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Improrrogable Quartet en Café el Despertar

Texto y fotos: Violeta Salvador

@violeta_savior

 

El pasado domingo 2 de junio, un variopinto grupo de personas se reunió para asistir a un evento particular —de nombre Improrrogable Quartet— en el Café El Despertar.

El Despertar es una pequeña sala en el centro de Madrid que acoge todas las semanas diversas propuestas de música en vivo. Es un reducto para la originalidad, proyectos tanto emergentes como consolidados, y un gran respiro para los músicos de jazz. Este lugar se ha establecido como uno de los establecimientos de referencia, tanto para escuchar las propuestas más atrevidas como por cuidar a los músicos -hecho nada desdeñable en la capital, donde cada día las salas compiten entre ellas por atraer al público madrileño, amparadas en la contabilización de seguidores en redes sociales de los proyectos que programan-. Por ello, es difícil encontrar propuestas que apuesten todavía por el formato analógico para promocionarse, el boca a boca, y que, además, tengan éxito.

Improrrogable Quartet —un ensemble formado por el saxofonista alto Guillem Ferrer, el saxofonista tenor Daniel Juárez, el batería Daniel García Bruno y el contrabajista Manuel Loque— no es tampoco un cuarteto al uso. También teniendo en cuenta que a veces eran cinco, cuando se unía el guitarrista Juan Oliveira. Este improbable cuarteto se conformó, de hecho, exclusivamente para el concierto del domingo. Nació como una idea efímera del saxofonista Guillem Ferrer para suplir una necesidad inherente al artista: la de reinventarse, crear en colectividad y disfrutar de lo que uno hace.

A estos músicos les unen varias cosas: la amistad, el respeto mutuo y una calidad técnica envidiable. También, la capacidad de improvisar sin aparentes ataduras —y mucho conocimiento—, y la temeridad de arriesgar hasta la última nota. Se nutren del bebop, el jazz de vanguardia y la improvisación libre.

El repertorio estaba compuesto por temas originales del saxofonista Guillem Ferrer y por algunos estándares míticos pasados por el tamiz de la improvisación libre y la socarronería. No faltó el humor absurdo, las risas descontroladas entre el público y una sensación general de estar viendo algo único e irrepetible. Aún a riesgo de equivocarse, los músicos buscaban, incansables, llevar al extremo las capacidades de su instrumento. Hubo momentos de compenetración tan sumamente inusuales que hacían pensar al público que Daniel García Bruno, batería, quizás tuviera alguna capacidad para vaticinar el futuro entre el desenfreno melódico de los vientos.

¿También hubo fallos? Quizás, porque con esto de la improvisación libre nunca se sabe si una tomadura de pelo puede pasar por disonancia o viceversa. Pero, en el fondo, presenciar cómo los músicos salían indemnes y renovados del aparente fallo formó parte del disfrute del directo. Música genuina, atada lo justo a los convencionalismos del jazz para resultar agradable y comprensible; pero también osada, impredecible y atrevida gracias a la libertad creativa que otorga la improvisación libre.

En una ciudad donde la oferta cultural es vasta y competitiva, eventos como este destacan por su autenticidad y su capacidad de conectar profundamente con el oyente. Guillem Ferrer y su Improrrogable Quartet demostraron que la improvisación y el riesgo tiene un hueco merecido dentro del circuito jazzístico. Y es que “esto no es un despertar, es un renacer”, como dijo Ferrer, haciendo alusión al lugar donde nos encontrábamos. Esta crónica se hace eco del agradecimiento al Café El Despertar, oasis incansable que cuida a los maleados músicos de jazz. Y, así, en la intimidad de una pequeña sala en el corazón de Madrid, se escribió una irrepetible página en la historia del jazz madrileño.

¿O quizás haya alguna otra oportunidad de ver a este improbable cuarteto? Ahí lo dejo.

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