Festival de Jazz de Vitoria: Kris Davis firma la gran noche del festival; Irene Reig consolida su voz y Sun Ra mantiene el ritual.

Kris Davis abrió la jornada en el Palacio Europa presentando Lost in Geneva, un trabajo que verá la luz el próximo mes de septiembre y que confirmó por qué atraviesa uno de los momentos más brillantes de su carrera.

Texto: Pedro Andrade

@pedroandracifu

Fotos: Alex Sanz

@a_kind_of_light_

Jueves 16 de julio

Hace apenas unos días, la revista DownBeat la eligió mejor pianista del año, por delante de nombres como Craig Taborn, Brad Mehldau o Sullivan Fortner. El dato no es menor. Tampoco que el Festival de Jazz de Vitoria la hubiera programado muchos meses antes de ese reconocimiento. Una vez más, el festival demuestra que no necesita esperar a que los premios legitimen a los artistas para apostar por ellos.

Lo que ofrecieron Kris Davis, Robert Hurst y Johnathan Blake fue, sencillamente, un conciertazo. No por el virtuosismo entendido como exhibición, sino por la enorme sensación de libertad que transmitía el trío. Lost in Geneva, The Subtext, Congestion Pricing o Little Footsteps sirvieron como puntos de partida para un discurso que parecía reinventarse continuamente. Las composiciones estaban escritas, sí, pero respiraban como si acabaran de nacer sobre el escenario.

Una de las grandes virtudes del concierto fue comprobar hasta qué punto los tres músicos funcionan como una auténtica comunidad al servicio del sonido. No hay jerarquías visibles ni acompañantes de lujo. Cada decisión nace de la escucha mutua. Esa confianza permite que los temas se abran constantemente hacia improvisaciones donde el free aparece como una posibilidad latente y no como un fin en sí mismo. La tensión crece, parece que todo va a romperse y, de pronto, los tres regresan al tema con una naturalidad desarmante.

Kris Davis posee una combinación poco frecuente de imaginación, elegancia y dominio técnico. Puede construir un paisaje delicadísimo con apenas unas notas, preparar el piano para extraer nuevos colores tímbricos o descargar toda la energía física sobre el teclado, llegando incluso a golpearlo con el codo cuando la música lo exige. Pero no hay un gesto gratuito. Incluso en los momentos de mayor contundencia permanece intacta esa sensación de control que distingue a los grandes músicos.

Si Kris Davis imaginaba los paisajes, Hurst y Blake les daban profundidad. El contrabajista alternó el pizzicato con el arco y llegó incluso a incorporar efectos electrónicos que ampliaban todavía más el espectro sonoro. Blake, por su parte, firmó una actuación sencillamente prodigiosa. Su capacidad para pasar de la delicadeza absoluta con las escobillas a explosiones rítmicas de una energía desbordante fue uno de los grandes acontecimientos de la tarde. Sus solos, siempre musicales, siempre construidos con sentido, contagiaban de energía al resto del grupo.

Tan importantes como los estallidos fueron las transiciones. Pocas veces un trío administra con tanta inteligencia el silencio, los cambios de dinámica y esos pasajes casi suspendidos donde la música parece quedarse flotando antes de encontrar un nuevo camino. Ahí reside buena parte de la grandeza de Kris Davis: convertir la incertidumbre en un elemento expresivo y hacer que el público la disfrute.

La respuesta del Palacio Europa terminó siendo la mejor medida del concierto. El público pasó del silencio casi reverencial a una ovación que mezcló aplausos, silbidos y gritos de entusiasmo. No ocurre todos los días. Y menos con una propuesta que exige tanto al oyente. Precisamente por eso resultó tan estimulante comprobar que el riesgo, cuando está sostenido por tres músicos de semejante nivel, sigue siendo una de las experiencias más gratificantes que puede disfrutar un aficionado.

Tras semejante demostración de elegancia, el traslado a Mendizorrotza situaba al público ante un escenario completamente distinto. Irene Reig presentaba Ànima, un disco construido alrededor de una suite que explora distintas etapas emocionales que confirma el excelente momento que atraviesa una generación de músicos españoles que ya no necesita compararse con nadie para justificar su presencia en los grandes festivales.

Reig posee un sonido ya reconocible. Redondo, cálido y de una limpieza admirable. Desde los primeros compases de la Suite Ànima quedó claro que su prioridad no era impresionar, sino construir su discurso. Los cuatro movimientos de la obra: Felicitat Continguda, Atzucac, Centauras y Release, fueron apareciendo como capítulos de una misma historia, enlazados con naturalidad y sin necesidad de subrayar cada cambio de paisaje. Había ecos de música clásica, contrapunto, melodías de raíz popular y balada y un jazz contemporáneo perfectamente integrado en un discurso que nunca sonó forzado.

