A sus más de siete décadas de carrera, Paquito D’Rivera sigue explorando territorios donde las fronteras entre estilos se desdibujan. Con motivo de su próximo concierto el 27 de abril en el Auditorio Nacional de Música, el músico presenta un proyecto que pone en diálogo el jazz, la música clásica y las tradiciones latinoamericanas en un formato íntimo y arriesgado.
Hablar con Paquito D’Rivera es adentrarse en una forma de entender la música como un lenguaje sin compartimentos estancos. A lo largo de su trayectoria, marcada por su paso por Irakere y por una prolífica carrera internacional, el músico cubano ha defendido con naturalidad la convivencia entre la improvisación jazzística y la tradición académica. En su próxima cita en el Auditorio Nacional de Música de Madrid, ese ideario se materializa en un concierto concebido como un espacio de encuentro entre mundos sonoros, en el que confluyen el repertorio clásico, el swing y los ritmos latinoamericanos.
Acompañado por un trío poco convencional, y con la participación de músicos de gran versatilidad, D’Rivera propone una experiencia que trasciende etiquetas y pone el acento en la comunicación directa con el público. En esta entrevista, reflexiona sobre la fusión de estilos, la interculturalidad como motor creativo y el papel de la improvisación en su lenguaje musical, ofreciendo también una mirada lúcida sobre la formación y el futuro del jazz.
En este concierto propone un diálogo entre la música clásica y el jazz. ¿Qué te sigue fascinando de ese encuentro entre mundos aparentemente tan distintos?
Pues sí, el concierto del día 27 de abril en el Auditorio Nacional. Es un concierto muy especial, porque en ese concierto hay realmente un diálogo entre la música clásica, lo que llaman la música de concierto, y el jazz. Pero también está mezclado un poco con música cubana, música latinoamericana en general. Es una fusión de todo eso. Es un concierto muy “ellingtoniano”.
Duke Ellington decía que solamente hay dos tipos de música: música buena y esa otra cosa, como le llamaba a él. Nunca especificó cuál era esa otra cosa. Eun mundo que se ha mezclado varias veces, desde Benny Goodman, Ali Shaw… Por lo general, los músicos que cultivan el jazz se han interesado por la música clásica y viceversa.
Pero si quieren saber lo que vamos a hacer, es conveniente ir ahí.
Has defendido durante toda tu carrera la integración del jazz dentro de la tradición clásica. ¿Crees que hoy el público está más preparado para entender esa fusión que cuando comenzó?
La integración o la relación entre el jazz y la música clásica es un fenómeno muy agradable, puedo decir eso. Y yo pienso que es normal. Por ejemplo, yo lo vivo desde mi casa, de una forma muy sencilla. Mi mujer es una soprano, típicamente clásica. Ella hace ópera y zarzuela y cosas así. Tiene una formación totalmente clásica. Pero ella solamente oye jazz en casa y yo casi exclusivamente escucho música sinfónica y música brasileña. Es un intercambio muy natural
Quiero decir que es fácil para mí. Viene muy naturalmente el mezclar estilos musicales.
Este formato de trío con Pepe Rivero y Sebastián Laverde plantea una sonoridad muy particular. ¿Qué posibilidades expresivas te ofrece esta formación?
El trío con Pepe Rivero y Sebastián Laverde, y también nuestro invitado especial, que es Antonio Serrano, salió de casualidad. Estábamos ensayando, esperando que vinieran los demás músicos para una grabación que íbamos a hacer. Y nos quedamos solos.
Piano, vibráfono y yo, con el saxofón y el clarinete. Nos gustó mucho lo que se lograba con eso, lo que logramos hablar entre nosotros tres sin tener una sección rítmica. De ahí salieron cosas tan interesantes que decidimos dedicar un tiempo de nuestra carrera a experimentar con ese formato, que es como hacer trapecio, pero sin la malla de protección.
En tu biografía encontramos una constante: tender puentes. Desde Irakere hasta tus proyectos actuales, ¿qué papel juega hoy la interculturalidad, la identidad, en tu música?
Tender puente ha sido la historia de mi vida. Me gusta conocer lo que sucede del otro lado, en otras culturas. Me gusta, cuando voy por ahí, escuchar lo que otra gente toca, para ver si lo puedo añadir. Además vivo en una ciudad multicultural. Yo pienso que lo que se llama la interculturalidad es como retroalimentar nuestra propia identidad. Es muy divertido.
También soy una persona muy curiosa y el añadir cosas a mi propia identidad me enriquece; además me encanta.
Has compartido escenario con figuras como Dizzy Gillespie, que sigue siendo un ídolo o una leyenda jazzística. ¿Qué aprendizajes de esos encuentros siguen presentes en tu forma de hacer música?
