Festival Musica sulle Bocche 2026 (Cerdeña- Italia): “De los Cantores de Cuglieri a Maciej Obara: un día de contrastes en Musica sulle Bocche” Día 2

Mi segundo día de Musica sulle Bocche, el 28 de agosto, comenzó con una de las propuestas que mejor explican la relación entre el festival y el territorio: los conciertos al alba, con un concierto itinerante protagonizado por Sos Cantores de Cuglieri.

Texto y fotos: Pedro Andrade

@pedroandracifu

No pude asistir a esta actuación, por lo que prefiero no convertir en experiencia propia aquello que no presencié. Sí tuve, sin embargo, la oportunidad de escuchar a los cantores la noche anterior, poco antes del concierto de Sunna Gunnlaugs. Mientras se preparaban para subir al escenario, ensayaban sentados en las mesas exteriores del Ristorante Il Piccolo Borgo di Cimino Mariano, uno de los espacios próximos a la Piazza Santa Maria. Aquella situación espontánea me permitió acercarme a la tradición sin la distancia que inevitablemente establece un escenario.

Haciendo un poco de investigación pude entender que Sos Cantores de Cuglieri representan una de las expresiones más importantes de la polifonía sacra de Cerdeña. Su repertorio pertenece a la tradición del canto a cuncordu, transmitida durante generaciones mediante la memoria oral y la práctica comunitaria. El conjunto de voces masculinas se articula en cuatro registros que producen una sonoridad compacta, solemne y profundamente ligada a la historia religiosa de Cuglieri y del Montiferru.

Una de las características fundamentales de esta tradición es precisamente su relación con el movimiento. Durante las procesiones de Semana Santa, los cantores avanzan por las calles mientras interpretan antiguos cantos de la Pasión. La acústica cambia a medida que la procesión se desplaza entre las casas, los callejones y las plazas. El espacio deja de ser un lugar donde sucede la música para convertirse en uno de sus elementos constitutivos.

La edición de 2026 tuvo además un significado especial al estar dedicada a la memoria de Giovanni Pinna, cantor de Castelsardo y una de las figuras que más contribuyeron a la conservación y difusión del cuncordu en Cerdeña.

Mi experiencia con ellos la noche anterior fue breve, pero suficiente para comprobar la extraordinaria presencia de estas voces incluso fuera del contexto ceremonial. Escucharlas ensayar en una terraza, en medio del movimiento cotidiano del festival y luego verlos sobre el escenario principal, permitía comprender que se trata de una música que no necesita artificios, amplificaciones o ecualizaciones a posteriori para imponer solemnidad y personalidad.

La programación continuó por la tarde en la Sala XI del MIM con Marcello Peghin, uno de los guitarristas más vinculados a la escena musical contemporánea de Cerdeña.

Peghin ha desarrollado una trayectoria particularmente amplia, moviéndose entre la música improvisada, el jazz, la composición contemporánea y diferentes expresiones de la tradición musical de la isla. Sus colaboraciones incluyen a músicos como el mismo Enzo Favata, Paolo Fresu, Mauro Palmas, Gavino Murgia, Salvatore Maiore, Dino Saluzzi o Enrico Rava, una lista que permite hacerse una idea de la amplitud de sus intereses.

En Castelsardo se presentó en solitario, alternando guitarra clásica y eléctrica y utilizando pedales y sistemas de control del volumen para construir una sonoridad de gran profundidad. La tecnología no aparecía como un elemento protagonista, sino como una herramienta para ampliar las posibilidades acústicas y discursivas del instrumento.

El resultado fue una actuación basada en la creación de atmósferas. Las notas podían prolongarse, superponerse o desaparecer gradualmente, generando una sensación de espacio que en algunos momentos establecía conexiones con determinados aspectos de la música sarda y mediterránea.

No se trataba de una recreación directa del folclore de la isla. La relación con Cerdeña aparecía más bien en la forma de trabajar el timbre, el silencio y la resonancia. Peghin utiliza la guitarra como un instrumento capaz de sugerir un paisaje sin necesidad de describirlo.

Su actuación tuvo además un contexto interesante. Poco antes, el maestro Nicola D’Onofrio había ofrecido una breve presentación de la charla que desarrollaría al día siguiente en la misma Sala XI, titulada Elogio filosofico della stonatura e del silenzio. La relación entre ambos momentos resultó casi inevitable: la música de Peghin demostraba hasta qué punto el silencio puede funcionar como parte activa de una composición.

La actividad se trasladó después a la Piazza Santa Maria, donde actuó el Tálas Áron Trio, formación integrada por Áron Tálas al piano y teclados, István Tóth Jr. al contrabajo y László Csízi a la batería.

