Jacob Collier en el Auditorio de Tenerife: un inmenso laboratorio de creación musical

Hay conciertos que se recuerdan por una canción. Otros permanecen en la memoria por un solo irrepetible o por la intensidad de una interpretación. El que Jacob Collier ofreció el pasado 22 de julio en la Sala Sinfónica del Auditorio de Tenerife Adán Martín pertenece a una categoría de aquellos espectáculos en los que el propio proceso creativo termina convirtiéndose en el verdadero protagonista.

Texto: Ezequiel Paz

35.º Festival Internacional Canarias Jazz & Más Músicas Creativas
Sala Sinfónica del Auditorio de Tenerife Adán Martín

Sábado 22 de julio de 2026

Acompañado por la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria, dirigida por su madre, la violinista y directora Suzie Collier, el músico británico transformó durante dos horas y media el escenario en un inmenso taller de composición donde la improvisación, la dirección orquestal, la experimentación armónica y la interacción con el público convivieron con absoluta naturalidad. Más que un concierto, fue una demostración de cómo una mente musical excepcional es capaz de construir belleza prácticamente en tiempo real.

Poliédrico y sublime

A sus treinta y un años, Jacob Collier ocupa un lugar absolutamente singular dentro de la música contemporánea. Multiinstrumentista, cantante, compositor, arreglista y productor, se mueve con idéntica autoridad por el jazz, la música clásica, el pop, el folk o la tradición coral inglesa. Admirado por figuras como Quincy Jones, Herbie Hancock, Chick Corea o Hans Zimmer, su prestigio no nace únicamente de una técnica deslumbrante ni de sus múltiples premios Grammy, sino de una forma de entender la música que parece escapar constantemente de cualquier clasificación.

Desde su aparición sobre el escenario quedó claro que nada iba a desarrollarse según los códigos habituales de un concierto. Collier no permanece anclado a un instrumento ni interpreta un repertorio cerrado de manera previsible. Como si se tratara de un atleta del sonido, recorre el escenario con una energía inagotable, cambiando continuamente de función sin perder jamás el hilo del discurso musical. En un instante abandona el piano para sentarse tras el set de percusión mientras continúa cantando; pocos minutos después regresa al teclado para improvisar nuevas armonías; inmediatamente toma una guitarra acústica tipo Taylor para reducir el espacio sonoro a la mínima expresión o dirige a toda una orquesta con la misma naturalidad con la que dialoga con el público. Todo sucede con una fluidez que hace olvidar la enorme complejidad de cada uno de esos cambios.

Esa libertad creativa se aprecia especialmente cuando se sienta al piano. Allí despliega probablemente la faceta más personal de todo su universo musical. Mientras la mayoría de los improvisadores recorren caminos armónicos reconocibles, Collier parece sentirse atraído precisamente por las rutas menos transitadas, como un Upanishad a contracorriente.  Sus progresiones rehúyen casi siempre la resolución evidente. Allí donde cualquier músico escogería un acorde previsible, él introduce una inversión inesperada, una tensión adicional o una relación tonal aparentemente imposible que, sin embargo, termina encontrando un equilibrio sorprendentemente natural.

No se trata de una búsqueda de complejidad por la complejidad misma. Bien al contrario, esa riqueza armónica posee una lógica interna profundamente coherente. Sus acordes nunca parecen gratuitos; cada uno abre una nueva perspectiva sonora, como si la música se negara continuamente a elegir el camino más corto para llegar a su destino. Escucharlo improvisar al piano produce la sensación de asistir al pensamiento musical .

Identidad en los agudos

Especialmente fascinante resulta su utilización del registro agudo del teclado. Más allá de limitarse a completar la armonía convencional, Collier convierte las notas más altas del piano en pequeños destellos de luz que modifican completamente el color del discurso. Son intervalos abiertos, tensiones delicadamente suspendidas o notas aparentemente secundarias que transforman la percepción de un acorde entero. Son detalles casi imperceptibles para parte del público, pero enormemente reveladores para cualquier músico acostumbrado a analizar la arquitectura interna de una improvisación.

Esa permanente búsqueda sonora explica por qué resulta tan difícil comparar a Jacob Collier con otros artistas de su generación. Su universo creativo no parece responder a escuelas concretas ni a fórmulas estilísticas establecidas. Aunque pueden encontrarse ecos del jazz moderno, de la música coral europea, del Pop-Jazz, del gospel, de la tradición brasileña o incluso de Bach, todas esas influencias terminan absorbidas por una personalidad musical completamente reconocible. Cada vez que improvisa, el oyente tiene la sensación de escuchar algo que jamás había existido exactamente de esa forma.