Dizzy Gillespie fue una persona muy importante en mi carrera casi desde la niñez. Recuerdo el primer disco que escuché de él, que no era de él, era de Charlie Parker. Fue mi primer disco de Charlie Parker, y Dizzy estaba tocando el piano en ese disco. Porque según me contó él mismo, el pianista no fue a la sesión. No sé qué pasó, pero no fue. Entonces el que tocó la trompeta fue Miles Davis y Dizzy tocó el piano.
A través de esto él me explicó de la importancia que había tenido el piano en su propio desarrollo. Fue un aprendizaje siempre el escuchar hablar a Dizzy, era una persona a la que yo guardo muy profundamente en mi corazón.
Este concierto en el Auditorio Nacional de Música tiene algo de especial por su acústica y su tradición. ¿Cómo influye el espacio en tu manera de interpretar? ¿Supone alguna diferencia a hacerlo en un festival o en un club?
El Auditorio Nacional es un sitio muy especial. Su acústica es particular; ya en la prueb, nos dimos cuenta que no hace falta microfonar, suena todo muy bonito. El teatro como que te responde a lo que uno pregunta. Es un sitio muy especial y por eso hemos preparado una forma de tocar muy especial.
Tu carrera combina virtuosismo técnico y una gran capacidad comunicativa. ¿Qué importancia tiene “contar algo” al público más allá de la perfección musical?
Bueno, yo tengo un terror a la palabra virtuosismo. Cuando se refieren a un músico como virtuoso, a mí me pone muy nervioso porque a veces son gente que toca demasiadas notas. Pero el virtuosismo, las posibilidades técnicas, es como un arma. Eso es para usarlas cuando hace falta, pero no para estar disparando por todo el barrio, disparando a las bombillas en el parque o al pájaro de la vecina.
Sirve para algo. Es bueno tener el arma por si acaso hay que defenderse. Y la comunicación con el público es importante. Yo tenía un amigo que decía siempre que no se trata tando de hablar en sí, sino de ser entendido. Eso es lo que yo trato, que la gente entienda la historia que yo quiero contar. Y pienso que lo mismo sucede con los tres maravillosos músicos que me acompañan en el Auditorio Nacional.
Como compositor, has trabajado tanto en jazz como en música de cámara. ¿Dónde encuentras hoy más libertad creativa: en la escritura o en la improvisación?
El jazz y la música de cámara -o música clásica, o música erudita o académica, como quieran llamarle- son dos formas distintas de interpretar la música, el arte de los sonidos. Por supuesto, en la música improvisada, uno tiene más libertad. Pero es una libertad controlada; tiene que saber usted lo que está haciendo. Porque si no, se convierte no en libertad, sino en libertinaje. Esto último, por lo general, no funciona.
Son dos estilos musicales completamente diferentes, dos conceptos musicales totalmente distintos. Pero a mí me cuesta trabajo tocar un programa completo si no tengo algún espacio para improvisar. Siempre busco la forma de improvisar en algún momento.
Por ejemplo, me encanta tocar el trío de Brahms. Ese maravilloso trío que tiene para clarinete, violonchelo y piano. Yo lo toco tal y como lo escribió Brahms, haciendo mi propia interpretación y ya. Pero siempre busco algo donde introducir mi voz, mi lenguaje y, en definitiva, mi improvisación.
Para los músicos que están comenzando—especialmente aquellos interesados en el jazz—, ¿qué consejo darías sobre la formación musical en un mundo cada vez más saturado de estímulos?
Primero escuchar. Es más importante escuchar que hablar. Siempre.
Yo empecé copiando los solos que hacían grandes músicos, como Benny Goodman o Charlie Parker. Cualquiera que toque, que sea un buen improvisador, empieza transcribiendo esos solos hasta que llega un momento que haces tu propio solo. El estudio de la armonía también. El jazz y cualquier tipo de música está basado en progresiones armónicas.
Después que saques los solos, que los transcribes, ve a ver el ciclo armónico que tiene. Y trata de hacer tu propio solo sobre eso. Llevo transcribiendo solos desde hace más de 70 años, y seguiré haciéndolo, aprendiendo de otra gente.
1 comentario en «Entrevista con Paquito D’Rivera: «Tender puente ha sido la historia de mi vida»»
FAntástica entrevista a esta leyenda viva, será un disfrute ver su concierto en Madrid, entre clásica, jazz y latin jazz.Mil gracias a esta publicación que siempre nos recomienda lo mejor del panorama jazzistico nacional e internacional.
Enhorabuena y graciass