Festival de Jazz de Vitoria: “Hoy jugamos en casa” Iosu Izaguirre, Gretchen Parlato y Take 6. Tres maneras diferentes de entender la música

El Festival de Jazz de Vitoria alcanzaba su tercer día de conciertos en el Palacio Europa. Antes habían pasado por allí Amaro Freitas Trio y Jazz Underground.

Texto: Pedro Andrade

@pedroandracifu

Fotos: Alejandro Sanz

@a_kind_of_light

Miércoles 15 de julio.

Esta vez llegaba el turno de Iosu Izaguirre, que presentaba en casa Ilusio (2025). Antes del concierto apenas hubo tiempo para cruzar unas frases durante la prueba de sonido. Le pregunté por su concierto en Getxo, donde no pude verle unas semanas antes. “Muy a gusto”, respondió mientras seguía pendiente de que todo estuviera en su sitio. Antes de despedirnos sonrió y me dijo:

Hoy jugamos en casa”.

No era una frase hecha. Jugar en casa significa que entre el público está tu padre, Jesús, con 94 años; que buena parte del vestíbulo, al terminar, parece más una reunión familiar que un festival; y que el público no solo escucha tu música, sino que conoce los locales de ensayo y los garitos donde la has escrito.

Con Rubén Salvador (trompeta), Pablo Ramos (saxo alto), Asier Iturbe (trombón), Koldo Uriarte (piano) y Aitor Bravo (batería), formando un sexteto de una cohesión admirable, Izaguirre presentó Ilusio sin caer en la tentación del lucimiento permanente. Su contrabajo sostenía la arquitectura mientras los demás iban ocupando y decorando las habitaciones. Un líder que entiende que dirigir no consiste en hablar más alto.

Había, además, otro concierto entre tema y tema.

Las explicaciones iban alternándose entre euskera y castellano. Confieso que hubo momentos en los que perdí parte del relato. Menos mal que hoy uno lleva un traductor en el bolsillo. Nunca imaginé que acabaría utilizando el móvil para seguir las presentaciones de un concierto de jazz. Funcionó sorprendentemente bien. Eso sí, bajé el brillo al máximo para no molestar a mis vecinos de butaca.

Gracias a ese improvisado intérprete pude descubrir que «Isiltasun Ituna» (Pacto de silencio) hablaba, si alguna vez tuviera letra, de esos secretos que todo el mundo conoce y nadie reconoce conocer; que la vida es un tango y un blues y que, ya puestos, merece la pena bailarla. La composición también era una declaración de intenciones. Un largo solo de contrabajo abrió el concierto con calma, sin artificios, antes de que el walking sostuviera el discurso del sexteto. Los vientos fueron incorporándose casi como personajes que entran en escena uno a uno, construyendo una melodía de enorme elegancia mientras la base rítmica permanecía inmutable. Era una forma de decir que aquí nadie iba a correr.

Después llegó «Lau Nota Memorian», nacida de cuatro notas escuchadas hace más de treinta años durante un concierto de Kepa Junkera junto a Dulce Pontes. Vivimos convencidos de que las buenas ideas deben producirse a la velocidad de una notificación. Iosu necesitó tres décadas para descubrir qué hacer con aquellas cuatro notas. Quizá la memoria siga siendo una forma de composición mucho más fiable que la prisa. La composición comenzó con un aire europeo antes de dejarse seducir por un motivo  latin jazz. El diálogo entre el saxo y el contrabajo fue uno de los momentos más inspirados del concierto, antes de que Koldo Uriarte firmara un solo de piano lleno de luz y la sección de viento empujara el tema hacia un final exuberante, de esos que levantan sonrisas sin necesidad de elevar el volumen.

Con «El logro del ogro» apareció el humor. Contó cómo una compañera de grupo comenzó a llamarle “Ogro” por su severidad en los ensayos. La historia terminó de la manera más improbable: hoy comparten casa, una hija y escenario. “Si aplaudís mucho, luego la veréis cantar”, anunció. El público obedeció. Ella apareció en el bis. Conviene escoger bien los motes; algunos duran toda la vida y tienes que, por el valor sentimental que van adquieriendo, incluirlos en tu disco.

La música acompañaba perfectamente el relato. «El logro del ogro» respiraba soul y blues desde el primer compás, con un trombón especialmente inspirado y un piano que parecía caminar tranquilamente por alguna calle vitoriana. No era una pieza para demostrar velocidad, sino para dejar espacio a la melodía.

