Medinaceli Jazz, día 2: Del laboratorio sonoro de Borja Barrueta a la intimidad de los hermanos Maestro

«Nos juntamos y vimos qué pasaba». Así explicó Borja Barrueta a Trinidad Jiménez el origen de Lambertiana, un proyecto que reúne a músicos con trayectorias propias y una notable capacidad para moverse por distintos territorios sonoros.

Texto y fotos: Pedro Andrade

@pedroandracifu

El pasado 10 de octubre, el baterista presentó en Medinaceli esta aventura junto a David Sancho a los teclados, Pablo Martín Jones en la electrónica, Jon Carranza al bajo y Vincent Huma a la guitarra.

Ya había escuchado al quinteto este año en el festival de Jazz de Getxo, en una actuación al aire libre en la plaza de Algorta. En el Palacio Ducal la escucha permitió seguir mejor las capas electrónicas, los cambios tímbricos y la manera en que cada instrumento se integra en el conjunto.

El concierto arrancó con una introducción larga a modo de bienvenida. Las texturas fueron ganando cuerpo hasta dejar paso a los músicos, en una construcción gradual que evidenciaba la precisión y el entendimiento del grupo. Conviene recordar que Sancho recibió en 2025 el Premio Fundación SGAE al Mejor Álbum de Jazz en los Premios MIN por Mind in Progress. En Medinaceli trabajó con ecualizaciones y modulaciones que ampliaban las posibilidades expresivas de sus teclados. Su sonido, de orientación futurista y rico en matices armónicos, encontró un terreno fértil para desarrollarse entre cambios de ritmo y juegos armónicos.

Desde la batería, Barrueta conducía las dinámicas con gestos y miradas. A lo largo de su trayectoria, Barrueta ha colaborado con músicos como Jorge Drexler, Moisés Sánchez y Trinidad Jiménez. Esa versatilidad encuentra en Lambertiana un terreno especialmente propicio para investigar el instrumento más allá de su función rítmica. Jon Carranza sostenía el entramado desde el bajo, aportando un groove que daba cohesión a los pasajes más abiertos.

En «La sombra», el quinteto mostró hasta qué punto el repertorio admite distintas direcciones en directo. La pieza fue tomando forma a partir de las decisiones de los músicos, y Barrueta aprovechó el momento para explorar las posibilidades tímbricas de la batería. Los roces de las baquetas, los chirridos y las resonancias inesperadas dibujaron un pequeño catálogo de sonidos. Un solo lleno de imaginación, con el que el baterista convirtió su instrumento en un espacio de experimentación.

Pudimos escuchar también «Ritual», otra de las secciones compositivas del proyecto. La música transitó por pasajes contemplativos, con sonoridades que recordaban a las kalimbas y momentos en los que apenas intervenían el bajo y la batería. Hacia el final, el discurso adquirió un carácter más tribal, con motivos que evocaban tradiciones africanas y ecos de músicas sudamericanas. Los temas se desarrollaban sin prisa, incorporando también referencias a los palos flamencos y fragmentos pregrabados.

Barrueta apenas se dirigió al público durante la actuación.  Sin pausas entre los temas, la suite avanzó entre transiciones, modulaciones y cambios de dinámica. Al terminar el baterista agradeció la invitación del festival, destacó el carácter privilegiado del Palacio Ducal y tuvo palabras para Fernando, el técnico de sonido de la casa, y para Carlos Blasco, que le había prestado la batería. También explicó que Lambertiana nació en su casa de Guadarrama, durante unas sesiones concebidas como lienzos en blanco que fue pintando junto a sus compañeros. El nombre procede de una zona cercana a su casa poblada de pinos lambertianos.

Antes de despedirse, agradeció que el festival apueste por propuestas de perfiles tan diferentes y reivindicó la importancia del consenso en estos tiempos tan revueltos. Una reflexión que encajaba bien con una música construida desde la escucha mutua y la capacidad de encontrar acuerdos sobre la marcha.


A las 22:30, el escenario del Palacio Ducal acogió una propuesta de otro carácter. Shai y Gal Maestro tomaron el escenario para compartir una música cercana, de esas que parecen encontrar su lugar natural en el salón de casa. Los hermanos no suelen tocar juntos, y esa circunstancia daba al encuentro un carácter especial. El festival acercaba así al público a una escena poco habitual, con dos músicos compartiendo repertorio, recuerdos y complicidades familiares.

Trinidad Jiménez, emocionada por haber reunido a los hermanos en su programa, les pidió que tocaran como si estuvieran tocando el uno para el otro. La petición tuvo respuesta inmediata. También solicitó al público un aplauso despacito porque el hijo de Gal estaba durmiendo. La anécdota resumió el ambiente de la velada, en la que la cercanía entre los músicos y los asistentes formaba parte de la experiencia.

Shai y Gal tomaron la palabra para presentar «Henya», una composición del trompetista Ambrose Akinmusire. El pianista fue desplegando sus frases con sensibilidad y riqueza armónica, mientras Gal encontraba en el contrabajo un espacio propio, atento al diálogo con su hermano. Su dominio del arco añadió profundidad y matices a los pasajes más recogidos del repertorio. En sus manos, el instrumento adquiría una expresividad particular, capaz de sostener una nota con intensidad y dejar que su resonancia completara el discurso.

Llegaron después «Gal», tema de Shai dedicado precisamente a su hermana, e «Ima», el homenaje a su madre, Talma. El repertorio fue adquiriendo un tono familiar que se extendió también a «Hank and Charlie», la composición con la que Shai rinde tributo al pianista Hank Jones y al contrabajista Charlie Haden. La pieza forma parte de Human, el álbum publicado por el pianista en ECM en 2021, junto al contrabajista Jorge Roeder, el batería Ofri Nehemya y el trompetista Philip Dizack. En Medinaceli, la lectura a dúo dejó al descubierto la estructura de la pieza y el cuidado con el que ambos músicos atendían a cada frase.

La música dio paso también a las palabras. Shai elogió el lenguaje de Chick Corea, destacando su riqueza y amplitud, antes de continuar con un repertorio que conectaba influencias y afectos.

El bis llegó con «My Second Childhood», del compositor israelí Matti Caspi, una elección cargada de significado para los hermanos, paisanos del músico. La pieza cerró el concierto con una nota de memoria y afecto, prolongando el espíritu familiar que había acompañado toda la actuación.

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