El centenario de John Coltrane suena a saxo con aire gaditano: Antonio Lizana en Recoletos

Recoletos Jazz, en Madrid, reúne a cinco figuras del jazz para conmemorar los cien años de John Coltrane. Entre ellas, el cuarteto del músico y compositor Antonio Lizana.

Texto y fotos: Olga Muñoz

@olgamunozmar

Hay una idea bastante aceptada de que los homenajes nunca llegan a tiempo o que, en todo caso, no se celebran a tiempo para el artista que los recibe. El 23 de septiembre de 1926 nacía en Hamlet, un pueblecito de Carolina del Norte, John Coltrane, una de las figuras más influyentes de la historia del jazz. Y medio mundo se ha lanzado a recordarlo con tributos que van desde la recuperación de la casa donde residió en Huntington (Nueva York) para construir un museo, hasta los lanzamientos conmemorativos de su discografía pasando, por supuesto, por diversos conciertos en distintos puntos del planeta. Recoletos Jazz, en pleno centro de Madrid, no ha querido ser menos y celebra el centenario reuniendo este mes de septiembre y principios de octubre a cinco artistas excepcionales: Perico Sambeat, Jorge Pardo, Antonio Lizana, Ariel Brínguez y Luis Verde.

A las 20:00 h del 16 de septiembre, Antonio Lizana Quartet abre el primero de sus dos conciertos entre luces malvas, un piano blanco marfil, el dorado de su saxofón, las mesas bajas y la luz tenue de las lámparas de mesa. Arranca este cuarteto en una sala con las entradas agotadas. Recoletos Jazz se consolida noche tras noche como uno de los epicentros de la música en directo de la capital, después de reubicarse en el subsuelo del hotel del mismo nombre, con un aforo de hasta 85 personas, donde se come, se bebe y se escucha música con el tintineo de platos y vasos de fondo y el devenir imparable de silenciosos camareros. Al más puro estilo de club de jazz.

A Antonio Lizana, que ha vuelto a su Cádiz natal después de diez años fuera, le gusta que la contemporaneidad de sus canciones sea reconocible, tenga sello propio, que la música dibuje un paisaje claro. Posee además ese don concedido a pocos de manejar con igual naturalidad el saxo y la voz: como dice su paisano Javier Ruibal, no se sabe muy bien si es un cantaor que toca el saxo o un saxofonista que canta.

El gaditano, formado en Musikene, que ha publicado hasta la fecha cinco álbumes y que ha compartido música con nombres como Chano Domínguez, Shai Maestro o José Mercé, ha sido uno de los pocos artistas españoles que han grabado un Tiny Desk Concert para NPR. En 2026, su imparable actividad internacional le ha llevado de Tokio a Nueva York en un vertiginoso recorrido en el que participa en festivales, imparte seminarios y colabora en diversos proyectos. Entre uno de los más recientes está el que comparte con el trompetista francosuizo Erik Truffaz, con quien llegará el próximo 17 de octubre al histórico Ronnie Scott’s de Londres. Entre sus referentes conviven el flamenco de Camarón, Paco de Lucía o Enrique Morente, influencias orientales y el jazz de Charlie Parker, Perico Sambeat y, oh, sorpresa, John Coltrane.

Abre Antonio Lizana con Naima y unos martinetes y después toma la palabra. Dice el artista, compositor y letrista de San Fernando (Cádiz) que Coltrane fue el culpable de que se enamorara de este instrumento, y que de jovencito tenía dos pósteres en casa: uno de Coltrane y otro de Camarón de la Isla. El público (compuesto por gente de Madrid, extranjeros, amigos y asiduos del local) ya ve un poco el hilo por donde va a empezar a tirar la noche. Añade que es a la vez un orgullo y una alegría —pero también una gran responsabilidad— ponerse a tocar la música que se hizo de manera tan profunda y tan vibrante y que, con este cuarteto, decidieron llevarlo a su terreno y mezclar ese jazz luminoso, complejo y serpenteante de Coltrane en un particular tributo. Así, procede a presentar al resto de acompañantes, que define como «sus músicos favoritos del paisaje nacional»: Moisés P. Sánchez (piano), Reinier «El Negrón» Elizarde (contrabajo) y Manuel de la Torre (percusionista, arreglista y multiinstrumentista que ha trabajado con Andrés Barrios y comparte proyecto con la bailaora Sara Sánchez).