Hubo también espacio para el recuerdo con «A los que se fueron», una elegía inspirada en Charles Mingus y dedicada a quienes la pandemia nos arrebató sin despedida. Aquí el sexteto mostró otra de sus virtudes: la capacidad de sostener la emoción sin caer en el dramatismo. Los vientos dibujaban largas líneas melódicas mientras el piano mantenía una atmósfera de blues contenido. Por momentos recordaba a aquellas procesiones lentas de Nueva Orleans donde la tristeza y la celebración terminan caminando juntas.

También hubo espacio para el agradecimiento con «Son Mantxo», homenaje al pintor vitoriano Santos Iñurrieta. Izaguirre recordó cuánto había aprendido observando cómo el artista construía sus cuadros: del aparente caos iban emergiendo personajes, paisajes y color. La composición pretende recorrer ese mismo camino. Aprovechó, además, para lanzar una reflexión que merecería quedar flotando sobre la ciudad: quizá Vitoria todavía tenga una deuda con uno de sus pintores más singulares. Aquí la web del artista a la que también hizo mención el contrabajista: https://santosinurrieta.com/

Fue probablemente la composición más abierta de la tarde. Comenzó entre ritmos casi tribales y texturas más abstractas, como si realmente quisiera partir del caos del que hablaba Iosu. Aquí sí se permitió un solo de contrabajo más desarrollado, demostrando que nunca necesita tocar muchas notas para decir mucho. Después llegó un brillante solo de batería de Aitor Bravo, que modeló los cambios de intensidad con una enorme riqueza de timbres antes de devolver el protagonismo al conjunto.

Pero la verdadera declaración de principios llegó con «Nostalgia in Kutxa Square».

La pieza está dedicada al Abisinia, un pequeño bar situado a apenas quinientos metros del Palacio Europa. Allí, explicó, cualquiera puede llamar a la puerta y preguntar si puede tocar. No te preguntan cuántos seguidores tienes, ni cuántas escuchas acumulas, ni si eres tendencia. Simplemente buscan una fecha. “Ahí nace la magia”, vino a decir. Después cargó, con la serenidad de quien no necesita levantar la voz, contra la fiebre de los macroeventos y esas entradas de cientos de euros compradas dos años antes casi por deporte. El jazz, y probablemente toda la música, sigue cocinándose en las salas pequeñas, hay que cuidarlas.

Musicalmente era una de las piezas más expansivas del repertorio. La percusión marcaba un pulso tribal mientras los tres vientos alternaban pasajes al unísono con pequeñas respuestas entre ellos. El guiño a Mingus aparecía más como una actitud que como una cita: una música que mira hacia la tradición sin dejar de sonar profundamente contemporánea.

La reivindicación continuó al terminar el concierto. Pidió al público que comprara discos y camisetas porque las plataformas de streaming apenas sostienen a quienes hacen la música. “Aunque no tengáis reproductor, el CD siempre sirve para espantar palomas”. Probablemente sea la campaña de merchandising más honesta, más audaz y también más descarnada que he escuchado nunca sobre el estado de la industria musical actual.

El bis llegó con «Tiempos nuevos, tiempos salvajes», de Jorge Martínez (Ilegales). Sin guitarras y con unos arreglos de viento que transformaban el original sin desdibujarlo, Virginia de la Casa apareció para poner voz a una versión donde el rock adquiría una inesperada elegancia jazzística. El solo final de Koldo Uriarte terminó de redondear una despedida tan festiva como emotiva. El círculo quedó perfectamente cerrado.

Después del check-in en el hotel me fui corriendo a Mendizorrotza, que inauguraba los conciertos de la noche con dos propuestas vocales bien diferentes: Gretchen Parlato y Take 6.

Parlato posee un dominio técnico extraordinario. Su afinación es impecable, frasea con una naturalidad envidiable y su voz parece deslizarse entre los instrumentos sin alterar jamás el equilibrio. La banda que la acompañaba respondió con la misma elegancia. Todo funcionaba.

Quizá demasiado.

Canciones como «Landslide», «If It’s Magic» de Stevie Wonder, «Butterfly» de Herbie Hancock o «Never Come Down» construyeron un paisaje de enorme delicadeza, pero también de una uniformidad casi hipnótica. Los tempos apenas cambiaban, las dinámicas permanecían siempre contenidas y las composiciones parecían compartir un mismo estado de ánimo.

No era un mal concierto. Era un concierto incapaz de sorprender.

Hubo un pequeño cambio de color cuando el contrabajista dejó su instrumento para acompañar con la guitarra en «If It Was» e «It’s You», acercando momentáneamente la propuesta a la canción de autor. Pero incluso entonces todo permanecía cuidadosamente contenido, como si cualquier exceso emocional estuviera prohibido por contrato.

