El Café Central acoge al Ariel Brínguez Quintet con Latidos, un álbum que celebra el nacimiento y la vida, descrita en un lenguaje musical que no es solo latin jazz ni música afrocubana; es un conglomerado de experiencias con una mirada libre y contemporánea.
Fotos: Pablo Muñoz

El álbum Latidos, que presenta Ariel Brínguez Quintet ante el público del Café Central, es un sentido homenaje al nacimiento y un canto a la vida. Es el cuarto álbum de este saxofonista cubano afincado en España, pero no el último: Alma en Cuba, publicado en 2024, ha sido nominado a los Latin Grammy de este año.
Ariel Brínguez, oriundo de Santa Clara, Cuba, uno de los saxofonistas y compositores más respetados del jazz latino contemporáneo, «es uno de los grandes músicos cubanos de su generación. Su profundidad y su arte están al alcance de muy pocos». No lo digo yo, lo dice Chucho Valdés, nada menos. Y es que Ariel ha tocado con músicos de la talla de Tata Güines, Changuito Quintana, Simply Red, Alain Pérez, Niña Pastori, Ketama, Paquito D’Rivera, David Murray, Omara Portuondo, Miguel Zenón y Marcus Miller, entre otros muchos, y pisa fuerte en escenarios de prestigio mundial.
Después de llevar sus Latidos desde el Monumental de Madrid al festival de Jazz de Cádiz, hoy palpita el Central al ritmo de las nanas afrocubanas según la tradición de Eliseo Grenet o Ernesto Lecuona, el legado yoruba —que aporta la espiritualidad, el poder sanador y la herencia ancestral, elementos tan importantes en el fraseo y el universo de Ariel Brínguez—, y la fusión con el jazz más moderno e innovador, cercano al frenético ritmo del bebop (antecedente inmediato del post-bop, según la crítica moderna), pero también vibra el cool jazz: más pausado, más cálido y hogareño.
El planeta interior Brínguez busca el perfeccionismo como una conexión con lo divino. Y eso a veces no entra en lo convencional. Persigue el encuentro entre los músicos, escribir un guion claro y meternos en un viaje, a ver qué sucede. Eso es lo que se respiraba en el Café Central, una velada donde el público se fue dejando mecer placenteramente en esta oda al nacimiento y a los primeros años de infancia; la expresión de la paternidad como acto de bienvenida, del relevo generacional y la trascendencia a través de temas conmovedores.
Comienza el repertorio con Almaha Shalom. A la guitarra está Álvaro del Valle, «que no es un valle, sino una selva entera», como dice Ariel al presentar a este guitarrista, compositor, productor y docente de espíritu vanguardista, cercano a la electrónica, que se inspira en pianistas para componer. En este tema, despierta sensibilidades y se lanza a un solo del que cuesta volver. Darío Gilbert, al contrabajo, es la primera vez que toca con Álvaro, aunque cuesta creerlo. Pone el pie en la tierra y sostiene el arraigo, perfectamente acompasado. El experimento funciona bien: se lanzan y conversan al ritmo que marca la «pureza total» de Marcos Cavaleiro, baterista de jazz nacido en Basilea y miembro de la Orquestra Jazz de Matosinhos desde 2007. Y, al piano, Iñigo Ruiz de Gordejuela, compositor y pianista de jazz y música improvisada nacido en Mendaro, Gipuzkoa.

Ariel ha descendido del escenario (lo hará nuevamente más tarde) y se le ve absorto, con gesto emotivo, observando esta otra creación ancestral. Cuando termina el diálogo entre los músicos, reaparece con el saxo tenor al que se acompasa rítmicamente el resto, llevando las notas hasta los rincones a los que aún no había llegado.
El repertorio de «esta sandunga galáctica», en palabras del saxofonista —que presenta a los músicos entre risas cómplices del público—, continúa con Nana de Ananda y el saxo tenor, un jazz más fluido que comienza suave hasta hacerse arrebato y se ensambla en una fusión perfectamente distribuida del quinteto, con los toques finales de la batería y la guitarra, antes de dar paso a Orún, bellísima pieza donde se pasa al saxo soprano con una cadencia de latido agudo, dulce y melódico que se va acelerando para animar el espíritu, y que finaliza con un solo de Ariel que es entrega absoluta, una fiesta en la que le sigue la batería y la guitarra mientras el saxo baila y el público, que mantenía la respiración, exhala emocionado al último soplo. Termina el concierto con Latidos, tema que da nombre al álbum, un guateque donde laten todos al unísono, con ritmo in crescendo, llevando cada instrumento al apogeo trepidante de miles de pulsaciones por segundo, un despliegue incluso físico, con el movimiento del cuerpo sacando el alma en cada nota con otro final apoteósico del saxo y, por último, el bis Ver un ángel (no incluido en el álbum), para calmar el latido frenético y descansar los sentidos.

Se dan, pues, bienvenidas y despedidas en otro de los «conciertos de resistencia» de este invierno. Porque este repertorio celebra la vida nueva, sí, pero también la herencia musical que determina la trayectoria de Ariel Brínguez, quien procede de una prestigiosa estirpe en su Cuba natal. Su tatarabuelo, José María Ochoa, gran músico de la ciudad de Holguín, compuso una marcha fúnebre, El último adiós, para que se tocara en su deceso. Una alegoría simbólica que conecta este álbum de inicio a la vida con el dignísimo gesto final de su antepasado.
Los latidos nos marcan el ritmo a modo de recordatorio del tiempo que transcurre entre el inicio y fin de una actuación, o de la vida, de que todo empieza y acaba. Al igual que lo hace durante el concierto la calidad sonora, la curiosidad y el mundo espiritual de este saxofonista que tan bien sabe transmitir su experiencia vital. Porque vivir también es un acto de resistencia.