Medinaceli Jazz, día 3: Cuando la música también se escribe con el cuerpo

La tercera jornada del Festival de Jazz de Medinaceli dibujó un recorrido desde la formación y el talento emergente hasta la exploración de nuevos lenguajes escénicos. Tres propuestas distintas, unidas por una misma esencia: el jazz como espacio de aprendizaje, creación y encuentro, donde escuchar al otro es tan importante como encontrar una voz propia.

Texto y fotos: Pedro Andrade

@pedroandracifu

La tarde comenzó con una muestra de combos del Taller de Jazz del Ayuntamiento de Soria, coordinada por Aurora Arteaga. Una oportunidad para acercarse al trabajo colectivo que se desarrolla en el ámbito formativo y recordar que el aprendizaje del jazz trasciende el dominio técnico del instrumento. Tocar en grupo exige desarrollar el oído, comprender el espacio de cada intérprete y asumir que la improvisación solo cobra sentido cuando existe una escucha activa. En estos conjuntos se encuentra también la semilla de futuras trayectorias y de una escena que necesita renovarse desde sus cimientos.

A continuación, el II Premio Junior Medinaceli Jazz, dirigido a músicos menores de 26 años, puso el foco en la creación joven. El primer premio recayó en Fried Pies Quartet, mientras que Eternal Triangle Trio obtuvo el segundo puesto. El jurado, formado por Miguel Tugores, presidente de la Fundación DEARTE; Paloma Cosano, compositora y directora de Big Band; y Juan Robles, pianista y profesor del Grado de Interpretación en Música Moderna de la Universidad Alfonso X el Sabio, destacó de la propuesta ganadora su madurez, la calidad del sonido y el desarrollo de los solos.

Fried Pies Quartet, integrado por Alejandro González Peña al piano, Nicolás Marquerie Lorenzo a la batería, Martin Samos Ventureira al contrabajo y Jorge Vallaure Lozano al saxo, presentó dos arreglos originales de La Tarara y Nardis. Dos materiales de procedencias diferentes que encontraron una nueva personalidad a través de la elaboración colectiva y la mirada propia de sus intérpretes. Porque reinterpretar no consiste únicamente en cambiar lo conocido, sino en descubrir qué posibilidades siguen ocultas en ello.

El momento central de la jornada llegó con Diego Cañada, recién graduado en Ámsterdam, que presentó Gestos, un proyecto desarrollado como trabajo de final de estudios y concebido como una investigación sobre la relación entre música y movimiento. Junto a Alejandra López al contrabajo, Eva Catalá a la batería, Gabo Vos al piano y Xavi Duente al baile, el saxofonista propuso una experiencia en la que el cuerpo dejaba de ser un acompañamiento visual para convertirse en parte activa del discurso musical.

La propuesta se construye a partir de un lenguaje compartido entre músicos y bailarín. Los gestos, las llamadas melódicas y rítmicas, las señales corporales y los cambios de energía funcionan como códigos que permiten comunicarse e improvisar en tiempo real. Cada movimiento puede sugerir una respuesta sonora y cada frase musical abrir una nueva dirección para el baile. La escucha deja de ser exclusivamente auditiva para implicar también la mirada, el espacio y la percepción física del otro.

Esta concepción nace, en parte, del trabajo de Cañada con bailarines y percusionistas de sabar en Senegal, experiencia que amplió su comprensión del ritmo como práctica corporal y forma de comunicación. A ello se suma su estudio del flamenco, que le ha permitido profundizar en la relación entre gesto, compás y respuesta musical. En Medinaceli, esta búsqueda adquirió un significado especial: fue la primera vez que trabajó en concierto con un bailaor flamenco, incorporando referencias expresivas de la soleá, las bulerías y la seguiriya. El proyecto establece, además, conexiones con la música clásica india, no desde la simple fusión de estilos, sino desde principios compartidos con el jazz y el flamenco, como la improvisación, la transmisión oral y el ritmo entendido como lenguaje.

El repertorio trazó un itinerario emocional que comenzó con Vendado se ve mejor, sobre la llegada inesperada del amor y su capacidad para transformar una vida. La luz y el movimiento del bailaor se convertían en estímulos para la improvisación, mientras que la pérdida y el dolor encontraban después su reflejo en los acentos musicales. En Círculos, las llamadas y los códigos compartidos servían para explorar distintas posibilidades armónicas a partir del círculo de quintas, antes de desembocar en el blues ¿Por qué?, donde la melodía del saxo abría un nuevo diálogo con el cuerpo. Tras la pieza que da nombre al proyecto, el cuarteto pasó por la intimidad de Decisiones vulnerables y culminó con Es-capa(z), una bulería cuya melodía terminó contagiando al público.

Lo sucedido en el intermedio fue uno de los momentos más significativos de la jornada. El público se puso en pie y mantuvo una ovación durante más de cinco minutos, visiblemente emocionado por lo que acababa de presenciar. La reacción fue tan prolongada que el propio Diego Cañada tuvo que interrumpir los aplausos para recordar que todavía quedaba una parte importante del concierto. Una escena reveladora: el reconocimiento no llegaba únicamente al virtuosismo instrumental, sino también a la capacidad de una propuesta arriesgada para generar una conexión profunda con quienes la escuchaban.

Al finalizar, Trinidad, claramente emocionada, tomó la palabra para agradecer a los músicos su entrega y al público presente la acogida recibida. Fue un cierre especialmente significativo para una obra que se presentó en Medinaceli por primera vez en exclusiva dentro de un festival, en una etapa todavía temprana de su recorrido y sin registros previos de esta presentación. Apostar por un proyecto en ese punto de desarrollo supone confiar no solo en lo que ya existe, sino también en todo lo que está por venir. La decisión de Trinidad de ofrecerle este espacio habla de una confianza artística que merece ser destacada. Además, se esperan novedades sobre la evolución de Gestos en las próximas fechas.

Desde mi perspectiva, el nacimiento de propuestas como esta es una excelente noticia para la escena jazzística. La vitalidad de un ecosistema musical no se mide únicamente por la presencia de nombres consolidados, sino también por su capacidad para acoger proyectos que investigan, asumen riesgos y abren caminos nuevos. Gestos no se limita a reunir jazz y danza: plantea preguntas sobre la naturaleza misma de la improvisación, sobre cómo nos comunicamos a través del sonido y sobre las posibilidades expresivas que aparecen cuando el cuerpo participa en la construcción musical.

Por eso, quiero agradecer al Festival de Jazz de Medinaceli la oportunidad de asistir a esta primicia y de acercarnos a una obra que todavía está definiendo su trayectoria. Seguiremos de cerca los próximos pasos de Diego Cañada, un músico con una perspectiva artística propia y un futuro muy prometedor. Su proyecto merece continuidad, escucha y consideración en futuras programaciones de otros festivales, especialmente en aquellos dispuestos a dar cabida a propuestas que amplían los límites del jazz sin perder de vista sus fundamentos.

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