E-jazz #10: Lucía Martínez

Texto: Daniel Román

@romanro.daniel

Fotos: Mario Burbano

«un granito de arena que me ayudo a soñar,

cuando me sumergí para encontrarte»

(Paul Celan, De umbral en umbral)

Una aproximación excepcional para una experiencia excepcional: habitualmente estas entregas para E-jazz se articulaban a partir de una entrevista. En este caso concreto, escribo sin el recurso de la biografía y me ajusto al recuerdo —imágenes sonoras— del concierto realizado por la baterista, improvisadora y compositora Lucía Martínez en el Auditorio Nacional. Escribo para desahogarme en el sentido de detener la falta de aire. El aire que se atora por terror o noticias luminosas. También para alivianar con palabras el peso de lo cotidiano. Los medios quieren unas cosas y yo, singularmente, suelto otras. No pasa nada. Escribir no puede ser una inversión o una vuelta de mano. O un favor o una concesión. Sirve porque no sirve nada más que para entrar en circulación con aquello que circula, devolver el estertor por otros medios. Puro gusto y necesidad —lo erótico es el motor—: «la elección es o inteligencia deseosa o deseo inteligente», afirma el filósofo de la naturaleza (270, Aristóteles. Gredos 1993, Madrid).

«Más cositas» —así dice el casero de la charcutería cuando compro un cuarto de jamón—: me ciño a lo escuchado en el concierto y a mis impresiones. Esto es música gallega —y valga la distinción entre torsiones de un género por su propio desarrollo histórico, versus la mera superposición de estilos—, con músicos alemanes en una conformación en los vientos más bien de la tradición docta, con un DJ y Lucía componiendo y comandando. Esto es grande, me digo a mí mismo. Luminoso, porque parece indicar un camino para entender lo propio y su amplísima complejidad identitaria, en diálogo con géneros que han sabido sostenerse en su propia línea estilística. Otra distinción necesaria: la relación de lo folclórico con lo identitario lleva a lo folclorizante, a la re-representación. Pero trascendiendo el concepto hacia uno más bien epistemológico, planteo que los pueblos piensan lo sonoro y no se autoperciben desde el concepto occidental de identidad. El análisis, en consecuencia, adquiere otro espesor, puesto que se plantean otros objetivos: de lo sonoro al pensamiento y no del tópico al significado. Hago una mención necesaria sobre el guitarrista —Ronny Graupe— que me parece que, afortunadamente, abandonó los leaks, el sonido etéreo tan en boga por estos lados, tan post-rosenwinkeliano, y el resultado es un discurso mas cercano al desarrollo de cierto expresionismo, con materiales de improvisación elaborados antes desde el motivo que desde la tradición del bebop, pero que engarza un fraseo que sorprende por su frescura y libertad; la guitarra limpia, a bajo volumen y armónicamente compleja, deslumbra,  tanto como los arreglos y el concepto que se logra en términos texturales. Lucía vive en Berlín y supongo que su proyecto, incluso allí, es absolutamente fresco: ¿hay algo así en Madrid? ¿una escena que logre sobreponerse a la intemperie sangrienta del «bolo»? al chantaje de ¿«o tocas aquí, en estas condiciones, o no tocas»? El poeta Jorge Teillier decía: «Sí, elegí el invierno y el marchitarme sin ruido no debe entristecer a nadie». Porque para llegar ahí —al auditorio Nacional con jazz de vanguardia— hay que componer, ciertamente, pero también hay que echar horas de ensayo con proyectos que aquí parecen nacer muertos y donde nadie quiere participar: demasiado tiempo para tan poca recompensa.

Vuelvo con Lucía, con orgullo, porque hay una filigrana transparente que separa el roquerío. Porque pese a todo, como las flores que nacen entre los adoquines, alguien se acerca a lo que soñó ser, a la música que le urge por deseo, o necesidad, o por necesidad deseante. Hablaré de música, la trompa, el clarinete bajo, el groove, «La lengua de las mariposas», la lengua gallega, lo que resiste, como el profesor de la película o el mismo Sócrates. «Morir por pensar», el libro de Quignard, o «Butes» del mismo autor, el que sigue el canto de las sirenas sabiendo que el mar es oscuro e ingrato. Intentaré entrevistar a Lucía y, tal vez, proponga otro texto que me llevará a otros lugares. De momento intento gestionar el estado del mundo, los solos de batería de Lucía, su voz, su lengua, el contraste entre lo que consideramos «buen jazz» aquí y lo que consideran «buen jazz» «allá». Porque, y con esto cierro, el jazz por venir no se trata más de intentar pertenecer al género imitando y folclorizando a Coltrane o Parker o imaginándonos afroamericanos en Brooklyn, o copiando al guitarrista de turno, sino viajar a lo profundo de la imaginación —con sus mentiras y delirios— y construir, así, honestamente, con aquellas reiteraciones rítmicas del alma en el desvelo, la música que siempre soñamos escuchar: la música que, induciendo una metodología creativa, inspire hacia otros universos y transforme, como las gotas de agua que horadan la roca, el obtuso presente estético del jazz y el todavía mas conservador y criminal estado del mundo. Desde la nimiedad hasta la fractura.

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