Musicalmente era un concierto impecable. Emocionalmente, bastante más discutible.

La sensación era la de contemplar una acuarela pintada con un único color. Muy bella, muy elegante… pero siempre dentro de la misma gama cromática.

Parlato parece sentirse más cómoda acariciando las canciones que desafiándolas. Para quienes entendemos el jazz como un espacio donde siempre puede ocurrir algo inesperado, se echó en falta ese pequeño sobresalto. Una nota fuera del camino previsto. Un silencio incómodo. Un solo que haga pensar que el músico ha decidido olvidarse del guion durante unos segundos. Esta vez no llegó.

No fue un concierto fallido, de ninguna manera. Fue un concierto que admiré bastante más de lo que disfruté. Hay una diferencia importante entre ambas cosas.

Después de tanta contención, Take 6 irrumpió como si alguien hubiera abierto de golpe todas las ventanas del recinto.

La energía cambió de inmediato.

El sexteto estadounidense entendió desde el primer minuto cuál era su papel en la noche: despertar al público. Y lo hizo con una facilidad admirable. Bastaron un par de canciones para que Mendizorrotza abandonara el clima contemplativo heredado de Parlato y empezara a responder con palmas, sonrisas y ese movimiento de hombros que anuncia que el concierto ya no se está escuchando únicamente con la cabeza.

Take 6 lleva más de cuatro décadas haciendo exactamente esto. Y se nota.

Las seis voces funcionan con una precisión extraordinaria. Construyen armonías complejísimas, intercambian melodías con absoluta naturalidad y convierten cada arreglo en una demostración de sincronía. La afinación resulta casi insultante. Hay momentos en los que cuesta creer que todo aquello salga únicamente de gargantas humanas.

Aunque, en realidad, no siempre era así.

Lejos de la imagen purista que suele asociarse a un grupo vocal, Take 6 recurrió en varios momentos a bases rítmicas y secuencias pregrabadas que reforzaban el sonido. No todo era estrictamente a cappella. Aquellas bases aportaban cuerpo a las canciones y acercaban el espectáculo a un formato más próximo al gospel, el soul y el pop contemporáneo que al jazz vocal más ortodoxo. Puede que algún purista torciera el gesto, pero también es cierto que contribuían a mantener intacta la energía del concierto.

Y esa energía fue, precisamente, su mayor virtud.

Las versiones fueron sucediéndose con naturalidad, desde «Got to Get You Into My Life» hasta «Stand by Me», pasando por guiños al blues, al gospel y al repertorio de Al Jarreau, una figura fundamental en la historia del grupo. Entre canción y canción no faltaron las bromas, los mensajes optimistas, las invitaciones a participar y esa cercanía tan característica de las formaciones acostumbradas a convertir cualquier escenario en una celebración.

El público respondió con entusiasmo.

Porque hay conciertos que invitan a reflexionar y otros que simplemente invitan a pasarlo bien. Ninguna de las dos opciones es mejor que la otra.

Sin embargo, mientras avanzaba el recital aparecía una sensación difícil de ignorar. “El show” funcionaba exactamente como debía funcionar: cada armonía, cada movimiento, cada entrada, cada sonrisa, cada discurso. La maquinaria era tan perfecta que, por momentos, el virtuosismo acababa ocupando el lugar de la sorpresa. Uno terminaba admirando el mecanismo más que preguntándose qué iba a ocurrir después. Quizá sea el precio de llevar cuarenta años haciendo algo extraordinariamente bien.

Y, aun así, sería injusto reducir el concierto a esa observación. Pocos grupos son capaces de mantener semejante nivel vocal durante más de una hora sin que aparezca una sola grieta. Lo suyo sigue siendo una demostración de oficio al alcance de muy pocos.

Mientras abandonaba Mendizorrotza pensaba que, en realidad, los tres conciertos habían respondido a una misma pregunta.

¿Qué esperamos de la música? ¿Que nos deslumbre? ¿Que nos conmueva? ¿Que nos haga bailar?

Gretchen Parlato eligió el camino de la belleza contenida. Take 6, el del espectáculo y la celebración. Iosu Izaguirre escogió otro mucho más difícil: el de contar quién es a través de sus canciones.

Y quizá por eso, al hacer memoria de la jornada, no fueron los pasajes más virtuosos los que permanecían en mi cabeza. Volví a una frase escuchada horas antes en el Palacio Europa:

“Hoy jugamos en casa”.

A veces un concierto consiste exactamente en eso: en conseguir que, durante un par de horas, todos los demás también sintamos que estamos jugando en casa.

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