La tercera jornada del Getxo Jazz reunió la solidez de dos jóvenes propuestas internacionales con la actuación inolvidable de Charles Lloyd, protagonista de una noche marcada por la creatividad y la emoción.
La tarde arrancó en Algorta con Idle Moments, un proyecto multinacional que reúne a músicos de Australia, Bélgica, Estados Unidos y España, y que llegaba a Getxo gracias a la colaboración con la escena jazzística de Bélgica. El quinteto venía además avalado por el primer premio del B-Jazz International Contest de Lovaina, un reconocimiento que ayuda a situar el buen momento de una banda joven que empieza a moverse por circuitos internacionales.

Formado por Emiel Verneert (trompeta), Nikita Sipiagin (saxo alto y soprano), Genius Wesley (batería), Joan Codina (bajo) y Max Teakle (piano), Idle Moments dejó la impresión de un conjunto cohesionado, más interesado en el equilibrio interno de las piezas que en la exhibición individual. En ese engranaje, Max Teakle tuvo un papel especialmente importante: su piano sostuvo buena parte del discurso armónico del grupo, ordenó transiciones y aportó claridad en los momentos en los que la música pedía abrir espacio o cambiar de dirección. No fue un piano invasivo, sino muy útil para dar forma al sonido colectivo.
También tuvo mucho peso Genius Wesley, con una batería muy presente, de pulso firme y gran capacidad para activar la música sin romper su fluidez. Más que por la espectacularidad, destacó por cómo empujó el discurso desde dentro, marcando acentos, tensando el ritmo y dando al grupo una sensación constante de movimiento.
La trompeta y el saxo de Verneert y Sipiagin se movieron con solvencia dentro del sonido del quinteto, bien integrados en el conjunto y sin buscar imponerse por encima de la escritura. Más allá del premio y del carácter internacional del proyecto, lo que dejó Idle Moments fue la impresión de una banda seria, con un lenguaje contemporáneo bien asimilado y con margen evidente para seguir creciendo.
Después, en Muxikebarri, llegaba nuevamente el turno del Concurso de Grupos con Frame, cuarteto italiano formado en 2025 en Bolonia. El grupo: Vincenzo Giulio Bosco al piano, Alberto Bonora al saxo alto, Sergio Mariotti al contrabajo y Francesco Benizio a la batería, se presenta como una formación que toma la tradición jazzística como punto de partida para empujarla hacia terrenos propios, entre el soul-jazz, el groove, el hard bop y una pulsión más abierta hacia la experimentación. Y eso fue, precisamente, lo que dejó su paso por Getxo: un grupo con ideas, con ambición y con una identidad todavía en construcción, pero ya claramente perceptible.
El arranque con “No Questions” fue algo tímido, pero ya dejó ver varias de las constantes del concierto: momentos de experimentación, cortes y pausas muy discursivas, un fraseo que por momentos parecía buscar la interrupción y el repliegue antes que la afirmación frontal, y un trabajo de la base rítmica muy atento al detalle. No fue un comienzo rotundo, pero sí revelador. La banda parecía querer entrar en materia sin prisa, tanteando el espacio, dejando que el discurso se armara desde dentro. Hubo conversación entre saxo y piano, una base que sostuvo con criterio y una sensación de que la pieza funcionaba casi como declaración del método compositivo: más interesada en la interacción, la textura y el desarrollo interno que en el golpe de efecto inmediato.

Las dos versiones del repertorio ayudaron a situar mejor las coordenadas del grupo. “Pinocchio”, de Wayne Shorter, apareció como una elección natural: por su lógica fragmentada, por su escritura llena de recodos y por ese tipo de tensión melódica que exige tanto precisión como libertad. Frame la llevó a su terreno con cortes marcados, una base rítmica flexible y un enfoque muy discursivo, subrayando más el carácter conversacional de la pieza que su mera filiación hard bop. En el cierre, “Vashkar”, de Carla Bley, abrió otra puerta: la de una sonoridad más suspendida, más atmosférica y ambigua, donde el grupo se sintió especialmente cómodo explorando un lenguaje más abierto, casi cinematográfico por momentos. La elección de Bley no fue casual: conectaba con la parte más libre y más imaginativa del cuarteto.
Entre las composiciones propias, “Out of Place” fue seguramente uno de los momentos más interesantes del set. La pieza de Sergio Mariotti arrancó con una introducción sugerente, con el contrabajo dialogando con el piano y el arco generando un clima de cierta extrañeza, casi como una escena suspendida. Ahí el grupo encontró una de sus mejores zonas de la noche: un espacio de tensión contenida, de construcción atmosférica, donde la música parecía avanzar más por insinuación que por afirmación. La composición tiene personalidad y una idea sonora muy clara; quizá no todo terminó de asentarse con la misma solidez en su desarrollo, pero dejó una impresión nítida de búsqueda real, de voluntad de construir paisaje y no solo forma.
Durante el concierto aparecieron varios de los rasgos más visibles de su propuesta: una base rítmica creativa, capaz de sostener los pasajes más ortodoxos como los más abiertos; un piano muy convincente, expresivo y especialmente lúcido a la hora de introducir nuevas secciones y ordenar las transiciones; y un saxo que fue de menos a más, con momentos de verdadera expresividad. La batería, por su parte, aportó pegada, tensión y empuje, si bien en algunos pasajes su presencia, robusta, pidió quizá un mayor control dinámico para no saturar el discurso.
En el contexto de un concurso, esa combinación de ideas, resueltas con valentía y búsqueda ya es un valor importante.
Y entonces llegó Charles Lloyd. A sus 88 años, el saxofonista de Memphis sigue apareciendo en escena no como una leyenda a la que se aplaude por su historia, sino como un músico en plenitud expresiva, con una capacidad asombrosa para convertir el tiempo en sonido. Lo suyo en Muxikebarri no fue una actuación testimonial ni un ejercicio de prestigio: fue un concierto de una intensidad emocional y una carga musical descomunales, uno de esos momentos que alteran la percepción del tiempo y dejan al público suspendido en un silencio casi reverencial. Lloyd venía además de publicar Figure in Blue, un nuevo doble álbum en Blue Note que vuelve a confirmar su insaciable curiosidad musical.