Con un repertorio de grandes temas de Coltrane, que incluye un vertiginoso A Moment’s Notice, y un tema compuesto por Antonio Lizana, el cuarteto va introduciendo el son flamenco en el jazz modal de Coltrane. ¿O es al revés, es Coltrane el que se cuela en el flamenco? Podría ser ambos, pues dice Lizana que es una música compuesta desde el mismo sitio, aunque sea desde paisajes diferentes. Y ahí está la clave: compaginar dos geografías musicales. Coltrane nació en Carolina del Norte; Lizana viene de Cádiz. Uno llega del góspel, el blues, el bebop y el jazz; el otro lleva dentro, además del jazz, compases y maneras del flamenco más hondo y personal.

John Coltrane desarrolló durante la década de 1960 un creciente interés por África, su cultura y su espiritualidad. El cuarteto acomete Liberia y Lizana la lleva a su propio terreno. Arranca su voz diciendo «Ya perdí toda esperanza de romper estas cadenas, de nacer culpable, quizás nací ya culpable» y suena el flamenco, el quejido, el grito del cante jondo. «Perdí todita la esperanza», canta; y luego empuña el saxo, que suena profundo; sube, baja, languidece y se enrosca como los grilletes de esas cadenas de las que habla; el contrabajo arrastra hacia el suelo todo el peso de la pena y el piano acompaña la fuerza grave del contrabajo y de los golpes a machete de la percusión, y termina levantando el vuelo hacia la alegría.

El piano de Moisés P. Sánchez (compositor, productor musical y arreglista que ha sido nominado a los Grammy Latino por su disco Unbalanced: concerto for ensemble) suena frenético en cascada. Después, se abre de nuevo el saxo y se siente al Lizana más puro, en toda su esencia. «Te fuiste y no te vi más, mi alma se rompe en mil trozos».

Lizana le pone letra a Coltrane: «Aunque ya no estás te puedo oír, te puedo sentir, parece que el tiempo ha congelado las horas», canta, exhala, toma aire y empuña y sigue con el saxo para rematar. Toma fragmentos, los modifica y los encadena en esa espiral tan coltraniana. Combina el saxo soprano, con su registro brillante, que Coltrane convirtió en una parte fundamental de My Favorite Things, con el sonido profundo del saxo tenor. «Estamos inaugurando la primera de las dos noches», habla de nuevo, «y es un placer extra, estamos disfrutando muchísimo, espero que ustedes también», y el público arranca otro aplauso con oles y bravos.

Ha pasado ya una hora. Abren las palmas de Antonio y Reinier acompañando a la percusión. La espiral vuelve hacia arriba y se crea una tensión vibrante, de enorme energía entre el público, que pasa del embelesamiento al arrebato en cada arranque, cada cambio de acorde, de tema, de silencio.

Es el turno del solo de Reinier «El Negrón» Elizarde, contrabajista cubano nacido en Santa Clara (Villa Clara) y formado en la Escuela Nacional de Arte y el Instituto Superior de Arte de La Habana, que ha colaborado con figuras como Chucho Valdés, Jerry González, Niño Josele y Paquito D’Rivera. Establece un juego con el batería. Se miran e improvisan un dueto sobre algo muy trabajado y muy sabido. Antonio se apoya en el piano y observa sonriendo, disfrutando.

Seguidamente, entona «Como eterna es la fuente de nuestro amor soy aquello que me vio nacer y traigo la memoria de lo que fue», se arroja a los brazos del saxo y el Negrón sonríe. El piano y el saxo se van alternando en un toma y daca modal que recuerda a la función de McCoy Tyner, el pianista y compositor que formó parte del Coltrane Quartet desde 1960 a 1965, en un diálogo con el saxofón de Lizana en el que alternan melodías, ascienden, se enganchan por las cortinas y vibran alrededor de las mesas como esa famosa espiral de Trane. A su vez, el bajo y la batería hacen de ancla a tierra; son el peso que sujeta los acordes y los ata a las patas de las sillas para que no se pierdan. Todo es una improvisación colectiva, entendiendo improvisación como el trabajo previo, el bagaje individual y la densidad de la narrativa musical sobre la que conversan.

En este club de jazz vamos no solo hacia atrás en el tiempo (hasta se puede uno imaginar el humo denso de una sesión de Coltrane), sino también entre culturas musicales que se dan la mano y se fusionan. No hay nada mejor que rendir tributo desde la esencia de donde uno es; vaya viaje entre Cádiz y Carolina del Norte. Seguro que Trane lo habría gozado.

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