Los primeros compases del concierto confirmaron inmediatamente esa impresión. Una delicada canción de cuna interpretada únicamente con guitarra acústica mostró el lado más íntimo del artista. Sin artificios tecnológicos ni grandes despliegues orquestales, bastaron una voz, una guitarra y un extraordinario sentido del fraseo para crear uno de los momentos de mayor recogimiento de la velada. Apenas unos minutos después, el contraste era absoluto: Collier abandonaba la guitarra para situarse de pie frente a la batería, construyendo complejos patrones rítmicos mientras seguía cantando con absoluta naturalidad, demostrando una independencia física y musical verdaderamente extraordinaria.

Aquella capacidad para cambiar de lenguaje, de instrumento y de función casi sin solución de continuidad marcó el carácter de toda la noche. El concierto apenas acababa de comenzar, pero ya dejaba entrever que lo más importante no sería el repertorio elegido, sino el incesante proceso creativo que desarrollaría ante los ojos y oídos del público durante las dos horas siguientes.

La primera mitad del concierto estuvo marcada por un continuo juego de contrastes. Collier evitó deliberadamente la linealidad de un repertorio convencional para construir un discurso donde cada pieza parecía responder a un universo distinto. El resultado fue una sucesión de atmósferas que transitaban con absoluta naturalidad entre el intimismo acústico, la exuberancia orquestal, la música popular brasileña y la experimentación electrónica, siempre unidas por un mismo hilo conductor: la curiosidad inagotable del músico británico.

Una nana a la guitarra

Uno de los primeros momentos de especial delicadeza llegó con una canción concebida como una auténtica nana. Armado únicamente con una guitarra acústica, Jacob Collier redujo el inmenso espacio de la Sala Sinfónica a una conversación casi privada con el público. Sin necesidad de recurrir a grandes despliegues técnicos, bastaron la pureza de la melodía, un acompañamiento de enorme sutileza y una interpretación vocal llena de matices para demostrar que detrás del virtuoso se esconde también un intérprete de enorme sensibilidad. La elección de los registros agudos, amplificó esa sensación.

Apenas unos minutos después volvió a romper cualquier expectativa. Abandonó la guitarra, se dirigió a la percusión (timbales) y, tocando de pie, comenzó a construir la base rítmica de una de las piezas más dinámicas de la noche mientras seguía cantando con absoluta naturalidad. La coordinación entre voz e instrumento resultaba tan fluida que parecía borrar cualquier esfuerzo físico. Esa capacidad para alternar continuamente funciones musicales sin perder el control del discurso constituye una de las señas de identidad de Collier y explica por qué sus conciertos poseen un grado de imprevisibilidad poco habitual incluso dentro del jazz.

La música brasileña pidió paso dentro del programa. Sobre un ritmo cercano a la pos-bossa nova, enriquecido por la pulsación de la batería y una orquestación de gran refinamiento, Collier cantó en portugués acompañado por tres coristas. El resultado evocaba por momentos la elegancia tímbrica de los arreglos de Jaques Morelenbaum, aunque siempre filtrada por una personalidad absolutamente reconocible. A ese lirismo se sumaban inesperados giros vocales de inspiración casi operística, utilizados no como exhibición técnica sino como un recurso expresivo más dentro de un lenguaje donde las fronteras estilísticas parecen haber dejado de existir.

La relación entre Jacob Collier y la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria fue creciendo a medida que avanzaba el concierto. Lejos de limitarse al papel de acompañamiento, la formación participó activamente en el desarrollo de cada obra, respondiendo con enorme flexibilidad a las continuas propuestas del solista. La complicidad entre ambas partes era evidente y encontraba un sólido punto de apoyo en la dirección de Suzie Collier, cuya lectura equilibrada permitió integrar con naturalidad un repertorio donde convivían escritura sinfónica, improvisación y libertad interpretativa.

Soprendente y maravilloso fue el momento en que Suzie Collier abandonó momentáneamente el podio para tomar el violín y compartir escenario con su hijo. La pieza, el Vivace del Concierto para dos violines en re menor, BWV 1043, escrita para dos violines y orquesta, adquirió una dimensión profundamente íntima. Mientras Suzie desarrollaba la línea principal con el instrumento, Jacob construía la segunda voz utilizando únicamente su propia voz humana, imitando con una precisión asombrosa el fraseo, la articulación y el color tímbrico de un verdadero violín. La orquesta envolvía aquel delicado diálogo familiar con un acompañamiento de gran elegancia, convirtiendo la escena en otro de los episodios más conmovedores de la noche.

