Los festivales no solo programan conciertos. También ordenan un relato, fijan una mirada y, a veces, revelan una manera de entender la música. La jornada inaugural del 49º Festival de Jazz de Getxo tuvo mucho de eso.
Fotografías cedidas por @getxokultura
No fue únicamente un excelente arranque de edición. Fue también la confirmación de una línea artística que comienza una nueva etapa con una declaración de intenciones nítida: abrir con jazz español, hacerlo con ambición y recordar que nuestra escena atraviesa un momento de extraordinaria madurez creativa. Se agradece. Y en un festival con la historia, el prestigio y la capacidad de prescripción de Getxo, se agradece aún más.
Este es, además, el primer año de Mario Benso como director artístico del festival, recogiendo el testigo de un queridísimo Iñaki Saitua, figura esencial para entender la identidad de Getxo Jazz en las últimas décadas. Benso hereda un legado sólido, pero la primera jornada ya dejó entrever algo más importante que una simple continuidad: una voluntad de cuidar ese legado sin renunciar a imprimir una mirada propia. Y esa mirada se percibió desde el primer compás. El festival arrancó con fuerza, sí, pero también con criterio, colocando en el centro a dos de las voces más personales del jazz español actual, Daniel García y Moisés P. Sánchez, unidos no solo por la coincidencia en el cartel, sino por una relación artística y humana que terminó funcionando como uno de los hilos invisibles de toda la jornada.
La tarde comenzó en la Plaza de Algorta con Daniel García, encargado de abrir la sección Tercer Milenio en uno de esos conciertos al aire libre que recuerdan que el jazz también pertenece al espacio público, al paseo y a la escucha compartida. García no planteó el concierto como una presentación cerrada de un proyecto concreto, ni siquiera de The Hero’s Journey, su nuevo trabajo, cuyo recorrido en solitario al piano comenzará previsiblemente en 2027. Lo que ofreció fue, más bien, un recorrido por algunos de sus trabajos más recientes, una suerte de mapa de su universo creativo, suficiente para confirmar que estamos ante uno de los pianistas más singulares de nuestra escena.

El segundo capítulo de la noche trasladó el foco a Muxikebarri y al Concurso Europeo de Grupos de Jazz, una de las señas de identidad del festival. Conviene reivindicarlo así: no como un apéndice de la programación, sino como una herramienta real para que nuevas propuestas encuentren visibilidad, espacio y recorrido. En ese contexto compareció Saúl Andreu Quartet, finalista de una edición que ha contado con más de 40 propuestas a valorar y que vuelve a poner sobre el escenario a una generación joven con mucho que decir. Andreu, trompetista aragonés afincado en Barcelona y formado en la ESMUC, presentó una propuesta sólida, ambiciosa y muy bien pensada, pero sobre todo defendida con una actitud excelente para un contexto como este: con decisión, con personalidad y sin caer en la tentación de tocar para gustar de inmediato. Su trompeta dejó ver a un músico bien definido, con un sonido cálido, una expresividad contenida y una forma de frasear que parecía buscar más la construcción del discurso que el golpe de efecto. Hubo en su liderazgo una serenidad muy elocuente, poco común en músicos jóvenes: la de quien confía en la música, en la escritura y en el grupo antes que en el gesto.
Sus composiciones se desarrollaron con amplitud, dejando espacio para que la improvisación respirara sin romper nunca la lógica interna del repertorio. Sonaron ecos de hard bop, armonías afrocubanas, brasileñas, contemporáneas y una clara voluntad de construir un sonido propio. Daniel Palací, al piano, dejó algunos de los pasajes más inspirados del set, con un discurso elegante, imaginativo y narrativamente muy sólido, siempre atento a hacer crecer las piezas desde dentro. Entre ambos se intuía una complicidad musical muy fértil: la trompeta de Andreu proponía y el piano de Palací recogía, expandía o desmentía esas ideas con una naturalidad que daba al grupo una sensación de cohesión muy valiosa. Más allá del resultado del concurso, el cuarteto dejó la impresión de una propuesta seria y con identidad.
El cierre de la noche, a cargo de Moisés, terminó de darle forma a esas primeras fotografías del festival. El pianista madrileño presentó en Muxikebarri buena parte de Dedication II, un trabajo que dialoga con aquel Dedication grabado hace más de dos décadas en Nueva York y que hoy suena menos como una secuela que como una relectura vital y musical de su propio camino. Si el primer volumen tenía algo de cuaderno de búsqueda, este segundo aparece como la obra de un creador plenamente dueño de sus recursos, capaz de integrar tradición jazzística, escritura contemporánea, pulsión rítmica y libertad formal dentro de un lenguaje absolutamente personal.
La propuesta se desplegó como una gran suite, como una obra de largo aliento en la que cada pieza prolongaba la respiración de la anterior. Y ahí estuvo una de las grandes virtudes del concierto: en la continuidad del relato, en la sensación de unidad, en esa manera de hacer que la complejidad nunca se perciba como un gesto intelectual, sino como una necesidad expresiva. El quinteto sonó con una cohesión admirable, pero también con esa clase de delicadeza que solo aparece cuando los músicos no se limitan a tocar juntos, sino que se escuchan de verdad.
Javier Vercher volvió a confirmar que posee uno de los sonidos más personales del saxo español, ¡estuvo brutal!, con un sonido lleno de materia, de sombra y de luz, capaz de decir mucho incluso antes de que la frase termine de dibujarse. Sus intervenciones encontraron siempre el equilibrio entre la tensión y el lirismo, entre el impulso de la improvisación y la paciencia de quien sabe dejar respirar una idea. Toño Miguel sostuvo la arquitectura del concierto con una autoridad silenciosa e incuestionable, haciendo del contrabajo no solo un soporte armónico y rítmico, sino una corriente subterránea que daba profundidad a todo lo que ocurría encima. Naima Acuña trabajó desde el detalle, la energía y el color, desplegando una batería atenta a la textura, elegante, comprometida con el pulso interno de cada sección y a esa clase de matiz que no reclama protagonismo, pero cambia el paisaje entero.

También hubo emoción cuando Moisés dedicó Dedication II a Michael Pérez Cisneros, ingeniero de sonido recientemente fallecido y figura importante en la historia del primer Dedication. Y hubo, además, algo más silencioso pero igualmente significativo sobrevolando toda la noche: la complicidad entre músicos que se escuchan, se respetan y se acompañan de verdad. No es un detalle menor que Shayan Fathi haya estado presente en la grabación y la mezcla de los nuevos trabajos de Daniel García y de Moisés P. Sánchez. Tampoco lo fue a ver, al final del concierto, a Daniel y al propio Fathi escuchando desde el patio de butacas la actuación de Moisés. Unos músicos atendiendo a otro. Unos artistas celebrando el momento creativo de otros. Una escena sencilla, pero enormemente elocuente.
Quizá ahí estuvo la mejor noticia del primer día de Getxo Jazz. Comprobar que el festival ha empezado con mucha fuerza, sí, pero también con una idea muy clara de lo que quiere celebrar en esta nueva etapa. No solo grandes conciertos, sino una escena española en plena forma, capaz de ofrecer discursos muy distintos sin perder un fondo común de complicidad, respeto y ambición artística.