Mi llegada a Castelsardo coincidió con la primera aproximación a la particular manera en que Musica sulle Bocche entiende la experiencia de un festival.
Fotos: Attila Kleb
Venía desde España con la curiosidad de quien busca músicos y territorios sonoros poco transitados, y con esa sospecha que se instala después de algunos años siguiendo la escena europea y que confirma, una vez más, que todavía queda muchísimo por escuchar.
Castelsardo ha sido un lugar maravilloso para continuar explorando. El pueblo se levanta sobre la roca frente al golfo dell’Asinara, bajo la presencia del castillo, y a medida que cae la tarde el Mediterráneo empieza a mezclarse con las calles, las murallas y las terrazas. Aquí el paisaje no funciona como una escenografía añadida al concierto sino que forma parte de él. La acústica, la luz, la distancia entre un lugar y otro y hasta el movimiento del público modifican la percepción de la música.
Fundado en 2001 y dirigido artísticamente por Enzo Favata, Musica sulle Bocche ha convertido esa relación con el territorio en una de sus señas de identidad. La programación se desplaza por iglesias, plazas, puertos y espacios naturales, pero lo verdaderamente interesante está en lo que ocurre cuando esas localizaciones entran en contacto con músicas que llegan de lugares muy diferentes.
Entrevista a Enzo Favata. “No hago música para explicar cosas, hago música para imaginar mundos”
También ayudó la actitud del equipo. La organización mantiene una cercanía poco habitual en los festivales de cierta dimensión. Enzo Favata presenta a los músicos, introduce sus proyectos y ejerce de anfitrión con una naturalidad que evita la distancia institucional. Quiero agradecer especialmante a Valentina Minoccheri, cuyo trabajo de gestión y coordinación hizo posible buena parte de las circunstancias que me permitieron estar en Castelsardo. Es un trabajo que muchas veces permanece invisible, precisamente porque cuando se hace con cercanía todo parece suceder con naturalidad, pero que resulta extremadamente valioso. Mi agradecimiento a ambos por la invitación y a todo el equipo del festival por la atención y la generosidad mostrada durante estos días.
Durante esta primera jornada, Cerdeña compartió espacio con Grecia, Islandia, Italia y Estados Unidos. El folk apareció junto a la improvisación, las tradiciones populares dialogaron con lenguajes contemporáneos y el jazz quedó situado en un territorio bastante más amplio que el de sus propias convenciones. La programación no parecía buscar una idea de internacionalidad basada en la acumulación de procedencias. Había algo sutil en juego, una búsqueda de correspondencias entre músicas que han nacido lejos unas de otras y, sin embargo, comparten determinadas formas de entender la memoria, el ritmo, el espacio o la escucha.
La primera actuación llegó desde el Castello dei Doria. Su Cunzertu Antigu comenzó a tocar mientras descendía por las calles del Centro Histórico de Castelsardo, convirtiendo el desplazamiento en parte del concierto. La música avanzaba y el público la seguía. Durante los días siguientes, el grupo volvería a aparecer en distintos puntos del pueblo, como una presencia recurrente que iba estableciendo una relación física y también de convocatoria entre el público viandante y el festival.
El proyecto de Myriam Costeri parte de una tradición concreta, la del cunzertu antigu gavoesu, y de una instrumentación asociada históricamente a Gavoi y la Barbagia. Organetto, tambor, triángulo, pipiolu, launeddas, sa trunfa, guitarra sarda y otros instrumentos conforman un paisaje sonoro que pertenece profundamente a la isla. Aunque la instrumentación empleada en la marcha a pie fue más contenida, su universo sonoro se expande. Pero la interpretación de Su Cunzertu Antigu evita la reconstrucción arqueológica. Hay arreglos, desplazamientos y contaminaciones que permiten que el repertorio mantenga una relación activa con el presente.
Ahí reside buena parte de su interés. La tradición deja de ser un repertorio cerrado y recupera su condición de materia transformable. El hecho de que se trate del primer ensemble instrumental sardo íntegramente femenino añade una lectura especialmente significativa. Las intérpretes ocupan un espacio que durante generaciones estuvo vinculado al ámbito masculino y lo hacen desde dentro de la propia tradición. No necesitan romper con ella para modificarla y lo hacen con total naturalidad.
Ver a las músicas recorrer las calles de Castelsardo, vestidas con prendas tradicionales adaptadas a una sensibilidad contemporánea, alejaba la escena de cualquier imagen folclórica convertida en souvenir. Había, por el contrario, una sensación de presente y de continuidad; una cultura consciente de sus raíces y, precisamente por eso, capaz de evolucionar sin dejar de reconocerse.