Tálas es uno de los músicos más versátiles de la escena húngara contemporánea. Pianista, baterista y compositor, ha trabajado junto a nombres como Lionel Loueke, Kurt Rosenwinkel, Jorge Rossy y Ben Monder. Su trayectoria explica en parte el carácter abierto de su música, en la que confluyen elementos del jazz, la música clásica y diferentes tradiciones populares.

El trío ha desarrollado un lenguaje propio desde su primer álbum, Floating Island, publicado en Japón, hasta Little Beggar, editado por BMC y elegido Disco Jazz del Año por Gramophone.

En Castelsardo, las composiciones funcionaron como estructuras abiertas. Había un evidente trabajo de composición, pero también suficiente espacio para que los tres músicos modificaran el rumbo de las piezas desde la interacción.

Tálas demostró una notable capacidad para combinar complejidad rítmica y riqueza armónica con un sentido muy claro de la melodía. Tóth Jr. y Csízi, por su parte, no se limitaron a acompañar al piano, ambos participaron activamente en la construcción del discurso.

Uno de los momentos más emotivos de la actuación llegó con una composición dedicada a su hermana, fallecida recientemente. La pieza introdujo una dimensión más íntima en un concierto caracterizado, en general, por una considerable riqueza rítmica y armónica. La emoción estaba presente, pero sin caer en una expresividad excesiva.

Fue una actuación que confirmó la constante del festival por buscar músicos capaces de combinar un alto nivel técnico con identidad y lenguaje propio.

La noche terminó con el concierto que, al menos para mí, terminó convirtiéndose en la gran sorpresa del festival: Maciej Obara Quartet.

El saxofonista polaco ha construido durante los últimos años una de las propuestas más interesantes del jazz europeo contemporáneo. Su relación con ECM Records ha sido especialmente importante en esta trayectoria, con discos como Unloved, Three Crowns y Frozen Silence. Junto a Dominik Wania, Petter Eldh y Gard Nilssen, Obara ha desarrollado una música en la que la composición y la improvisación mantienen una relación permanente.

Lo primero que llamó la atención en Castelsardo fue el nivel de exposición de los cuatro músicos. No había una separación clara entre solista y sección rítmica. Todos participaban de manera activa en el desarrollo de las piezas y cualquiera podía modificar el curso de la música.

El saxofón de Obara combina lirismo e intensidad. Sus líneas pueden aparecer extremadamente contenidas para, poco después, alcanzar una gran densidad expresiva. Pero su papel como líder no implica ocupar permanentemente el centro. El diálogo con el piano de Wania constituye uno de los principales motores de la formación.

Wania posee una personalidad especialmente reconocible. Su formación clásica se percibe en la precisión de su lenguaje, pero su interpretación está muy lejos de cualquier academicismo. El piano puede convertirse en una superficie casi transparente o en una masa sonora de gran intensidad. Su relación musical con Obara permite que ambos músicos se anticipen y respondan constantemente.

El contrabajo de Petter Eldh completa una sección rítmica que no funciona como una estructura fija. Su presencia aporta movimiento y profundidad, pero también libertad.

Y ahí apareció uno de mis grandes descubrimientos de esta edición: Gard Nilssen.

El baterista noruego fue una de las razones por las que el concierto adquirió una intensidad extraordinaria. Nilssen no entiende la batería como un instrumento destinado exclusivamente a marcar el tiempo. Su intervención modifica la dinámica del conjunto y participa directamente en la construcción formal de las piezas.

Puede trabajar desde una extrema sutileza y, en cuestión de segundos, generar una expansión sonora de gran potencia. Lo interesante es que esa energía nunca parece gratuita. Cada intervención responde a lo que sucede alrededor.

Su trayectoria explica esa libertad. Nilssen es uno de los bateristas más activos del jazz europeo actual y ha desarrollado proyectos propios como Acoustic Unity y Supersonic Orchestra, además de colaborar con numerosos músicos de la escena internacional. Su lenguaje incorpora el jazz contemporáneo, la improvisación y elementos procedentes de otros territorios musicales.

En el cuarteto de Obara esa experiencia resulta especialmente valiosa. La batería no acompaña, sino que conversa, empuja, provoca y abre posibilidades.

El concierto fue expansivo, creativo y de una enorme intensidad. Hubo pasajes de gran densidad sonora junto a otros de extrema contención. Las composiciones establecían una estructura reconocible, pero nunca parecían limitar las posibilidades de los músicos.

Eso es probablemente lo que más me interesó de esta formación. Los cuatro músicos poseen un nivel técnico extraordinario, pero el concierto no se convirtió en una exhibición de individualidades.

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