Vitoria 2026: el jazz como territorio sin fronteras

A las puertas de celebrar su medio siglo de historia, el Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz presenta una 49ª edición que vuelve a reivindicar una idea abierta y contemporánea del jazz. Grandes nombres internacionales, nuevas generaciones y proyectos que desafían las etiquetas conforman un cartel que mira al futuro sin perder de vista su legado.

Texto: Adrián Besada

@besagartha

Pocas citas europeas pueden presumir de una identidad tan sólida como el Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz. A lo largo de casi cinco décadas ha sobrevivido a cambios de tendencias, transformaciones en la industria musical e incluso a las recurrentes discusiones sobre qué es y qué no es jazz. Quizá precisamente por eso la programación de su cuadragésima novena edición resulta especialmente significativa: lejos de encerrarse en una visión ortodoxa del género, el festival vuelve a defender una idea amplia, diversa y contemporánea de esta música.

Basta con observar los nombres principales del cartel para comprobar que Vitoria sigue apostando por el mestizaje. La presencia de Rubén Blades podría sorprender a quienes todavía entienden el jazz desde una perspectiva estrictamente estilística, pero su incorporación encaja perfectamente en una tradición que el propio festival ha cultivado durante décadas. La salsa, el jazz latino y las músicas afrocaribeñas forman parte de un mismo ecosistema cultural que históricamente ha compartido músicos, escenarios y lenguajes improvisatorios. La visita del artista panameño, además, trasciende lo musical: supone incorporar a la programación una de las grandes figuras de la canción social iberoamericana, un creador capaz de convertir cada historia cotidiana en una pequeña crónica de la realidad latinoamericana.

En un plano completamente diferente aparece Sun Ra Arkestra, probablemente el grupo que mejor simboliza la capacidad del jazz para imaginar otros futuros posibles. La formación fundada por Sun Ra sigue funcionando como un puente entre la vanguardia de los años sesenta y las nuevas corrientes afrofuturistas que hoy impregnan buena parte de la creación artística internacional. Su presencia en Vitoria no responde únicamente a una cuestión histórica o patrimonial. En una época marcada por la recuperación de discursos identitarios y por la revisión crítica del legado afroamericano, el proyecto mantiene intacta su capacidad para dialogar con el presente.

La noche vocal formada por Gretchen Parlato y Take 6 constituye otro de los ejes conceptuales de esta edición. Si durante mucho tiempo la voz ocupó una posición secundaria dentro del discurso jazzístico más académico, la evolución de las últimas décadas ha demostrado justo lo contrario. Parlato representa una generación de intérpretes que han convertido la voz en un instrumento de exploración tímbrica e improvisatoria, alejándose de los modelos tradicionales del vocal jazz. Frente a ella, Take 6 continúa siendo una referencia absoluta en el trabajo armónico colectivo, demostrando que el jazz vocal sigue siendo uno de los laboratorios más sofisticados de la música contemporánea.

Sin embargo, quizá el aspecto más interesante de esta edición vuelva a encontrarse en el ciclo Jazz en el Europa. Convertido desde hace años en uno de los espacios más estimulantes del festival, su programación ofrece una fotografía bastante precisa de hacia dónde se dirige el jazz internacional.

Amaro Freitas encarna una tendencia cada vez más evidente: la recuperación de las tradiciones musicales locales como fuente de innovación. Su diálogo entre el jazz y las raíces afrobrasileñas conecta con una corriente global que también puede observarse en escenas como la londinense o la neoyorquina, donde la identidad cultural se convierte en un elemento creativo y no en un simple ejercicio de reivindicación.

Algo parecido sucede con New Jazz Underground. Su irrupción durante el confinamiento y su posterior expansión a través de las redes sociales reflejan una transformación profunda en las formas de difusión del jazz. Frente a la vieja imagen de un género encerrado en clubes especializados, proyectos como este han sabido conectar con nuevas audiencias sin renunciar a la complejidad musical. El fenómeno resulta especialmente revelador porque demuestra que la renovación del público no depende necesariamente de simplificar el discurso artístico, sino de encontrar nuevas maneras de compartirlo.

La programación también pone el foco en una generación de instrumentistas que están redefiniendo los lenguajes tradicionales. Kris Davis lleva años ocupando un lugar central dentro del jazz creativo norteamericano, mientras que Isaiah Collier se ha convertido en una de las figuras más prometedoras de la nueva escuela de Chicago. Su homenaje a John Coltrane en el centenario de su nacimiento no parece una mirada nostálgica hacia el pasado, sino la constatación de que el legado del saxofonista sigue funcionando como un motor creativo para las nuevas generaciones.

Especial relevancia adquiere también la presencia de artistas vinculados a la escena estatal. Irene Reig, Magalí Sare y Manel Fortià o el contrabajista alavés Iosu Izaguirre evidencian el excelente momento que atraviesa el jazz hecho en España. Lejos de ocupar un espacio testimonial dentro del cartel, sus propuestas dialogan en igualdad de condiciones con los proyectos internacionales, reflejando una escena cada vez más madura y con una personalidad propia bien definida.

La imagen oficial del festival, diseñada por Andrea Espier, parece resumir de forma visual esta filosofía. El protagonismo no recae sobre el instrumento ni sobre la iconografía clásica del jazz, sino sobre el gesto físico del intérprete, completamente entregado al acto creativo. Es una elección coherente para una edición que parece reivindicar precisamente eso: el jazz como experiencia viva, cambiante y profundamente humana.

A un año de celebrar su cincuenta aniversario, el Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz vuelve a demostrar que su mayor fortaleza no reside únicamente en su historia, sino en su capacidad para seguir leyendo el presente. La programación de 2026 no busca ofrecer una definición cerrada del jazz. Al contrario, invita a aceptar que su verdadera naturaleza siempre ha sido la de un territorio abierto, donde tradición, experimentación, memoria y futuro conviven sin necesidad de establecer fronteras.

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