En la terraza de la Sala XI del MIM, la tarde encontró otra temperatura con Alessandro «Asso» Stefana. El guitarrista y multiinstrumentista de Brescia pertenece a esa estirpe de músicos que han aprendido a convivir con demasiadas influencias como para necesitar escoger una sola. Su trayectoria junto a Vinicio Capossela, PJ Harvey, Mike Patton o Calexico ayuda a entender la amplitud de su escucha, pero su música personal posee una identidad bastante más difícil de resumir.
Stefana trabaja con guitarras, slide guitar, grabaciones y capas sonoras que se superponen con una lógica más próxima al montaje cinematográfico que al desarrollo compositivo convencional. Hay blues y country, pero aparecen filtrados por una sensibilidad contemporánea que los vuelve casi espectrales. Sus referencias estadounidenses funcionan como memoria y no como reconstrucción.
En directo se percibía, además, una virtud que no abunda entre los instrumentistas de gran capacidad técnica. Stefana sabe contenerse. El virtuosismo está presente, pero se rinde al discurso, nunca reclama el protagonismo. Cada recurso parece elegido por su capacidad expresiva y no por la posibilidad de exhibirlo. Su álbum homónimo, publicado en 2024 por Ipecac Recordings con PJ Harvey como productora ejecutiva, participa de esa misma estética de la fragilidad y de la sugerencia.
Sin duda, la música de Stefana ha sido un gran descubrimiento que hay que seguir de cerca.
La noche llevó después a la Piazza Santa Maria, donde Sokratis Sinopoulos y Yann Keerim presentaron Topos. El título contiene una de las ideas fundamentales de su proyecto. Lugar, territorio, hogar. También memoria. La música de ambos parte de Grecia y se desplaza hacia los Balcanes, Hungría y Rumanía, con las Danzas populares rumanas de Bartók como una de sus referencias.
La lira de Sinopoulos posee una cualidad vocal, casi humana, que le permite conservar la memoria de la tradición sin quedar sometida a ella. Keerim introduce desde el piano una perspectiva diferente, más cercana en determinados momentos a la música de cámara, aunque igualmente atenta al pulso y al carácter modal de las melodías.
Lo más logrado de la actuación estaba en la relación entre ambos. Después de casi veinte años de colaboración, la comunicación había alcanzado ese grado de intimidad que permite anticipar un gesto sin hacerlo evidente. No había una lucha por el espacio sonoro. Cada intervención parecía dejar una puerta abierta para la siguiente y los silencios tenían tanta importancia como las notas.
Las proyecciones visuales de I’M LET – (Tube or not Tube), el proyecto de Massimiliano Dasara, acompañaron los conciertos de la Piazza Santa Maria y estuvieron también presentes en los conciertos celebrados en la catedral de Alghero. En Topos, las imágenes acompañaban la música sin competir con ella. La música permanecía en primer plano y las proyecciones ampliaban su capacidad evocadora. Fue una actuación de escucha lenta, algo especialmente valioso dentro del habitual ritmo acelerado de un festival. Hay conciertos que piden atención y otros que consiguen modificarla.
El cierre de la primera jornada correspondió a Sunna Gunnlaugs, pianista islandesa formada durante doce años en Nueva York y vinculada a una de las corrientes más personales del jazz nórdico contemporáneo. Su música conserva algo de la energía adquirida en la escena neoyorquina, pero también una relación evidente con el paisaje islandés y con una concepción del tiempo más abierta. Las melodías dejan espacio, los silencios tienen peso y la improvisación no necesita demostrar constantemente que está improvisando.
En Castelsardo estuvo acompañada por Scott McLemore y Salvatore Maiore. La batería de McLemore, compañero musical de Gunnlaugs desde hace más de tres décadas, evita el subrayado innecesario y trabaja desde la interacción. Maiore aporta una sonoridad flexible, capaz de sostener y, al mismo tiempo, desestabilizar ligeramente el discurso del piano.
El resultado fue un trío construido desde la escucha. Gunnlaugs no ocupa el centro por derecho de instrumento. Las ideas circulan entre los tres músicos y las composiciones funcionan como estructuras abiertas en las que cada intérprete puede alterar el rumbo sin romper la arquitectura. Es una concepción profundamente jazzística de la música, entendida menos como exhibición de individualidades que como ejercicio permanente de atención.
Esa misma concepción está presente en Go Round Merry, su último álbum, que resume buena parte de las virtudes de la formación que pudimos ver en Castelsardo. Grabado en 2025 durante una gira europea, el disco no busca el efecto inmediato ni la espectacularidad, sino esa combinación de melodía, espacio e interacción que caracteriza la propuesta. Muy recomendable.