Sintetizador-armonizador de voz

Uno de los rasgos más llamativos de Jacob Collier es su inconformidad con las convenciones musicales establecidas. Lo que en cualquier otro músico sería una salida del tiesto de manual, Jacob lo convierte en arte. Así fue, por ejemplo, la utilización de un sintetizador-armonizador vocal integrado en su teclado. Se trata de un armonizador vocal diseñado específicamente para él por el ingeniero del MIT Ben Bloomberg. El resultado no consistió únicamente en generar armonías automáticas; el instrumento actuaba como una auténtica prolongación de su imaginación sonora. Además, puede replicar en secuencias diferentes colchones de acordes. Mientras sus manos construían acordes al teclado, el sintetizador analizaba esas armonías y las aplicaba instantáneamente a su voz, multiplicándola, coloreándola y, en determinados momentos, distorsionándola hasta obtener timbres completamente nuevos. La sensación era la de escuchar una voz humana atravesada por diferentes capas de coros tímbricos sin perder nunca su expresividad.

Especialmente sorprendentes resultaban los juegos vocales que desarrollaba en tiempo real. Bastaban unas pocas notas para que, mediante sucesivas capas armónicas, su voz terminara convirtiéndose en un pequeño coro perfectamente afinado. Admirable era comprobar cómo aquellas armonizaciones surgían con total espontaneidad, como una consecuencia lógica de un oído privilegiado capaz de anticipar mentalmente complejas estructuras polifónicas antes incluso de que llegaran a sonar.

La interacción con el público fue otro de los pilares del concierto. Jacob Collier posee una capacidad de comunicación poco común que trasciende el simple papel de intérprete. No se limita a hablar entre canción y canción; dialoga, escucha, propone juegos musicales y, como el alumno con hiperactividad que solivianta a la maestra, convierte al auditorio en un participante activo del espectáculo. Esa cercanía quedó especialmente patente durante su interpretación de Can’t Help Falling in Love, el inmortal clásico popularizado por Elvis Presley, cuando invitó a los asistentes a integrarse en la propia arquitectura sonora de la obra. Lo que en otros conciertos sería un simple recurso de participación terminó transformándose en un ejercicio colectivo de escucha y afinación, anticipando el extraordinario desenlace que todavía estaba por llegar.

Modelar la orquesta a su antojo

Hasta ese momento, Jacob Collier ya había demostrado ser un músico fuera de lo común: un improvisador excepcional, un pianista de imaginación inagotable, un cantante capaz de convertir su voz en un instrumento polifónico, un percusionista de notable solvencia y un comunicador que entiende el escenario como un espacio de intercambio permanente. Sin embargo, lo más extraordinario aún estaba por suceder. Lo que aguardaba en la parte final del concierto trascendía incluso la brillantez interpretativa para adentrarse en un territorio mucho más infrecuente: el de la creación musical instantánea a gran escala, más allá incluso de los discursos tonales lúdicos del inolvidable Bobby McFerrin. Collier aspira a lo más alto utilizando una orquesta sinfónica y todo un auditorio como materia prima de una composición irrepetible.

El momento culminante del concierto, decimos, llegó cuando Jacob Collier eligió trocarse en compositor, arreglista y director de orquesta en tiempo real. Sin una sola partitura sobre el atril, comenzó a modelar el sonido directamente sobre la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria. Con absoluta naturalidad fue distribuyendo diferentes funciones armónicas entre las distintas familias instrumentales, comenzando por los metales, a los que asignó las primeras células sonoras. Poco después incorporó progresivamente las cuerdas, repartiendo nuevas voces entre violines, violas y violonchelos, enriqueciendo la textura con glissandos, pizzicatos y pequeñas variaciones que iban transformando una sencilla idea inicial en una construcción armónica compleja.

Lo verdaderamente asombroso era asistir al propio nacimiento de la obra. Cada nueva indicación verbal generaba una respuesta inmediata de la orquesta y cada incorporación ampliaba un edificio sonoro que parecía crecer orgánicamente ante los ojos del público. Collier no dirigía una composición escrita con anterioridad; la estaba imaginando y construyendo en el mismo instante en que su mente la concebía, apoyándose únicamente en un oído prodigioso y en una concepción de la armonía casi alienígena.

Cuando aquella arquitectura orquestal alcanzó su plenitud, dio un paso todavía más sorprendente. Se volvió hacia el auditorio y comenzó a trabajar con el público exactamente igual que había hecho con la orquesta. Dividió la sala en tres grandes secciones vocales, asignando a cada una, una línea melódica diferente. Pacientemente fue enseñando cada voz, corrigiendo entradas, afinaciones y equilibrios hasta transformar a los centenares de espectadores en un auténtico coro polifónico.

Solo entonces, sobre aquella inmensa construcción armónica levantada en cuestión de minutos, comenzó a surgir Hallelujah, la inolvidable composición de Leonard Cohen, para escalofrío y regocijo de todos los presentes. No era una interpretación colectiva al unísono, sino una compleja polifonía a tres voces en la que cada sector del auditorio desempeñaba una función distinta dentro del conjunto. El efecto fue sencillamente sobrecogedor. Durante unos minutos desaparecieron las fronteras entre director, orquesta y público para dar paso a una única respiración musical, nacida de la improvisación y destinada, como los momentos imborrables, a no repetirse jamás.

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