que los negros tocaban jazz en los años previos a la conquista de los derechos civiles en Estados Unidos. Al hilo, Marí recordó que el jazz «nunca dejará de ser una música de resistencia». Y se colgó otra eléctrica al cuello. Como el título de la canción, también ibicenca. La fabricaron las manos de Manuel Marín Cano, un luthier que ha tenido que trasladar el taller que tenía en Platja d’en Bossa “por la crisis habitacional».

«Soy muy partidario de que cada intérprete cuente la intrahistoria de cada canción porque nosotros, cuando ensayamos, lo que hacemos es decodificar la música, pero desconocemos las motivaciones que hay detrás, la inspiración», dijo Rábade, el pianista que coordina la Eivissa Jazz Experience desde hace dos décadas antes de que comenzara una actuación donde el micro fue pasando de mano en mano para contar el origen de cada obra, donde el reloj de la Catedral tocó las once, donde se cantaron con optimismo versos tristes en castellano y en gallego, donde sonaron los instrumentos y las composiciones de Ramon Prats (batería), Toño Miguel (contrabajo), Eva Fernández (voz y saxo soprano), Alejandro Vargas (teclados) y guitarrista que protagonizó su «gran noche» –así la definó Rábade– Antoni I. Marí.

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