Fotos: Mario Burbano
«un granito de arena que me ayudo a soñar,
cuando me sumergí para encontrarte»
(Paul Celan, De umbral en umbral)
Una aproximación excepcional para una experiencia excepcional: habitualmente estas entregas para E-jazz se articulaban a partir de una entrevista. En este caso concreto, escribo sin el recurso de la biografía y me ajusto al recuerdo —imágenes sonoras— del concierto realizado por la baterista, improvisadora y compositora Lucía Martínez en el Auditorio Nacional. Escribo para desahogarme en el sentido de detener la falta de aire. El aire que se atora por terror o noticias luminosas. También para alivianar con palabras el peso de lo cotidiano. Los medios quieren unas cosas y yo, singularmente, suelto otras. No pasa nada. Escribir no puede ser una inversión o una vuelta de mano. O un favor o una concesión. Sirve porque no sirve nada más que para entrar en circulación con aquello que circula, devolver el estertor por otros medios. Puro gusto y necesidad —lo erótico es el motor—: «la elección es o inteligencia deseosa o deseo inteligente», afirma el filósofo de la naturaleza (270, Aristóteles. Gredos 1993, Madrid).


Vuelvo con Lucía, con orgullo, porque hay una filigrana transparente que separa el roquerío. Porque pese a todo, como las flores que nacen entre los adoquines, alguien se acerca a lo que soñó ser, a la música que le urge por deseo, o necesidad, o por necesidad deseante. Hablaré de música, la trompa, el clarinete bajo, el groove, «La lengua de las mariposas», la lengua gallega, lo que resiste, como el profesor de la película o el mismo Sócrates. «Morir por pensar», el libro de Quignard, o «Butes» del mismo autor, el que sigue el canto de las sirenas sabiendo que el mar es oscuro e ingrato. Intentaré entrevistar a Lucía y, tal vez, proponga otro texto que me llevará a otros lugares. De momento intento gestionar el estado del mundo, los solos de batería de Lucía, su voz, su lengua, el contraste entre lo que consideramos «buen jazz» aquí y lo que consideran «buen jazz» «allá». Porque, y con esto cierro, el jazz por venir no se trata más de intentar pertenecer al género imitando y folclorizando a Coltrane o Parker o imaginándonos afroamericanos en Brooklyn, o copiando al guitarrista de turno, sino viajar a lo profundo de la imaginación —con sus mentiras y delirios— y construir, así, honestamente, con aquellas reiteraciones rítmicas del alma en el desvelo, la música que siempre soñamos escuchar: la música que, induciendo una metodología creativa, inspire hacia otros universos y transforme, como las gotas de agua que horadan la roca, el obtuso presente estético del jazz y el todavía mas conservador y criminal estado del mundo. Desde la nimiedad hasta la fractura.