Entre el 24 de junio y el 26 de julio, el Palau de la Música convertirá la capital valenciana en uno de los grandes epicentros europeos del jazz con una programación que reúne figuras históricas del género, nuevas voces internacionales y una firme apuesta por el talento local.
Hay festivales que programan conciertos y hay festivales que construyen un relato. En los últimos años, el Festival de Jazz de Valencia ha ido consolidando una identidad propia dentro del panorama jazzístico español, alejándose de la simple acumulación de nombres para reivindicar una visión amplia del género, abierta a la tradición y a la contemporaneidad, a las grandes figuras internacionales y a las escenas locales. La edición de 2026, presentada por el Palau de la Música como la más ambiciosa de su historia reciente, parece confirmar definitivamente esa dirección.
Del 24 de junio al 26 de julio, la ciudad acogerá la vigesimonovena edición del certamen con quince conciertos distribuidos entre la Sala Iturbi, la Sala Rodrigo, los Jardines del Palau y distintos espacios de las pedanías valencianas. Una programación que, más allá de la cantidad, destaca por la calidad de un cartel encabezado por algunas de las personalidades más influyentes del jazz contemporáneo.
Pocas veces un festival español ha logrado reunir en una misma edición a artistas del peso histórico de Maria Schneider, Esperanza Spalding, Joe Lovano o Lizz Wright. La presencia de Schneider supone, de hecho, uno de los acontecimientos más relevantes de la temporada jazzística europea. La compositora y directora estadounidense, considerada una de las grandes renovadoras de la escritura para gran formato desde finales del siglo XX, acumula una trayectoria difícilmente comparable dentro del jazz contemporáneo. Su actuación junto a la Clasijazz Big Band permitirá escuchar en directo una de las voces compositivas más influyentes de las últimas décadas.
Igualmente significativa resulta la visita de Esperanza Spalding. La contrabajista, cantante y compositora estadounidense no solo representa una de las figuras más mediáticas del jazz actual, sino también una de las artistas que más ha contribuido a redefinir los límites estilísticos del género durante el siglo XXI. Su presencia en Valencia constituye uno de los principales atractivos de una edición que apuesta claramente por artistas capaces de dialogar con públicos diversos sin renunciar a la complejidad artística de sus propuestas.
A ellas se suma la inconfundible voz de Lizz Wright, referente imprescindible del jazz vocal contemporáneo, cuya capacidad para integrar jazz, gospel, blues y soul la ha convertido en una de las intérpretes más admiradas de su generación. La programación internacional se completa con nombres tan relevantes como Joe Lovano, una de las grandes leyendas vivas del saxofón moderno, el pianista polaco Włodek Pawlik o propuestas vinculadas al góspel y a las músicas afroamericanas que amplían el espectro sonoro habitual del festival.
Sin embargo, uno de los aspectos más interesantes de esta edición no reside únicamente en sus grandes estrellas internacionales. Desde hace años, el Festival de Jazz de Valencia ha desarrollado una política programática que busca visibilizar la extraordinaria vitalidad de la escena valenciana, una de las más sólidas y dinámicas del Estado español. Lejos de ocupar un espacio secundario dentro del cartel, los músicos valencianos aparecen integrados en el discurso general del festival como protagonistas de pleno derecho.
La presencia de figuras como Perico Sambeat, Ximo Tébar, David Pastor, Joan Monné, José Luis Granell, Cristina Blasco, Bárbara Breva, Víctor Merlo o Igor Tavan evidencia la voluntad de conectar la dimensión internacional del certamen con una tradición local que lleva décadas situando a Valencia como uno de los principales focos de producción jazzística de la península. No es casualidad que la apertura del festival corra a cargo de la Jove Big Band Sedajazz acompañada por Perico Sambeat y la vocalista británica Sara Dowling. El gesto posee una fuerte carga simbólica: reivindica el papel fundamental que proyectos como Sedajazz han desempeñado en la formación de varias generaciones de músicos valencianos.
En este sentido, la vinculación del festival con el Seminario Internacional de Jazz y Música Latina de Sedajazz continúa siendo uno de sus grandes valores diferenciales. Mientras muchos festivales concentran exclusivamente sus esfuerzos en la exhibición artística, Valencia mantiene una conexión especialmente fértil entre programación, formación y desarrollo profesional, fortaleciendo el ecosistema jazzístico de la ciudad desde múltiples frentes.
Otro de los elementos destacables de esta edición es su voluntad de expandirse más allá de los espacios tradicionales. Los conciertos gratuitos en los Jardines del Palau y las actividades programadas en las pedanías de Castellar-L’Oliveral y La Torre responden a una filosofía que entiende el jazz como patrimonio cultural compartido y no exclusivamente como una oferta dirigida a públicos especializados. Esta descentralización ha permitido que el festival alcance nuevos públicos durante los últimos años, reforzando su presencia en el tejido cultural valenciano.
A punto de cumplir tres décadas de historia, el Festival de Jazz de Valencia parece encontrarse en uno de los momentos más sólidos de su trayectoria. Su capacidad para combinar nombres históricos, artistas emergentes, producción local, actividades formativas y conciertos de acceso gratuito configura un modelo poco frecuente en el contexto español. Más que una simple sucesión de actuaciones, la edición de 2026 plantea una reflexión sobre el lugar que puede ocupar un festival público en la construcción de una escena musical contemporánea.
Mientras buena parte de los grandes eventos europeos compiten por atraer a los mismos cabezas de cartel, València parece haber optado por una estrategia diferente: utilizar el prestigio de figuras como Maria Schneider, Esperanza Spalding o Joe Lovano para reforzar una identidad propia en la que conviven tradición, formación, territorio e innovación. Quizá ahí resida el verdadero éxito de un festival que, a las puertas de su trigésima edición, continúa creciendo sin perder de vista aquello que lo hace singular.