A su lado, Xavi Torres volvió a demostrar que es uno de los pianistas más inspirados del panorama nacional. Sus intervenciones tenían la rara virtud de detener el tiempo. Bastaban unas pocas notas para modificar el clima del cuarteto y abrir nuevas posibilidades antes de devolver el protagonismo al saxo. Pau Sala, siempre elegante, construyó un contrabajo expresivo, sin una sola nota de más, mientras Andreu Pitarch sostuvo la arquitectura rítmica con inteligencia y sensibilidad, entendiendo que el pulso también puede construirse desde la sutileza.

Hubo momentos de gran belleza, especialmente en los pasajes más desnudos de la suite y, más adelante, en La bassa o Mai vaig pensar en tu, donde el cuarteto confirmó una compenetración musical evidente. Antes de continuar con la segunda parte del repertorio, Irene Reig agradeció al público la escucha paciente. No era una cortesía vacía: la Suite Ànima, con sus cuatro movimientos, había ocupado más de veinte minutos de música sin concesiones, exigiendo una escucha atenta. Y el público respondió, el público de Mendi siempre responde.

En la música de Irene Reig hay trabajo, escucha y una búsqueda constante. Ànima evidencia a una compositora que se atreve con estructuras cada vez más ambiciosas y un discurso que quiere construir un relato de largo recorrido. También confirma que va encontrando una voz propia, reconocible y cada vez más sólida.  Su propuesta estaba bien pensada, bien resuelta, aunque apetecía quizás ver cómo reaccionaba esa música cuando dejaba de obedecerse a sí misma durante unos instantes.

La presencia de Irene Reig vuelve a decir mucho de la identidad del Festival de Jazz de Vitoria, que continúa apostando por músicos que están escribiendo el presente del jazz nacional y europeo. No es una cuestión de cuotas ni de proximidad geográfica; es una cuestión de criterio.

La noche terminó con la Sun Ra Arkestra, y hablar de este grupo siempre obliga a separar el mito de la realidad. La leyenda permanece intacta. La formación que vimos en Vitoria, inevitablemente, pertenece ya a otra época.

Quince músicos aparecieron sobre el escenario envueltos en túnicas brillantes, referencias faraónicas y estética cósmica. La imagen sigue funcionando. También la actitud. Desde los primeros compases quedó claro que aquello no iba de ofrecer un concierto convencional, sino de invitar al público a entrar en un universo propio donde el swing, el free jazz, los ritmos afros, el blues y las marching bands de Nueva Orleans conviven sin pedir permiso. Sonaron piezas como Holiday for Strings, Space Idyll, Baby Won’t You Please Be Mine, Saturn, Stardust, Yesterdays o Somebody Else’s Idea, interpretadas con esa libertad que siempre ha definido a la Arkestra.

Hubo momentos realmente disfrutables. Cuando el grupo abandonaba el caos más deliberado y aparecían los guiños al swing o al blues, la maquinaria encontraba una inercia contagiosa. La banda bajó a tocar entre el público, las sonrisas fueron sustituyendo a la solemnidad inicial y el concierto terminó convertido en una celebración colectiva. La energía nunca decayó y ese entusiasmo, después de más de setenta años de historia, sigue siendo admirable.

Pero también hay que decir que la Arkestra actual se encuentra muy lejos de aquella formación que revolucionó el jazz en los setenta. Quedan rastros de aquella aventura musical, destellos reconocibles de un lenguaje que cambió la historia del género, pero hoy aparecen casi como recuerdos entrañables de una revolución pasada. Hay algo profundamente respetable, incluso emocionante, en contemplar cómo ese legado continúa vivo, aunque sea bajo otras formas.

El principal problema llegó por el sonido. Varios solos se perdieron en la mezcla, algunos metales aparecían excesivamente resquebrajados y el conjunto, por momentos, transmitía una sensación de fragilidad que restaba fuerza a una propuesta que necesita precisamente claridad para que su aparente caos revele el extraordinario orden interno que lo sostiene. Esa aspereza tímbrica, unida a una afinación irregular en algunos pasajes, sobre todo cuando se animaban a cantar, terminó desluciendo una actuación que, por concepto, sigue siendo única.

Sin embargo, reducir el concierto a esas limitaciones sería injusto. La Sun Ra Arkestra continúa defendiendo una idea del jazz que no busca agradar, sino abrir puertas. Puede que ya no conserve el impacto rupturista de sus años fundacionales, pero mantiene intacta la convicción casi utópica de entender el escenario como un lugar donde todavía es posible imaginar y habitar otros mundos posibles. Quizás mundos cercanos a las estrellas, como terminaron diciendo  finalmente los abuelos faraónicos mientras salían del escenario haciendo un trenecito entrañable.

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