Despidiendo al Café Central: crónica de una resurrección anunciada

Juantxu Bohigues, dirigiéndose a la multitud desde el balcón del Café Central.

El 16 de abril, como estaba prometido, asistimos al traspaso —literal y metafórico— del espíritu del Café Central desde su icónica ubicación en el número 10 de la plaza del Ángel a su nueva casa: el Ateneo de Madrid.

Texto y fotos: Violeta Salvador

@violeta_savior

Detalle del interior del antiguo Café Central, instrumentos sobre el escenario.

A primera hora de la mañana, el piano de cola —ese eje grandilocuente de miles de noches— y lo que quedaba del mobiliario histórico emprendieron el camino hacia el nuevo Central Ateneo. Elementos indispensables para garantizar que, también esa noche, se cumpliera el lema que ha definido al local desde 1982: “Ninguna noche sin música”. Casi 16.000 conciertos después, la frase ha dejado de ser una determinación para convertirse en una forma de resistencia cultural.

La jornada se articuló como un rito de paso. El saxofonista Miguel Malla, al frente de Racalmuto, asumió la tarea de musicalizar la transición: dos conciertos y un pasacalles “fúnebre” al estilo de Nueva Orleans.

“El Central no muere, se transforma”, repetía Javier González, programador del café, como si necesitara fijar la idea en el aire. El acuerdo entre instituciones no solo garantizaba la continuidad del proyecto, sino que apaciguaba una inquietud latente entre músicos y aficionados: la de perder uno de los espacios más relevantes para el jazz del panorama nacional.

Cesar Filiú, saxofonista y trabajador en el Central, en mitad de la procesión.
Músicos en el umbral del Café Central, camino al Ateneo.
Una multitud de personas rodeando a los músicos en la Plaza del Ángel.

Megáfono en mano, Juantxu Bohigues —encargado del local durante más de una década— formulaba la cesión en términos casi cívicos: “Entregamos el Café Central a la ciudad de Madrid para que esto no vuelva a ocurrir”. Frente a él, una multitud que desbordó cualquier previsión: cerca de 2.000 personas, donde se esperaban apenas 300.

Juantxu Bohigues, megáfono en mano, arengando a la multitud.
La Plaza del Ángel, abarrotada de amantes y amigos del jazz.

En esa comunidad se reconocían generaciones enteras de músicos. Rostros conocidos y otros anónimos componían una genealogía viva del Central: Pablo Gutiérrez haciendo sonar la melódica; Inoidel González, oculto tras sus gafas de incógnito; Carmen Vela y su hijo a hombros; David Herrington, que ya era asiduo visitante del local en el 82; o Daniel García, batería madrileño-conquense que lo frecuentaba con apenas 15 años, en 1984. “Llegaban a pagarte 15.000 pesetas por noche y músico, y tocabas todas las noches durante una semana”, recordaba. “Además, por entonces el salario mínimo rondaba las 30.000 pesetas mensuales. ¡Nada mal!”

Pero la celebración no ocultaba el trasfondo. La gentrificación y la presión inmobiliaria siguen erosionando los espacios culturales de la ciudad. El caso del Central no es aislado: responde a una lógica que ya ha puesto en riesgo o ha transformado lugares emblemáticos, “como ocurrió con el Café Gijón o Tipos Infames”, especificaba Bohigues. El propio Central ha superado otros escollos similares: en 2014 tuvo que recurrir a una campaña pública para evitar el cierre. Y antes, en 1994, el pianista Tete Montoliu sostuvo el local con cinco semanas ininterrumpidas de conciertos en solitario. La historia del Central es también la historia de sus resistencias.

David Herrington, veterano de las noches del central, en medio de la comitiva.

“Esto deberíamos hacerlo todos los jueves”, bromeaba el contrabajista Javier Tapia mientras la multitud se desplazaba lentamente hacia el Ateneo. Delante, los músicos marcaban el rumbo; detrás, el resto se sumaba como podía. “Los de delante tocan los temas”, explicaba Edu Molina, productor y multiinstrumentista. “Los siguientes, tocan según la tonalidad. Nosotros… bueno, hacemos lo que podemos ¡pero con muchas ganas!” Provisto de su kazoo, comenzó a improvisar una intrincada melodía sobre un inesperado dúo de clarinetes, más sorprendidos aún, que se afanaban por escuchar algo entre el gentío.

Como en todo buen Mardi Gras, cada instrumento parecía tocar para sí mismo y, sin embargo, el conjunto encontraba la manera de hacer llegar las melodías a buen puerto. Y, por suerte, el puerto estaba cerca. La escalinata del Ateneo pronto se llenó de músicos, personajes ilustres y periodistas, formando una amalgama visual tan sugerente como la sonora.

Escalinata abarrotada con músicos, periodistas y socios del Ateneo.

La comitiva tardó en disolverse. Poco a poco, la calma se instaló en el nuevo Central Ateneo. “El primer pase está lleno, pero para el segundo todavía quedan entradas”, le decía Mario Báez, uno de los empleados con más solera del Central, a cualquiera que pretendiera asomarse sin permiso.

En el fondo, lo esencial fue lo último en llegar: las manos que colocan las mesas, las que encienden las velas, las mismas que sostienen el pulso del Central noche tras noche. Los lugares, ahora más que nunca, pertenecen a quienes los habitan. Y mientras haya alguien dispuesto a escuchar —o a tocar—, seguirá cumpliéndose la única promesa que importa: que no habrá una noche sin música.

Una de las últimas noches, el equipo de ese día en el Café Central justo antes de abrir puertas.

¡Comparte tus comentarios!

Deja un comentario