Desde el primer minuto quedó claro que el concierto iba a moverse en un territorio especial. Lloyd no dijo una sola palabra en toda la actuación. No hizo falta. Entró, tocó y dejó que la música hablara con una elocuencia imposible de traducir del todo. Solo en dos ocasiones levantó el saxo en señal de agradecimiento. Bastó ese gesto mínimo. La audiencia estaba completamente hipnotizada.
El tejido musical que construyen Raghavan y Sumbry bajo el vuelo melódico de Lloyd, es extremadamente profundo, humano. Hay una tensión constante en la base, una forma de agitar el terreno sin romper nunca el pulso interno de la música. Sobre esa vibración, Lloyd aparece y desaparece, flota, resuelve, invoca. Su tránsito entre saxo y flauta travesera fue magistral: en ambos registros se movió con una autoridad conmovedora, sin una sola concesión, con solos extensos, medidos, llenos de sentido. Con muy poco, una nota sostenida, un giro melódico, una respiración convertida en frase, fue capaz de hacernos vibrar a todos.
Uno de los momentos más conmovedores de la noche llegó con “La Llorona”, convertida en sus manos en una plegaria suspendida, de una delicadeza devastadora. Lloyd la abordó desde un lirismo desnudo, dejando que cada nota respirara, sin precipitar nada, como si la melodía avanzara sostenida por una emoción antigua. Fue uno de esos instantes en los que el auditorio entero pareció contener el aliento.
Pero si Lloyd es el centro espiritual de esta música, Gerald Clayton fue en muchos momentos su gran interlocutor. Su piano funcionó como anclaje lírico del cuarteto: delicado cuando hacía falta, arquitectónico cuando la forma reclamaba claridad, y siempre atento al aire de cada frase. No saturó nunca el espacio; al contrario, supo abrirlo. Hubo una intervención suya de una belleza tan extrema que el propio Lloyd terminó limpiándose las lágrimas de los ojos. La escena fue de una fragilidad desarmante: un maestro con más de seis décadas de carrera, todavía conmovido por lo que escucha a su lado, todavía vulnerable ante la música. Pocas imágenes explican mejor lo que ocurrió en el escenario.
Raghavan sostuvo y tensó el discurso con enorme inteligencia, mientras la batería de Sumbry aportó una energía abierta, intuitiva, nada convencional, capaz de empujar la música sin clausurarla nunca. En ningún momento se sintió la distancia generacional entre Lloyd y sus acompañantes; más bien al contrario: daba la impresión de que esa juventud mantenía la música en un estado de alerta permanente, de descubrimiento continuo. Todo sonaba vivo, presente, libre de nostalgia.
Y cuando parecía que el concierto ya había dicho todo lo que tenía que decir, Charles Lloyd volvió al escenario para regalar dos bises. Fue la confirmación de algo que se había percibido durante toda la noche: estaba a gusto, agradecido por la acogida del público getxotarra, cómodo en ese silencio atento y reverencial que se había creado en la sala. Sin necesidad de verbalizarlo, se notó que había conexión; que el concierto no se cerraba por compromiso, sino por generosidad. Esos dos últimos regalos terminaron de sellar una actuación que ya era memorable.
Hay conciertos que se recuerdan toda la vida. Para mí, este fue uno de ellos. Fue un recital de una belleza extrema, de esos que te dejan sin herramientas críticas porque la música deja de ser solo una sucesión de piezas para convertirse en una experiencia física que te remueve todo. Algunos acabaron llorando. Y quizá no haya mejor manera de decirlo que con la frase de mi admirado compañero Pablo Sanz, que resumió el momento con una precisión imposible de mejorar: “Esta música llega a dolerte”.
1 comentario en «Día 3 Getxo Jazz 2026: “Charles Lloyd hipnotiza Getxo con un concierto de extrema belleza”»
Pedro, para mí también, «que se recuerdan toda la vida»- y eso que ya llevamos unos cuantos-, realmente inolvidable y con dos bises, Rabo de nube y La llorona que quizás sean el más acertado, emotivo y mejor de los «encore» que yo haya escuchado nunca. Sin duda que Venezuela sobrevolaba el ambiente.