El 9 de octubre, el Palacio Ducal de Medinaceli reunió a dos músicos que parecen entenderse sin necesidad de demasiadas explicaciones.
Chano Domínguez, al piano y al Rhodes, y Trinidad Jiménez, a la flauta y la flauta baja, presentaron Paisajes del agua, un proyecto nacido en 2025 de una experiencia musical en las Grottes de Bétharram, en los Pirineos franceses. Como explicó Trinidad, las grutas se fueron formando gota a gota durante miles de años y, al adentrarse en ellas, el silencio se ve salpicado por el sonido constante del agua al caer. De esa imagen parte el proyecto: un viaje imaginario por paisajes subterráneos en el que piano y flauta exploran texturas, se responden y abren caminos inesperados.

Esa transformación se hizo especialmente visible en Pentalegrías, del disco Eléctrica, donde Trinidad toma melodías de Chano de toda la vida y las cruza con las alegrías de Cádiz, alterando su patrón rítmico. Según contó la flautista, con estas operaciones tiene a Chano bastante «loco». Una licencia que el pianista parece conceder de buen grado: entre el jazz, el flamenco y las nuevas vueltas de tuerca de Trinidad, lo familiar adquiere otra perspectiva y la tradición se convierte en material vivo para improvisar.
El momento del “solo” de Trinidad dejó claro todo lo que puede hacer con su instrumento: dominio del aire, cambios de dinámica, articulaciones, matices y un sinfín de técnicas de soplido al servicio de una sensibilidad extraordinaria. Porque soplar, sopla cualquiera; conseguir que la flauta diga tantas cosas es otra historia. Chano la definió como una de las músicas más libres con las que se ha encontrado, y ella demostró por qué, explorando nuevos matices y posibilidades en cada fraseo.
El turno de Chano tuvo, además, una carga emocional especial. Antes de tocar, compartió una noticia que le hacía enorme ilusión: Carlitos del Puerto, bajista cubano vinculado a Chick Corea, se había puesto en contacto con él en representación de la familia del pianista para proponerle un concierto de homenaje. Domínguez habló del honor que suponía recibir el encargo y recordó la amistad que le unía a Corea, con quien incluso estuvo cerca de ofrecer un concierto a dos pianos que finalmente no llegó a celebrarse.
Como parte de ese homenaje, interpretó tres piezas de Children’s Songs, la colección de veinte composiciones breves de Corea. Su lectura estuvo marcada por la familiaridad con ese repertorio y el afecto hacia su autor, sin necesidad de subrayados enfáticos. A continuación, llegó Alma de mujer, una de sus composiciones más reconocibles, que Domínguez abordó con esa frescura que permite descubrir nuevos matices incluso en una obra tan conocida.
Los afectos también encontraron su espacio en Intacto, de Trinidad, dedicado a su hijo, y Marcel, de Chano, dedicado al suyo. Dos piezas que incorporaron al recorrido una dimensión íntima, sin interrumpir el curso musical ni convertir la emoción en sentimentalismo.
Pero si algo definió la noche fue la comunicación entre ambos. Chano y Trinidad se escuchan, se lanzan ideas, se retan y se dejan espacio con una naturalidad que hace que la improvisación parezca la cosa más sencilla del mundo. Naturalmente, no lo es. Durante el bis, el piano estableció una base armónica sobre la que ambos comenzaron a jugar, enlazando melodías y referencias hasta llegar a Black or White, de Michael Jackson. Una visita inesperada al universo del pop que encajó sin forzar nada. Con esa complicidad, cualquier melodía parecía tener las puertas abiertas.
La admiración era mutua. Chano destacó la personalidad musical de Trinidad, mientras ella expresó el respeto y la ilusión que le producía compartir escenario con alguien cuya música llevaba escuchando desde la adolescencia. Esa afinidad se percibió menos en las declaraciones que en la propia interpretación, en las miradas, las respuestas inmediatas y la facilidad para ceder espacio o cambiar de dirección sin perder el hilo.
Con Paisajes del agua, el Malvasía Medinaceli Jazz arrancó su edición con una noche de música en mayúsculas. El numeroso público pudo sumergirse en el caudal creativo de dos artistas de distintas generaciones que, lejos de marcar distancias, construyen puentes a través de la música. Al terminar, quedó la sensación de haber asistido a una conversación abierta entre dos amigos que se admiran y se quieren. Porque, con Chano y Trinidad, el viaje importa tanto como el destino, y siempre queda la curiosidad por saber hacia dónde fluirá la música la próxima vez.